Historias de Piel: Gritos mudos de la homofobia

Historias de Piel: Gritos mudos de la homofobia

Lic. Ruben Campero*

Él es empleado en una empresa de renombre. Es eficiente y capaz, muy valorado por su pujanza para concretar negocios. Ha formado su familia con un hombre al que ama, con quien vive desde hace 7 años en un apartamento que aún están pagando. Puede que más adelante se casen y no descartan la posibilidad de ser padres.

Cotidianamente, en su trabajo, a la hora del almuerzo, escucha a sus compañeros hablar de lo buena que está la secretaria de Comercial o de los «lances» que se tiran con las promotoras, sobre todo con las nuevas y más jóvenes, sin olvidar jamás el detallado informe sobre las «minitas» que se levantaron el fin de semana. Ayer, sin ir más lejos, fue testigo de cómo «se hizo puto» el de facturación, tratando de arreglar el error que se mandó el contador, y claro está que no se hicieran esperar los chistes sobre el jefe de sección, que, según se dice, la mujer lo dejó porque «se hace dar por tipos».

Desde la semana pasada lo vienen «agitando para que encare», ya que, según dicen, una compañera del departamento, «la morocha, la que está como para que no la perdonen», justo esa, «se le regaló». Esta presión de sus compañeros lo pone incómodo, pero, como en otras ocasiones, se escurrirá de la conversación.

Claro está que en otros momentos acompaña lo que se dice y hasta opina, aunque más de una vez tenga que escuchar lo “chupa pija” que fue el juez con el penal que cobró. Pero no importa, igualmente nunca faltan las invitaciones para casamientos, ni tampoco escasean las interminables anécdotas de la embarazada de turno, o los detalles sobre los bautismos, las comuniones, los cumpleaños de quince, los autos y los motores, las cortinas nuevas para el living, los divorcios y por supuesto los asados del domingo, con el reporte completo de lo que conversaron los hombre alrededor de la parilla, mientras las mujeres hablaron de “lo suyo”.

Hay situaciones en las que se le hace más arduo tener que escuchar sin enfurecerse, sobre todo cuando hablan de los «homosexuales que se agarran sida» y de cómo «esas personas» deberían ser más responsables a la hora de ir a donar sangre. Difícil es también para él presenciar conversaciones en las que argumentan que nadie pretende discriminar, pero que les parece antinatural que dos hombres o dos mujeres quieran adoptar un hijo, ya que se sabe que «lo normal desde las épocas de Adán y Eva siempre ha sido entre hombre y mujer».

Por momentos, incluso aunque no se hable de temas que lo puedan importunar, siente que se aburre y se angustia, experimentando una extraña sensación de soledad. Participa de la conversación pero sin estar realmente ahí, casi como si fuera una marioneta que no puede mas que dejarse llevar por esos hilos que lo hacen hablar sin voz propia.

En su trabajo no saben que su pareja es otro hombre, aunque es muy posible que lo sospechen, sobre todo por el comentario irónico sobre «los homosexuales tapados» que hizo la de Recursos Humanos el mes pasado. Nunca puede estar seguro de la información que las personas manejan sobre él.

Considera que contarlo en su trabajo sería muy riesgoso, y que innecesariamente lo transformaría en «el diferente». Ya ha habido un caso en la empresa y tuvo serias consecuencias para quien se animó a decir (se). Por otra parte, considera extraño tener que «blanquear» algo cuando se trata de su vida emocional y familiar, mientras que otras personas no tienen por qué dar cuenta de sí mismas, y se expresan con todo el desparpajo e impunidad de creer que lo que cuentan de sí es lo que hace y siente todo el mundo.

A veces se pregunta si no estará exagerando. Mucha gente le dice que la sociedad está más abierta y tolerante, que la cosa no es como antes. De hecho tiene una amiga que ha dicho en su trabajo que es lesbiana. Aún así el hecho de tener que sospecharse paranoico mientras tiene la certeza de estar lidiando con ataques cotidianos lo desespera. Sabe que existen leyes que lo protegen, pero no se ve cargando con todo un proceso judicial. Además no se ha enterado de casos similares, ni se siente muy representado como para pedir asesoramiento a quienes se supone forman parte de su colectivo.

Si bien ha aprendido a soportar los chistes sobre «sentones» y «traga sables», así como los cuentos sobre los «deslices» sexuales de sus compañeros casados, y si bien está entrenado para aguantar que le quieran encontrar una novia o le pregunten cuándo se va a casar, nunca ha podido acostumbrarse a tener que referirse a su pareja como «la persona con la cual comparte el apartamento». Eso lo hace sentir deshilachado, vulnerable, con el cuerpo contaminado por una vergüenza e indignidad que le viene siendo inoculada desde que puede recordar.

Verse silenciando un aspecto tan central en su vida como la pareja lo deja tenso y alerta ante un peligro sin demasiada forma reconocible. Cuando eso sucede, él ya no está realmente ahí en la conversación, solo está su cuerpo. Un cuerpo que cargará con todo el silencio de la «diferencia», obligado a constatar que el odio que le han inculcado por la gente de su «clase», ha permeado de tal dolorosa manera en su carne, que exorcizarlo siempre llevará más tiempo del que alguna vez hubiera podido esperar.

La hora del almuerzo está terminando, sus colegas se dirigen a sus puestos luego de haber intercambiado anécdotas. Él se queda unos segundos en la mesa, solo, para simplemente recobrar el aliento.

Solo, intentando retomar el control de su ser, tratando de recordarse a sí mismo, de perdonarse la indignidad parasitaria con la que se ve obligado a convivir.

Solo, necesitando rearmar su propia historia, recuperarla desde una mirada individual.

De pronto, la idea de un nuevo negocio que espera concretarse lo rescata, eso lo ayuda a levantarse y sentirse uno más. Por un rato deambulará con la ilusión de ser parte de un mundo que en realidad nunca ha sido diseñado a su medida. Y lo hará sin una razón aparente, apenas porque hay que seguir adelante. Anestesiándose para olvidar una existencia condenada a la diferencia, una diferencia desde donde tan solo podrá ser y encarnar los silencios de un fantasma.

Extracto del libro “Cuerpos, poder y erotismo. Escritos inconvenientes” de Ruben Campero. Montevideo, 2013, Editorial Fin de Siglo. Capítulo V “Silencios putos”

*Ruben Campero es Psicólogo y Sexólogo. Es además docente y autor de los libros: “Cuerpos, poder y erotismo. Escritos inconvenientes” y “A lo Macho. Sexo, deseo y masculinidad” (Editorial Fin de Siglo). Conduce Historias de Piel, programa que se emite martes y jueves a la hora 21.30 en Metrópolis FM, 104.9. Podés escucharlo y además enviar tus opiniones, testimonios y consultas vía twiter, mensaje de texto (SMS al 1049, con la palabra piel, espacio y luego se escribe), de facebook, o correo electrónico ([email protected]).

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