Historias de Piel: Entre las piernas de la masculinidad

Por Lic. Ruben Campero*

Hace meses que Juan está preocupado. Ha venido notado cambios en su excitación y en la erección de su pene, y no sabe qué es lo que realmente le pasa ni cómo fue que comenzó. Con su médico ya han descartaron cualquier tema orgánico.

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Su desempeño sexual nunca había sido un tema de preocupación, pero ahora encuentra que cuando va a mantener una relación sexual se desconcentra de su deseo y su placer, de lo que está viviendo en el momento y hasta de lo que le hace sentir quien lo acompaña.

Simplemente queda congelado y expectante, pendiente de la reacción de su pene, así como también de cómo lo estará evaluando la otra persona. Todo esto le genera ansiedad, especialmente al pensar en qué sucederá en un próximo encuentro sexual.

«No sé si no logro la erección porque no me excito, o no me excito por lo nervioso que quedo cuando pienso que no voy a poder lograrlo», expresa una y otra vez…

¿Por qué motivo una respuesta refleja, como es la erección del pene, se ve tan condicionada por verdaderos pensamientos parásitos?

Preocuparse tanto por su pene y su erección, así como por una imagen masculina de rendimiento sexual que ahora siente en riesgo, lo llevó a una consulta psicosexológica.

Si bien al principio no fue fácil hablar de sí mismo, de sus sentimientos y de su pene (algo que nunca había hecho, y menos con un extraño)¬¬, poco a poco pudo empezar a reflexionar sobre lo que estaba experimentando.

De esta manera, logró bajar la ansiedad causada por su histórica compulsión a estar «siempre listo».

Un día, en una de las sesiones de su terapia, comenzaron a dispararse ideas y comentarios que en otro momento hubiera considerado auténticos disparates:

«¿Qué será lo que realmente tenemos los hombres entre las piernas? Cualquiera diría que lo que hay ahí es un pene, pero con toda la prensa y destaque que recibe, parece que más que un pene lo que hay ahí es una carta de presentación, un signo de estatus.

Tanto es lo pendiente y esclavizado que quedo de su reacción cuando estoy con alguien, que hasta parece que mi pene actuara terca e independientemente de mí mismo, casi como si cobrara vida propia, como si fuera algo que me exigiera estar a la altura del importante trabajo de satisfacer a la persona que está conmigo, quedando literalmente ´chiquito` cada vez que lo intento realizar.

A veces pienso si el pene es algo que yo tengo o que en realidad me tiene a mí…

Pene, aparato, polla, pija, falo, poronga, miembro, pito, verga, etc. Cuántos nombres para llamar a un órgano que pende entre las piernas. Demasiados, en realidad, para referirse a una parte del cuerpo, la cual, sin embargo, no deja de dar de que hablar a todo el mundo.

Ya desde chico me di cuenta que lo que había entre mis piernas era algo más que un órgano. Lo entendí al tener que sentirme orgulloso de tener un pene y exhibirlo como las ´joyas de la familia`; al darme cuenta, no sin cierta preocupación, que había gente que no tenía uno igual al mío, o que no lo usaba como «es debido» (cosa que, por las bromas y comentarios que se hacían en mi familia, quedaba claro que se trataba de algo abominable para un hombre)

Mi padre siempre nos hacía sentir su preocupación a mis hermanos y a mí, una preocupación que aparecía cada vez que, a su entender, se ponía en riego la masculinidad de su descendencia macha. Nos decía que saliéramos de las polleras de nuestra madre, pero lo hacía de forma tal que parecía que algo catastrófico podría llegar a ocurrir si no cumplíamos con su mandato.

Cuando ello ocurría yo me quedaba ahí, paralizado, sin entender, aunque comprendiendo muy bien en realidad lo que estaba pasando. Viendo, con una tristeza difícil de explicar, cómo la amenaza de mi padre me desarraigaba aún más de esa especie de sensibilidad que me estaba prohibida. Desarraigo que se agudizaba cuando podía captar el apoyo cómplice y silencioso de mi madre. En fin… tan lindos que eran los abrazos de mamá…

Mientras mi padre nos advertía sobre los riesgos de ser demasiado mimosos mediante sutiles burlas referidas a ser unas nenitas lloronas, siempre se mantenía lejano física y emocionalmente. Desde esa distancia vociferaba sus sagrados decretos masculinos, los cuales, por cierto, también me resultaban lejanos.

Lamentablemente, mi papá nunca lo entendió, y hoy renuncio a que lo haga. Creo que por tener también él un pene y creerse lo que supuestamente eso significa, nunca pudimos abrazarnos. Él creía que si nos inspiraba algo de miedo, lo íbamos a valorar y respetar. Supongo que hasta pensaba que de esa extraña manera lo podíamos querer más.

¡Qué perversa prohibición de contacto corporal entre los machos! Nos deja siempre con esa profunda y secreta nostalgia de la ternura de otro hombre, nuestro primer hombre, no importa con quién nos guste acostarnos hoy.

´¡Hacete hombre!`, escuchaba que me decían… ¿hacete?!… ¿no se supone que ya había nacido así?! En realidad, nunca era suficiente lo que hiciera para llegar a alcanzar eso que llamaban «hombre».

Tenía que jugar al fútbol y lo tenía que hacer bien. Lo peor que le pude haber hecho a mi viejo fue matarle el sueño de verme ganando una copa con la camiseta de su querido cuadro. Recuerdo con cariño la pasión que ponía al llevarnos a la cancha, aunque recuerdo también sus gritos y la violenta presión que nos metía para que hiciéramos un gol.

Hacerme hombre… realmente todo un trabajo. Para ´hacerme`, además, tenía que pelearme con otro hombre ante cualquier mínimo problema que pudiera aparecer, esforzándome por dejar claro que nadie podía ganarme, humillarme o insultarme, algo así como un honor que como macho se supone que tenía que proteger.

Y obviamente que en lo posible debía haber sangre. Es que sin heridas (que por supuesto no podían doler) no era una pelea de verdad. Por tanto, tenía que ser violento para no ser maricón, y hablar de cosas que no me interesaban ni entendía bien para qué eran. Solo tenía que repetirlas una y otra vez, para no olvidar que eso era «lo natural» en un hombre.

Y todo por mi pene. A mí me gusta mi pene, pero la verdad es que ha sido como una carga tenerlo, en especial cuando me doy cuenta de todo lo que espero y se espera de él. De chico me preguntaba cómo se sentirían las niñas por no tener uno. ¿Estarían más livianas? Es posible, porque ellas no tenían que demostrar tanto que eran niñas.

Es que el pene de un hombre es algo de lo que siempre se habla. Hoy me doy cuenta de eso. Me vienen imágenes de cuando nació mi hermano, el más chico, del cual, al verlo desnudo, mi padre decía en tono de broma: «nació dotado como el padre».

Parece que aquello de lo que nos dota un pene nos augura a los hombres un destino grandioso. Por eso es que muy temprano en mi adolescencia comenzaron los comentarios entre mi padre y mi padrino sobre cuándo me iban a llevar a debutar con una mujer…

Cuanta historia con el pene. Si estoy en una reunión de amigos y aparecen los chistes sobre el tamaño y los comentarios sobre hazañas sexuales, me vuelvo a dar cuenta de que todo se resume en medir nuestra autoestima, nuestro valor de machos, en centímetros de carne dura.

Eso me hace sentir como si estuviera desnudo, como si mi pene no fuera mío, sino algo que las demás personas pueden alabar o denigrar, algo público que debe aspirar a ser siempre más de lo que en realidad es.

Y por supuesto que al ir a la cama con alguien la cosa se va a complicar. Eso que tengo entre las piernas se apodera de mí, me sustituye en su imponente presencia. Él debe ser el protagonista de la escena, para mí y para quien me acompaña, si no, fracaso total. Y encima se supone que es para disfrutar, para pasar un rato agradable con alguien y ser espontáneo.

Mi pene en esos momentos debe tener éxito tanto en dimensiones, destreza y dureza. Siento que termino siendo una especie de máquina que debe rendir, que debe producir placer en otros, y así quedarme orgullosamente satisfecho por el deber cumplido.

Y ahí estoy yo, detrás del pene, sufriendo por ser definido por él, amordazado, perdido, buscando un espejo donde verme entero, con cuerpo, con piel, una piel que se deje acariciar, que pueda sentir.

¿Qué tengo entre las piernas? ¿Qué metieron en mi pelvis que me pesa de esta extraña manera?

Ya no quiero pasar más por pruebas, quiero recuperar esa parte de mi cuerpo. Quiero tener un cuerpo, ser un cuerpo, y no una marioneta condenada a la eterna aspiración por empuñar un cetro de mentiras. Porque muchas de nuestras demostraciones no son más que mentiras. Los hombres mentimos mucho, no nos queda otra ante tanta presión.

Tendremos algo de macho rudo, desprolijo, animal, hasta algo de príncipe azul o de patriarca protector, pero nunca seremos eso que por poseer un pene supuestamente somos. Al menos yo no quiero serlo más!

Y yo aquí, uno más, un hombre, sin pretender ser el modelo original de la creación de un dios machista.

Sin aspirar a ser ejemplo ni proveedor de nadie.

Sin estar condenado a necesitar ser aplaudido por mis proezas sexuales.

Intentando volver a sentir los abrazos de mi infancia, ahora adulto. La ternura que me refresque el tacto, para revivir las caricias sin estúpidos rollos femeninos o masculinos, lejos de tabúes y peligros infundados.

Para soltar esta pesada armadura, y empezar por fin a sanar mi piel…»

Extracto del libro “Cuerpos, poder y erotismo. Escritos inconvenientes”. Montevideo, 2013, Editorial Fin de Siglo, del Lic. Ruben Campero

*Ruben Campero es Psicólogo y Sexólogo. Es además docente y autor de los libros: “Cuerpos, poder y erotismo. Escritos inconvenientes” y “A lo Macho. Sexo, deseo y masculinidad” (Editorial Fin de Siglo). Conduce Historias de Piel, programa que se emite martes y jueves a la hora 21.30 en Metrópolis FM, 104.9. Podés escucharlo y además enviar tus opiniones, testimonios y consultas vía twiter, mensaje de texto (SMS al 1049, con la palabra piel, espacio y luego se escribe), de facebook, o correo electrónico ([email protected]).

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