Historias de Piel: ¿El trabajo es salud?

Lic. Ruben Campero*

En tanto que actividad productiva, el trabajo ocupa un lugar importante en nuestra vida en calidad y cantidad. Si bien las maneras de emplearnos se han flexibilizado, así como migrado desde formas tradicionales, e incluso han sido pronosticadas como aquello que va a seguir mutando y desapareciendo tal y como las entendemos a raíz del uso de la tecnología, lo cierto es que la tradición moderna aún con sus ecos de creencia en el progreso nos dice que el trabajo es “salud”. Haciéndonos indignar cuando constatamos que un importante sector de jóvenes toma y considera el trabajo como una mera actividad circunstancial para conseguir objetivos a corto plazo, y sin aspirar a “realizarse” a través de dicha actividad, tal vez también como una forma de crítica y protesta ante imperativos productivos que no han traído la felicidad que prometían.

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El trabajo era aquello que marcaba las formas de “ser alguien en la vida”, así como de constituirse en una adulto “de provecho”, en clara consonancia con los valores burgueses que planteaban como centro de la construcción de la identidad a la actividad productiva, de forma tal de construir subjetividades y sensibilidades adaptables al control social. Un control que hoy se incrementa a partir de lógicas neo liberales y de consumo, las cuales marcan el ritmo de lo que se considera un sujeto “integrado a la sociedad”, ese que se multi emplea para sostener un sistema que “usa y tira” con el objetivo de mantener siempre viva una cadena productiva que poco reconoce de criterios éticos y ecológicos. Así el sujeto se mantiene sumiso ante el terror aprendido a la exclusión, la cual le enseña a correr y no pensar, y mucho menos a preguntarse cuál es su real deseo de estar incluido en algo que sólo le prescribe “asimilación” a una homogeneidad, la misma que desde una lógica hegemónica y perversa se pretende diversa en tanto que dice ofrecer “opciones” que estimulan la “libertad del consumidor”.

La funcionalidad al neo liberalismo ha impuesto el imperativo del éxito como peligroso sinónimo de felicidad, marcando los registros de bienestar a partir del acceso al “confort” desde los productos que se adquieren, y en particular de aquella satisfacción que antes que vivirse desde lo emocional y vincular, debe ser exhibida concurriendo a los lugares “consagrados” y colgando fotos en las redes sobre esa vida productivamente “feliz” que se supone se tiene. De esta manera la conexión con el trabajo no termina nunca, ya que habría que mantener ese estatus de bienestar, sumado a que los espacios de esparcimiento también están digitados por el consumo que nuevamente remiten a la importancia vital que tendría esta forma de organización social del trabajo, en tanto que actividad económicamente productiva.

Ante tanta conexión a una matrix que “no se puede oler ni palpar” pero que hace que muchas de nuestras conversaciones giren en torno al dinero que no se tiene o que se teme perder, diversas formas de esclavitud posmoderna se hacen presentes a través de sistemas laborales que desmienten la humanidad del trabajador mientras dicen preocuparse por “mantenerlo motivado”. Así también las adicciones al trabajo y diversas formas de auto-explotación, mantienen al sujeto conectado a través de la obsesión por producir para tener, en una suerte de fetichización del producto idealizado que genera lo productivo, lo cual lo vacía de esa energía que podría destinarla a detenerse, hacer silencio y disfrutar con lo que en ese momento tiene, de forma tal de preguntarse para que y hacia donde está corriendo.

Es por eso que muchas personas cuando tienen “tiempo libre” no saben que hacer, y corren presurosas a que los sistemas pre-armados le digan como ocupar su tiempo mediante actividades que sólo apuntan a estimular el círculo de la producción. Por tanto cuando se conoce a alguien, cuando se va a una fiesta, cuando se sale a pasear, la preocupación es que lo que se hace para pasarla bien “rinda”, es decir que brinde el producto de “bienestar” que dice ofrecer. Por eso, y ante la ansiedad de notar que la satisfacción no pasa por una necesidad de sentirse colmado instantáneamente por una actividad, se buscan diversas formas de exaltación dadas por el consumo de infinidad de productos y sustancias, que alejan la angustia del vacío y del silencio que son necesarios para preguntarse lo que realmente se desea.

Por fortuna muchas otras personas vienen tomando consciencia de este y de tantos otros sistemas de alienación, sin necesidad de aferrarse consumista y fundamentalistamente a filosofías y psicologías de escaparate también pre-armadas, esas mismas que venden la posibilidad de recobrar certezas para poder mantener la ilusión de “trascender” con sin mayor esfuerzo. Personas que apelan a vivir una vida que acepta la complejidad y las contradicciones que todos tenemos, pero que buscan siempre hacer algo de silencio en la carrera productiva para encontrar espacios de contacto con otros, en intento ya no de “aturdirse” con experiencias placenteras, sino en buscar la re-creación que permita mantener un sentido crítico también desde aquellas experiencias que apuntan a ser y estar sin tener que producir.

*Ruben Campero es Psicólogo y Sexólogo. Es además docente y autor de los libros: “Cuerpos, poder y erotismo. Escritos inconvenientes” y “A lo Macho. Sexo, deseo y masculinidad” (Editorial Fin de Siglo). Conduce Historias de Piel, programa que se emite martes y jueves a la hora 21.00 en Metrópolis FM, 104.9. Podés escucharlo y además enviar tus opiniones, testimonios y consultas vía twiterfacebook  o Instagram.  Sus programas pueden verse acá.

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