Una escuela chilena pone rostro al cambio de sexo en la infancia

En la hora del recreo en la Escuela Amaranta, el primer colegio de transexuales en Chile, hay 42 niños que juegan y hablan mientras en una sala contigua empieza una clase de gimnasia para adultos promovida por la asociación de vecinos que ha cedido el espacio para este proyecto educativo.

Este colegio gratuito cuenta con dos aulas, tiene una docena de profesores voluntarios y se financia con aportes de la sociedad civil, como el de esta junta de vecinos del barrio de Ñuñoa, al sur de Santiago, que les prestó un lugar que ya les queda pequeño y al que le falta un comedor y calefacción.

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“La escuela la creamos en abril de 2018, porque desde la Fundación Selenna -que protege a la infancia transgénero- nos encontramos con cinco niños desescolarizados y sin socializar. Y decidimos darles un espacio para que prepararan sus exámenes de forma libre”, explicó a Efe la directora de la Escuela Amaranta, Evelyn Silva.

La Escuela Amaranta, que nació para dar cobijo a cinco niños transexuales, se ha convertido ahora en un colegio con más de cuarenta menores con edades entre seis y diecisiete años. “Tenemos un 80 % de niños transexuales. El otro 20 % primero fueron los hermanos de estos y luego nos llegaron menores que han sufrido ‘bullying’ o que tienen capacidades diferentes para aprender”, explicó Silva.

Ángela Sabioncello, de quince años, fue una de las primeras alumnas de este centro educativo, quien explicó a Efe que el nombre del colegio se puso en honor a Amaranta Gómez, una política y activista transgénero mexicana. “A mis compañeros les costaba llamarme ‘ella’ o ‘Ángela’. No lo hacían para molestar pero no se acostumbraban, al igual que a los profesores. Por eso me desescolaricé el año pasado y me quedé en casa hasta que llegué a aquí”, aseguró Sabioncello.

Matteo Osorio, a sus diecisiete años, se encontró en una situación similar al hacer el tránsito de género en una escuela que solo admitía a “niñas”. “Me sentí muy poco seguro y respaldado. Estaba atrapado en lo que se considera femenino”, agregó Osorio.

En cuanto a la segregación de los niños transexuales en una escuela, la directora aseguró que no se está produciendo: “el horario es de lunes a jueves de 8.30 hasta las 15.30. El resto de días hacen vida en otros ambientes”. Por su parte, la coordinadora de la Escuela Amaranta, Ximena Maturana, consideró que en los colegios “formales” todavía “no saben manejar” el cambio de género. “Hay una circular de Educación que obliga a que los niños trans usen su nombre social, el uniforme y los baños que les corresponde. Pero no tienen derecho a ser visibles en el aula, hay directores que recomiendan que no lo digan públicamente y los niños deben cargar con ese peso”, agregó Maturana.

Las dos mujeres que lideran este proyecto hablan desde la experiencia porque ambas tienen una hija transgénero y quieren facilitar la transición a otros. “Nuestra escuela no está registrada en el Ministerio de Educación porque no encaja con su idea. Aquí enseñamos las materias tradicionales pero también incorporamos lo mejor de los sistemas alternativos para educarlos en sus emociones”, explicó Silva.

Por la mañana, todos los alumnos entregan los móviles al entrar y se dividen entre el aula de primaria y secundaria. También hacen dinámicas de grupos y se separan entre los que llevan más tiempo con su nueva identidad. “Los menores que hacen el cambio de género sufren un pequeño retraso emocional, necesitan reencontrarse, jugar, expresarse y aquí les damos este espacio“, aseguró Silva.

Ángela y Matteo iniciaron su tránsito en plena adolescencia, aunque reconocieron que desde los cuatro y ocho años se sintieron niña y niño, respectivamente. “La mayoría se da cuenta entre los tres y cinco años. Pero los niños no saben que son trans, solo sienten que algo pasa sin ponerle nombre”, agregó Silva.

La visibilidad es la bandera de esta escuela, que invita a todos los padres a que permitan a sus hijos aparecer en imágenes. “Hemos puesto rostro a la infancia transexual. Permitimos a la gente que nos conozca y grabe. En Latinoamérica, Estados Unidos y todo el mundo han usado nuestras fotos”, aseguró Maturana.

Esta escuela, que se ha convertido en un oasis de tolerancia, quiere visibilidad y apoyo, pero “sin dar pena”. “El edificio en el que estamos ahora no es una escuela. Nuestra meta es encontrar uno para finales de año. Pero todavía no hemos hecho ninguna campaña porque no queremos victimizarnos y hacer un llamado para que ayuden a estos ‘pobres’ niños”, puntualizó la directora.

La Escuela Amaranta ha fijado un límite de cien alumnos para poder continuar con un enfoque personalizado: “la idea no es tener a todos los niños de Chile aquí, lo que queremos es que este modelo se replique”, concluyó.

Fuente: EFE