Historias de piel: Aprender a pensar desde la Educación Sexual

Lic. Ruben Campero*

Cuando se piensa en educación sexual las más de las veces se la asocia a situaciones de aula en las que los aspectos eróticos y reproductivos de la sexualidad son planteados pedagógicamente, con el objetivo de informar y formar sobre todo a nivel de infancias y adolescencias. Con ello se deja de lado que también se trabaja en educación sexual con personas adultas, y que dicha educación no sólo se ejerce de manera explícita (ya sea nivel de espacios educativos formales y no formales), sino que su principal efecto formativo se produce en instancias informales, esas cotidianas del diario vivir en las que si bien no se habla directamente de sexo, no por ello se dejan de transmitir, reafirmar y hasta imponer creencias, valoraciones, actitudes, prejuicios e ideologías sobre sexualidad y género.

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Es desde esta educación sexual informal no vista como tal, en tanto que se ejecuta inadvertidamente mientras se realizan otras tareas, que se imponen a cada paso y a nivel de todas las edades las formas ideológicamente dominantes respecto a cómo debe ser entendida y vivida la sexualidad. Al ser en la familia y en los demás grupos de pertenencia del sujeto en donde se ejecuta esta educación en clave de adoctrinamiento, los preceptos que de ella devienen suelen ser vistos como “naturales”, en tanto que no se identifica el proceso pedagógico responsable de la transmisión e incorporación de tales contenidos.

Es por eso que la educación sexual formal suele ser vista (y por tanto acusada de “adiestrar”) como la única educación sexual que se realiza, al entenderla como la instancia específica en la cual se “instruye” sobre temáticas sexuales. Ello impediría ver que mucho de lo que el sujeto piensa, siente y hace respecto a lo sexual proviene de un proceso educativo que comenzó desde el momento mismo de su nacimiento (e incluso antes), y que se replica a cada paso en todas y cada una de las actividades que realiza, sin ser consciente de su situación de objeto de un perpetuo sistema de instrucción.

Un sistema que tiene como fin reproducir la ideología dominante, particularmente cuando se decreta la sexualidad como un hecho exclusivamente biológico en clave genitocéntrica, coitocéntrica, heterocentrada y desde una concepción binaria y dicotómica de la diferencia sexual, sin dar la chance de reflexionar sobre dichos preceptos y sobre los condicionantes psicológicos, culturales, históricos y políticos que construyen lo que entendemos por sexualidad.

Por esta razón las educación sexual formal propone no sólo adquirir conocimientos para prevenir embarazos no deseados e infecciones de transmisión sexual, sino que por sobre todas las cosas apunta a facilitar procesos desde los cuales aprender a pensar críticamente (y no meramente “adaptarse” a los criterios dominantes), de forma tal de analizar la acción ideológica de esa educación sexual informal que comienza desde la familia y que se expresa a diario, la cual apunta a naturalizar ciertas formas de control social y de relaciones de poder que muchas veces reproducen prejuicios y violencia, así como concepciones que no facilitan actitudes saludables ni de diálogo con lo múltiple y diverso.

Por eso la educación sexual integral no implica “imponer” ninguna forma concreta de concebir la sexualidad, sino que más bien apunta a analizar las distintas maneras de entenderla para propiciar así miradas plurales y tolerantes de las diferencias que permitan potenciar el diálogo. Implica el despliegue de procesos de aprendizaje y no mera “capacitación” o acumulación de conocimientos o “receta-mandatos”. Trabajando siempre con el análisis de la vida cotidiana y a partir de las necesidades sentidas de la gente, para que lo analizado sea paralelamente contrastado con una práctica que se deja interpelar sin pretender ser una rígida “verdad revelada”, de forma tal que se puedan ir generando nuevos puntos de análisis crítico.

En ese sentido la educación sexual integral no adoctrina ni evangeliza respecto a lo que debe considerarse “normal”, más allá de que brinde ciertos marcos de referencia, sino que ofrece instrumentos para que se opere reflexivamente sobre la realidad a partir de la interacción de la información científica con los criterios locales y las necesidades particulares de cada comunidad, apuntando no sólo a la incorporación de un saber sino sobre todo a un “saber hacer” que potencie la autonomía, la equidad, la pluralidad y la democracia en conexión empática con otros.

Si bien han sido varios los modelos educativos desde donde se ha implementado la educación sexual, el modelo integral se distingue de los demás en tanto estimula movimientos de reflexión, ruptura e interpelación respecto a los conocimientos previos en pro de elaborar otros nuevos y posibles, entendiendo que el saber se construye siempre con otros a través de proceso dialécticos y dinámicos. Por eso no considera que sólo se trate de transmitir conocimientos, sino que también apunta al análisis, revisión y posible transformación de las actitudes personales y emocionales ante los distintos temas, como forma de adaptación activa y crítica a los desafíos que el cambiante y complejo mundo actual presenta.

La educación sexual integral facilita la posibilidad de re-aprender a pensar críticamente también a través del análisis de los prejuicios y creencias incorporados y naturalizados por medio de la educación sexual informal. Algo que resulta de vital importancia en un momento histórico en donde corrientes neo-conservadoras intentan aprovechar la incertidumbre posmoderna para reinstalar un pensamiento único y hegemónico, ese que se pretende hacer pasar por “natural” a través del etiquetamiento de “ideología” de todo aquel otro planteamiento que estimula lo plural, y que permite visibilizar y analizar las distintas estrategias de imposición evangelizadora que conllevan las sofisticadas formas de control social que se ejercen de silenciosas maneras.

Como en todos los ámbitos, saberes y temáticas, también en la educación sexual hay disparidad en la formación y estilo de los técnicos que la llevan adelante, de la misma forma que ella también puede ser utilizada como plataforma para ciertos lineamientos políticos específicos. Pero esto no significa que la práctica responsable, integral y comprometida con una pedagogía plural y crítica que se realiza desde una educación sexual integral, pueda ser considerado un mero mecanismo propagandístico de tendencias ideológicas, ya que ello implicaría desconocer la dimensión científica, interdisciplinaria e intersectorial que se ha venido jugando en la educación sexual desde hace décadas, tanto de la mano de la Sexología como de distintas disciplinas que trabajan los aspectos biológicos, psicológicos, culturales y pedagógicos de la sexualidad humana.

*Ruben Campero es Psicólogo, Sexólogo y Psicoterapeuta. Es además docente y autor de los libros: “Cuerpos, poder y erotismo. Escritos inconvenientes”, “A lo Macho. Sexo, deseo y masculinidad” y “Eróticas Marginales. Género y silencios de lo (a)normal” (Editorial Fin de Siglo). Condujo Historias de Piel desde 1997 a 2004 por Del Plata FM y desde 2015 a 2018 por Metrópolis FM y sus programas pueden verse acá. Podés seguirlo por las redes sociales de Historias de Piel o por su canal de YouTube “Ruben Campero”, Facebook, Instagram y Twitter.

 

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