Bailar con la bailarina

Por Soledad Gago
Fotos Luciano Rosano

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Hace un año que María Noel Riccetto, primera bailarina del Ballet Nacional del Sodre, decidió embarcarse en el proyecto de su propia escuela de danza, pensando, especialmente, en tener una “red de seguridad” luego de su retiro. Aunque no tiene una fecha exacta, sabe que está en un momento de “transición”. Con la escuela, hace un año que hace felices a muchas jóvenes y niñas que bailan a su lado.

– ¿Qué le dirían a María si ahora entrara al salón?

– Gracias, dicen todas.

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– ¿Y qué más?

– Gracias, repiten.

Después dirán que cuando la ven entrar a una clase, se ponen nerviosas y se llenan de orgullo. Después dirán que al principio temblaban y ahora, luego de un año, siguen temblando. Después dirán «gracias», otra vez.

Cecilia (30), Julieta (18), Martina (13), Lill (12) y Julieta (12) son alumnas de la escuela de la bailarina María Noel Riccetto desde hace más de un año. Era febrero y estaban terminando los cursos de verano en MRBS –María Riccetto Ballet Studio–. María las reúne en un salón que a mí me parece enorme «pero no es el más grande», se encargan de aclararme. Sin embargo, hasta no ver lo demás, ese salón me parece casi de película americana. Después me daré cuenta de que tenían razón. No es el más grande. Riccetto me llevará a recorrer la escuela luego de que yo converse con sus alumnas. Y entonces sí, saldré totalmente enamorada de ese lugar: ¡Tiene un teatro propio!, voy a pensar y voy a suspirar, una y otra vez.

«Ella es Soledad y quiere conversar con ustedes», les dice. Ellas la miran. Yo también la miro. María camina hacia la puerta y ellas la siguen mirando. Yo también la miro.

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Su ropa las delata: no hace mucho tiempo que terminaron una clase. Su postura también las delata: quieren ser (son) bailarinas. Las miro sentadas con su espalda derecha y sus mallas, sus medias, sus zapatillas o descalzas y con alguna ampolla y pienso en que las envidio. Un poco las envidio, sí, por tener las zapatillas puestas y por poder bailar todos los días al lado de Riccetto. No se los dije, pero ellas entenderían mi envidia: «Mientras yo pueda bailar y María siga acá, yo no me voy de este lugar», dice Cecilia, que baila desde los cinco años. «Yo este año voy a tener que venir menos porque entré a la escuela de danza contemporánea», cuenta la más grande de las Julietas. «Y estoy triste por no poder venir todos los días», dice. «Yo venía haciendo talleres con Martín Inthamoussu y me comentó que María abría esta academia. Al principio tenía pila de miedo porque en todos los talles que hacía todas eran más grandes», dice Martina y Cecilia la interrumpe: «Pero acá hay gente de todas las edades». Y es cierto. «Sí, además yo amaba el ballet y la amaba a María, tenía que animarme a venir a su escuela». ¿Quién no la ama?, preguntan y se ríen y no responden. No hace falta que respondan.

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