Historias de piel: Sexo “a la uruguaya”, ¿sexo conservador?

Lic. Ruben Campero*

Uruguay tiene fama de ser un país “conservador”. Un lugar en el cual se esperaría vivir una vida “legítimamente medida” a través de un patrón de normalidad y de lo políticamente correcto, casi que al estilo de la clásica vigilancia ejercida por las tradiciones de las comunidades pequeñas mediante el “qué dirán”. Quizás porque no siempre nos resulta fácil definirnos desde una identidad nacional clara, en especial si nos comparamos con los perfiles históricos y culturales de países vecinos.

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Sin embargo desde esa misma “uruguayez” solemos también tener pequeñas e inconfesadas “fugas”, sobre todo en lo sexual, las cuales permanecen en lo oculto o en el registro de lo “extra-ordinario”, y en donde dejamos discurrir otras dimensiones a veces impensadas de nuestra identidad.

Un mundo en donde los guiones de masculinidad, feminidad, formas de orientar el deseo erótico y disposición para determinadas prácticas sexuales parecen flexibilizarse, y la vergüenza deja de jugar un papel regulador de nuestros comportamientos.

Siempre y cuando, claro está, todo se mantenga en secreto y/o se restrinja a una interacción que no implique continuar con el vínculo ni tenga proyección futura. Para evitar con ello que pueda afectar nuestra auto percepción, así como la imagen que queremos que los demás tengan sobre quienes decimos ser.

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De esta manera se garantiza que aquellas cosas que sentimos y/o hacemos en la “clandestinidad” permanezcan “por fuera” de lo pensamos que somos, en tanto que negadas o consideradas algo “intrascendente”. Impidiendo que se integren a nuestra identidad, para que la misma se pueda construir principalmente por identificación con formas de ser más “normalizadas” e ilusoriamente consideradas “mayoritarias”, en base a una forma específica de control social sobre los cuerpos y los deseos.

La distinción entre lo público y lo privado generada en la Modernidad ha diagramado la idea de que en lo privado solemos tener mayor autenticidad, bajo el entendido de que el control social sólo se ejerce en lo público, y que de puertas para adentro seríamos “más libres”.

Con esto se estimularía la creencia de que cuando tenemos relaciones sexuales, lo hacemos siempre desde impulsos internos que “naturalmente” corroboran lo que socialmente se impone como normal. En caso contrario deberemos preocuparnos, ya que se nos dirá que se trata de una “patología” o “disfunción”, como forma de dejar claro que tal manifestación “no normal” de la sexualidad no contiene nada de “queja” (inconsciente) ante la acción de determinadas relaciones de poder.

Con ello se impondría el olvido y la anestesia sobre todo aquello vital y crítico que habita en todas las personas, y que podría resumirse a través de aquella máxima del filósofo indio Krishnamurti cuando dice “No se saludable estar bien adaptado a una sociedad profundamente enferma”

Por todo ello nos cuesta advertir que la educación recibida desde que nacemos a través de la familia, las instituciones educativas, los grupos de pares, y demás actividades de socialización logra que internalicemos ese control social. Haciendo que lo sintamos como algo propio en tanto se expresa en nuestros sentimientos, pensamientos y deseos, a los cuales entendemos como provenientes exclusivamente de la “naturaleza de nuestro ser”. Así se logra que no podamos ver la dimensión política de esta socialización, en el sentido de las relaciones de poder que se juegan para imponer la ideología dominante a nivel sexual y de género.

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Una ideología que por ser hegemónica logra ser percibida como “verdad” y por tanto manejada como “obvia” a nivel de la vida en general, e incluso de los currículums escolares tanto visibles como ocultos. De forma tal de garantizar su vigencia mediante su imposición “silenciosa” a través de sofisticados mecanismos pedagógicos en las mentes y cuerpos de las infancias, en tanto que “capitales” de inversión para el futuro.

Una ideología, por otra parte, que a los efectos de la normalización sobre los cuerpos sexuados, la diferencia sexual y el deseo erótico, ha utilizado políticamente ciertos enunciados de la biología para hacer ver como parte de un “orden natural” relaciones de poder inequitativas entre hombres y mujeres, blancos y negros, masculinos y femeninos, ricos y pobres, heterosexuales y homosexuales.

Prejuicios
Si prestamos atención a lo que decimos u oímos cotidianamente, casi de manera automática y sin pensar realmente en lo que literalmente estamos diciendo u oyendo, si examinamos aquellas frases o expresiones armadas que intercambiamos a diario, veremos que estas transmiten ideas y juicios de valor sobre determinados hechos y personas que refuerzan modelos establecidos vinculados a lo que se supone que somos o deberíamos ser en el ámbito sexual y de género.

Así, por ejemplo, es habitual que circulen expresiones como: «¡cerrá las piernas, nena!, sentate bien»; «¿ya andás loquita?, ¿estás menstruando?»; «¿vas a abandonar a los niños para trabajar?»; «así está el mundo desde que la mujer salió de la casa»; «¿qué le vas a hacer de cenar a tu marido?»; «esta tiene pinta de prostituta barata»; «no te le regales así, dejá que él tome la iniciativa»; «la vida sexual de una mujer termina con la menopausia»; «cuidado, m’hija, si no lo atendés bien va a buscar algo afuera»; «conservá tu virginidad, después ya nadie te va a querer»; «es toda una señorita, delicada, frágil, tan femenina»; «¡te digo que las mujeres son las peores!»; «si llegó al cargo, fue abriéndose de piernas»; «si una mujer golpeada no denuncia, es porque le gusta»; «por algo la violaron»; «¡no te muevas así!, van a pensar que sos una puta»; «ayer mi marido me sacó a cenar»; «¿vos con novio?, eso no queda bien a tu edad, abuela».

Y quién no ha escuchado decir: «me parece que patea para el otro cuadro»; «dos mujeres juntas ¿qué pueden hacer en la cama?»; «en una pareja de hombres ¿quién hace de mujer?»; «no existe la amistad entre el hombre y la mujer»; «ese color es de nenas»; «el tamaño del pene importa»; «¿y vos todavía no tenés novia?»; «¡andá a jugar al fútbol, carajo!, no te quedes con las mujeres»; «prefiero que mi hijo sea ladrón a que sea puto»; «salí de las polleras de tu madre»; «y, sí, pobre tipo, es homosexual porque creció entre mujeres»; «con un sopapo controlás a tu mujer»; «dale, decí nomás, que acá somos todos hombres»; «¿qué es eso que viene caminando ahí?, ¿hombre o mujer?»; «¡qué chupa pija que sos!»; «hijo de puta»; «se infectó de sida por ser promiscuo»; «si tenés pareja, no necesitás masturbarte»; «a mi mujer la tengo bien atendida»; “me clavé terrible mina”; «¿ya estás llorando, maricón?»; «¿y para qué sos macho entonces?»; «me hice puto tratando de terminar ese trabajo».

¿Qué nos provoca lo que acabamos de leer? ¿Acaso nos coloca ante un espejo que devuelve una imagen que nos interpela? ¿Qué ocurre cuando dejamos de ser exclusivamente sujetos que desde la distancia observan y critican los mitos y prejuicios, y pasamos a ser quienes los perpetúan? ¿Cómo comienza a dibujarse el fenómeno de la discriminación cuando pasamos a ser objeto de análisis, en tanto vemos nuestras conductas, comentarios y actitudes como parte del problema?

Si nos identificamos con todas o algunas de estas frases, no queda más que reconocer que el pez por la boca muere. Podremos justificarnos alegando que son expresiones que decimos sin pensar, que no es nuestra intención, que no sabemos por qué lo decimos, que así habla todo el mundo o que es broma. Podremos incluso explicar que lo que se quiso transmitir nada tiene que ver con lo literal, que simplemente es una «manera de decirlo».

Aun así, resulta curioso que justamente se eligen esas «maneras» de expresarlo y no otras, lo que lleva a cuestionarnos qué es lo que realmente se cree y siente con relación a la sexualidad y al género, y cómo eso que se dice «sin pensar» termina influyendo en nuestros pensamientos, sentimientos y actitudes, haciendo que se reproduzcan determinadas concepciones sexuales y no otras.

No debemos olvidar, por otra parte, que muchas nociones y creencias consideradas prejuiciosas por algunas personas, son vistas como verdades fundamentales del comportamiento humano por otras.

Conservadores vs. Progresistas
Cuando analizamos cualquier tema sensible, parece que las posturas suelen alienarse (simplificándose) en sólo dos “lados”. Tanto así que puede llegar a decidirse “estar de un lado” sólo porque se cree negativo estar “del otro”, más aún cuando vivimos una época que nos exige “definición”

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Por ello es habitual reconocer formas de tratamiento de tópicos en base a la dicotomía conservadurismo/progresismo, según la cual generamos esquemas y estereotipos sobre las características de cada pensamiento, e incluso de las personas que adscriben a ellos.

Así, creemos que un pensamiento conservador retiene y atesora, ya que considera que existe una ley dada por la tradición, la cual es clara y universal, y que por tanto debe ser custodiada y defendida. Una manera de ver y hacer el mundo que preservaría ciertos valores, bajo el argumento de una supuesta esencialidad que habría hecho que funcionaran con anterioridad, resistiéndose y rechazando los cambios inevitables que trae el tiempo y el dinamismo humano.

Por su parte el pensamiento progresista se embanderaría con el cambio y la apretura a lo nuevo, generando distinto tipo de disidencias y subversiones al discurso conservador. Interpelando con ello todo aquello que pretendió presentarse como incuestionable, a veces dialogando, a veces rechazándolo.

Esta forma de graficar y clasificar las tendencias del pensamiento nos colocaría de lleno en un escenario de disputas y luchas por el sentido que le damos a las cosas. Una tensión entre lo conservador y lo progresista, que en sí misma ofrecería ciertas garantías democráticas para estimular el diálogo y la inter-penetración de posturas, para que así cualquier asunto a considerar no sea visto sólo para ser cambiado o preservado.

Pero por la forma maniquea de pensar, puede que la tensión entre ambas posturas se torne rígida y polarizada, estereotipando por oposición a cada una de ellas. Ello evitaría que dicha tensión deje de ser productiva para la reflexión y co-pensamiento desde las diferencias, al establecerse más bien desde una lógica de “bandos”. Lógica que asocie a lo conservador con la “retención de lo antiguo” y a lo progresista la “pérdida de valores”, en lugar de con la prudencia analítica y la renovación dinámica respectivamente.

Tal polarización generaría por tanto un desbalance en cada una de las formas de pensamiento, haciendo que lo conservador se rigidice desde un lugar de recelo y paranoia por aquello que quiere preservar. Indignándose y horrorizándose cuando se le cuestiona (casi como si se violara un tabú) su forma de ver las cosas como una más entre otras, y no como verdad revelada (por un dios o la ciencia positivista con su afán de “objetividad” despolitizada) o sustentada por la tradición.

Más allá de la influencia Moderna y su mirada lineal y de “progreso” sobre la historia, el desbalance del pensamiento progresista habilitaría a la imposición de lo nuevo más bien desde un lugar “rebelde”. Es decir, identificado con la rabia hacia un padre simbólico (conservador) al cual querría derrocar para ocupar su poder, tal y como lo metaforizó parte del mito de origen griego con la muerte de Cronos a manos de sus hijos los dioses.

Tal vez la lucha de “bandos” entre posiciones conservadoras y progresistas desbalanceadas, y no ya la necesaria tensión entre dos o más posiciones disímiles, se establezca no sólo por las habituales luchas de poder y/o lugares instituidos que siempre se dan entre fuerzas ideológicas, sino también por la dificultad de ponernos en el lugar del otro desde un lugar empático, que logre estimular el diálogo sin descalificación.

Quizás desde el reconocimiento de la diversidad de formas de existir y de posicionarse frente a cualquier tema, logremos estimular mayor empatía. Para así dejar de pelear exclusivamente por un lugar la historia o en el Poder, y aprender tanto a negociar como a avocarnos hacia un complejo pero posible de imaginar “bien común”, en base a acuerdos mínimos de convivencia no sólo “tolerante” sino tendiente a la integración respetuosa de las diferencias.

De forma tal que la sexualidad, el género o cualquier otra dimensión humana pública o privada, pueda ser vivida con las mayores garantías de reconocimiento y derecho a una existencia válida y digna, en el contexto de la multiplicidad que constituyen todas las formas de vida que habitan este aún vivo planeta.

*Ruben Campero es Psicólogo y Sexólogo. Es además docente y autor de los libros: “Cuerpos, poder y erotismo. Escritos inconvenientes” y “A lo Macho. Sexo, deseo y masculinidad” (Editorial Fin de Siglo). Conduce Historias de Piel, programa que va todos los domingos a la hora 21.30 en Metrópolis FM, 104.9. Podés escucharlo y además enviar tus opiniones, testimonios y consultas vía twiter, mensaje de texto (SMS al 1049, con la palabra piel, espacio y luego se escribe), de facebook, o correo electrónico ([email protected]).