Historias de Piel: ¿Hijos? El deseo de tenerlos

Por  Lic. Ruben Campero*

Que las especies se reproduzcan es algo que podemos llamar “instintivo”. Sin embargo la influencia cultural que se expresa psíquicamente en los humanos a través del acto de desear (en tanto anhelo de repetir, como decía Freud, una experiencia de satisfacción sin que haya necesidad biológica de hacerlo), nos indicaría que nos manifestamos de formas complejas y más allá de toda manera lineal de pensar la participación de lo instintivo en nuestros comportamientos.

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Preguntarse por el significado y valor de un hijo o hija forma parte de la dimensión existencial, así como de una posible búsqueda de trascendencia. De aquello que implica intentar negar la propia desaparición física, al continuar en otro por medio de la memoria, sea esta en clave de genes y/o en clave de legado material y simbólico. Ya que finalmente la verdadera muerte no sería otra cosa más que el olvido.

En esto de trascender a través del deseo de un hijo/a, es posible que la expresión “dar vida” suene un tanto omnipotente y pretensiosa. Por tal motivo decir que se “facilita la llegada y/o estancia de una vida autónoma” puede que resulte algo más realista y narcisísticamente ajustado, ya sea que dicha facilitación se realice por vía genética (sexual o tecnológicamente asistida) o por vía adoptiva. De esta forma se apuntaría a “tener” hijos que no son necesariamente “míos” en términos de propiedad, sino sujetos en progresiva autonomía con derecho a desarrollar su propia singularidad.

Ante esto se podría decir que “padre”, “madre” e “hijo” serían términos más bien aplicables a las lógicas de las relaciones humanas, y no tanto a la función reproductiva. Desear y tener un hijo sería la base (aunque no la evidencia o garantía) con la que se estimula un proceso de “parentalización” de un otro que requiere cuidados responsables y amorosos. Mientras que concebirlo biológicamente tendría más bien que ver con la “progenitura” (de “genes”), la cual podrá o no ir acompañada de actos interés por la crianza.

Con esto se confirmaría, tal y como dicen muchos psicoanalistas, que en realidad todos los hijos son adoptados más allá de la manera en que llegan a nuestras vidas. Ya que su constitución como tales sólo es posible a partir del deseo y el establecimiento de un vínculo, procesos que habilitan a que los “adoptemos” psíquicamente o no.

De todas maneras es interesante constatar el lugar de privilegio que la sociedad y sus instituciones le dan a la vía biológico-reproductiva en esto de “tener” hijos. Tal vez parte de esto se exprese en el hecho de que para obtener la adopción legal de un menor se requiere un largo proceso, en el cual el o los adoptantes deben dar meticulosas pruebas de idoneidad parental, no ocurriendo para nada lo mismo cuando ese hijo es concebido a través de un embarazo.

En ese sentido el deseo de hijo/a trasciende lo biológico y se entrecruza tanto con nuestra propia historia personal y madurez psíquica, con las maneras en que fuimos parentalizados, con las imágenes que tenemos de nuestra/s figura/s parental/es, así como con lo que para nosotros significa ocupar un rol parental.

Cabe mencionar que este deseo de hijo/a se manifiesta tanto en sujetos individuales como en sistemas de alianza entre personas. En ese sentido las mono-parentalidades por opción hablarían del deseo de hijo por parte de una sola persona. Por otra parte las hetero-parentalidades y las homo-parentalidades pondrían el foco del deseo de hijo en el sistema pareja, sea esta entre personas de distinto o de igual sexo. A su vez el deseo de tener un hijo puede concebirse como el emergente de otras formas de asociaciones y constitución de familia que no parten de la pareja, tales como amigos que se unen en convivencia para cuidar a un niño/a, etc.

Este deseo de hijo toma forma siempre en diálogo y muchas veces también en tensión con diferentes condicionamientos sociales. Esos mismos que hacen que se conciba a la progenitura y a la función parental como sinónimos de adultez, y como aquello que obligatoriamente se espera del desarrollo biográfico de alguien, en tanto que condición para lograr la aceptación y adaptación social. Bien lo saben las parejas sin hijos que a diario son violentadas con la pregunta “¿y ustedes para cuando?”

“…Para que seas buena esposa y no envejezcas sola, en la cama y la cocina has de saber, alegrar a tu marido y cuidar a cada hijo, que te atrapa tu destino, que has de ser madre y esposa, y la pobre caperucita llora…”, cuenta el cantante Ismael Serrano en su canción “Caperucita”.

Y con ello echa luz sobre los mandatos ancestrales de explotación reproductiva y abnegación materna, que como dispositivos de control social históricamente se han cernido sobre las subjetividades, los deseos y los cuerpos de las mujeres, como una de las tantas formas de “recetarles tranquilidad”, parafraseando a la psicoanalista argentina Mabel Burín.

Desde ahí es posible que se determine, por ejemplo, que las puérperas no puedan hablar del normal rechazo o sentimientos de ambivalencia que suelen experimentar respecto al bebé, en tanto que el “ideal femenino-materno” lo encandila todo con la imposición del “amor”. O que las mujeres que manifiestan no desear ser madres sean aún hoy miradas desde el prejuicio que las estigmatiza como “malas mujeres”, buscándoles alguna “falla” en su constitución psíquica.

Cuando una mujer dice sentirse “incompleta” por el hecho de no haber tenido hijos (en lo posible “biológicos”), o cuando manifiesta que su deseo principal es “darle” un hijo a su marido, o se encuentra agobiada por el “reloj biológico” sin poderse preguntar por un real deseo de hijo, puede que esté expresando parte del control social que se ejerce sobre las mujeres a través de la maternidad. Provocando que dicho deseo de hijo pueda venir más por el lado de la vivencia de falta e incompletud, que por el anhelo de acompañar el desarrollo de una vida, construyendo así un sujeto maternal “devaluado” y funcional a la cultura patriarcal y falocéntrica.

En ese sentido el concepto de “Espacio psíquico no madre” aportado por la psicoanalista argentina Mariam Alizade, intentaría trascender esta concepción basada en la “castración” o “carencia” femenina, desde la que se generaría parte del deseo de hijo en muchas mujeres por medio del anhelo de “ser madre”, en tanto sujeto “abnegado”, al servicio “de otros” y “para otros”. Pudiendo de esta manera comenzar a construir un deseo de hijo desde la potencia y la creación, mediante el empoderamiento de las mujeres y lejos de una imagen de maternidad “castrada”

En los hombres no ha pesado tanto o de la misma forma este mandato. Sobre ellos más bien se han esperado señales de desempeño exitoso en los ámbitos públicos, así como también se los ha obligado a constituirse en meros “proveedores” en tanto que buenos “padres de familia”.

Estimulándose así desde la tradición, a que en ellos el deseo de hijo se expresara más bien a instancias de ser valorados por probar dotes masculino-fecundantes, así como la capacidad de hacerse cargo de esos otros que continuarían su legado, antes que cultivar sentimientos claros y específicos en torno a la idea de desear tener un hijo.

Sin embargo los cambios que se vienen experimentando a nivel social y subjetivo, estarían habilitando la visibilidad de muchos hombres que identifican su deseo de hijo más allá de las prescripciones clásicas del Patriarcado, ejerciendo sus paternidades desde un lugar corporal y emocionalmente cercano

Aún así, tanto los hombres tradicionales, como “sus” mujeres y la sociedad toda, han aprendido a creer que por cuestiones “obvias” o “naturales”, el deseo sobre el único o primer hijo es que este sea varón. Algo que por cierto aún se sigue constatando a través de diferentes investigaciones, en tanto que la cultura que pondera la masculinidad hegemónica y devalúa a las feminidades y masculinidades subalternas sigue aún muy vigente.

El deseo de hijo, algo que poco o nada se problematizaba en otras épocas ya que la tradición indicaba que pensar y que sentir, hoy se calcula, se reflexiona, se rechaza o se aplaza, al menos en sectores socio-económicos que cuentan con otras opciones para hacerlo, así como con otras presiones para tener que “realizarse” personal y profesionalmente. Un deseo que también se pone en juego cada vez que se considera la posibilidad de provocar un aborto, o se decide dar a un niño en adopción.

Ese mismo deseo del cual no se duda cuando no se dispone de otras opciones posibles para desarrollar proyectos de vida válidos, o se ha sido forzada desde niña a ejercer funciones de cuidado de niños pequeños (o se ha sido explotada sexualmente, siendo “madre” desde la pubertad), tal y como ocurre en muchas mujeres en situación de pobreza.

El deseo de tener un hijo puede estar direccionado por un anhelo de dar amor, por las ganas de crecer y aprender de la vida mientras se acompaña a alguien en su crecimiento, o por la intención de ser parte del desarrollo de un sujeto autónomo.

Pero también puede contener la expectativa de que ese ser venga a “colmarnos”, a “realizarnos”, a reparar heridas del pasado, o a “salvarnos” de la soledad. Que venga a “probar” que uno es alguien “maduro” y “con vida”, o que logre “retener” o “unir” a una pareja. O incluso que se constituya en un “tick” más dentro de una lista de “pendientes”, tal y como demanda el actual y exigente “currículum” de la vida. Todo lo cual nos hablaría más bien de un “hijo fetiche”, concebido con la intención mágica de que venga a rescatarnos de nuestras penurias o a dar prestigio a nuestra existencia.

Desear un hijo y decidir tenerlo, algo “natural” que no lo sería finalmente tanto, resulta por cierto una gran y compleja tarea. Toda vez que dicho deseo no esté tan condicionado por premuras sociales, emocionales, económicas, etc., debería devenir de una reflexión amorosa y racional que ayude a más o menos dilucidar donde estoy, quien soy, qué quiero y porqué quiero (o no quiero). Al igual de que espero poder hacer por ese ser, respecto al cual me veo en la posibilidad de facilitar su llegada y/o estancia en este mundo de la manera lo más adecuada posible.

El deseo de hijo posee múltiples determinantes y motivaciones. Y una forma muy interesante y altruista de construir dicho deseo, se expresaría en una escena de la película “Lion. Un camino a casa” (EEUU-UK / 2016 / Dir. Garth Davis / Dev Patel, Sunny Pawar y Nicole Kidman) a través de una conversación entre Saroo y su madre:
– Saroo: Lamento que no pudieras tener tus propios hijos…
– Madre: ¿Qué dijiste?
– Saroo: Quiero decir… nosotros… No éramos páginas en blanco ¿cierto? No como quisieran ustedes. No sólo nos adoptaron a nosotros, sino también a nuestro pasado. Y siento como si te estuviéramos matando.
– Madre: Pude haber tenido hijos…
– Saroo: ¿Qué?!
– Madre: Elegimos no tener hijos. Los queríamos a ustedes dos. Eso era lo que queríamos. Los queríamos a ustedes dos en nuestras vidas. Es lo que elegimos… Es una de las razones por las que me enamoré de tu papá. Porque ambos sentíamos que el mundo ya tiene suficientes personas en él… Tener un hijo no garantizaría que íbamos a hacer un bien… Pero tomar a un niño que estaba sufriendo como ustedes sufrían… Darles una oportunidad en el mundo… Eso significaba algo…

*Ruben Campero es Psicólogo y Sexólogo. Es además docente y autor de los libros: “Cuerpos, poder y erotismo. Escritos inconvenientes” y “A lo Macho. Sexo, deseo y masculinidad” (Editorial Fin de Siglo). Conduce Historias de Piel, programa que se emite martes y jueves a la hora 21.00 en Metrópolis FM, 104.9. Podés escucharlo y además enviar tus opiniones, testimonios y consultas vía twiterfacebook  o Instagram.  Sus programas pueden verse acá.