Historias de Piel: ¿Cómo es vivir sin pareja en la actualidad?

Fuente de los candados (Foto: facebook Facal)
La pareja es y sigue siendo uno de los aspectos consagrados socialmente para la construcción del proyecto de vida. Permite generar un tipo particular de intimidad con el otro, colaboración mutua para la vida y lazos de parentesco a través de los cuales circulan capitales emocionales y materiales, razón por la cual suele ser regulada por normas estatales.

Por lo general hemos aprendido que gran parte de lo que llamamos “felicidad” se logra a través de la conformación de una pareja y familia. Con ello se suele estimular ya sea la búsqueda de una unión para alcanzar dicho sitial prometido de bienestar, como la vivencia de “anormalidad” cuando no se logra tener un compañero. Por lo mismo la pérdida de pareja puede que sea experimentada y catalogada como “fracaso”, y su ausencia sentida como estigma en términos de “soledad”.

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La sociedad, a través de las redes de familiares y amigos, suele generar presión sobre las personas para que formen pareja, como manera de estimular el ritual de unión que tranquilice al colectivo y asegure la inclusión del sujeto en la comunidad como “uno más”. Así se podrá escuchar: “¿Y vos seguís soltera? mirá que los años pasan…” “Cuando te cases y tengas hijos me vas a entender” “Qué raro este chico tan lindo y nunca se le conoce una novia” “Vos ya estás en edad de casarte ¿cuando esperás tener hijos?”

Para afianzar este control se suele reforzar la idea de que tener pareja es signo de éxito social y madurez emocional. Por tal motivo vemos (y esperamos ver) presidentes hombres con esposas, y nunca sin pareja, en concubinato o con esposos. Así tampoco resulta relevante que una presidenta mujer deba destacar a su “primer caballero”, en la medida en que nos encontramos en una cultura que asocia masculinidad con poder.

Por su parte mucha gente cuelga fotos y comentarios en redes sociales sobre su situación de pareja, parentalidad y familia, como manera de destacar lo que entiende como logros. A su vez las invitaciones a fiestas suelen diferenciar si es “sólo” o “en pareja”, casi como si costara discriminar la individualidad con vida social autónoma en esta idea de “bloque” con la que se concibe la pareja. Algo que también determina que en eventos sociales siempre deban sentarse juntos y estar pendientes el uno del otro, como forma ritualizada que haga recordar la vital importancia que implica el tener una pareja para ser y sentirse parte de la comunidad.

Los cambios
Pese a estas ponderaciones y exigencias sociales que siguen presentes en el imaginario colectivo, es evidente que el valor y concreción de la pareja ha venido cambiando. El continuar viviendo en la casa parental más allá de los 30 años, como se observa en muchos sectores, le habría restado importancia al encontrar pareja como forma consagrada de egreso de la familia primaria.

En ese sentido, se hablaría de un alargamiento de la adolescencia y un retraso del ingreso al “mundo adulto”, a raíz también de la llamada “adolescentización de la sociedad”, lo cual conlleva todo un cuestionamiento a lo importancia de lo que se ha entendido tradicionalmente como “adultez”.

El aumento de hogares unipersonales y monoparentales viene impactando como cambio en los modos de vivir, haciéndose sentir también en la Arquitectura a partir de la proliferación de espacios reducidos y monoambientes como unidades domésticas. Por otra parte en sectores sociales con posibilidades económicas para hacerlo, se viene registrando hace tiempo el “irse a vivir sólo” en sustitución al “irse a vivir en pareja”

El divorcio pasó de ser un estigma a ser casi una costumbre, lo mismo que el registro de hijos de parejas disueltas. El aumento de las separaciones hablaría de un debilitamiento de las narrativas tradicionales que sostenían la importancia social y afectiva de tener una pareja, por más que el ideal siga vigente y provoque que la gente lo siga “intentando”

Si bien la difusión y democratización del uso de métodos anticonceptivos (el menos en ciertos sectores del mundo) ha logrado evitar parejas forzadas por embarazos no deseados, también la tendencia a tener hijos sin estar en pareja ha aumentando claramente. Ello es posible que se deba tanto al impacto de la fecundación tecnológicamente asistida, la conformación de unidades parentales de cuidado sin vínculo de pareja, así como al descenso en el estigma de lo que antaño se llamaba “madre soltera”.

La constatación en muchos casos de deseo de hijo como vínculo sustitutivo ante dificultades para relacionarse significativamente con pares y con la sexualidad resulta un dato relevante, pero quizás no tan novedoso como fenómeno, ya que esto también ocurría con el modelo materno abnegado e infantil que impuso la modernidad en relación al rol de esposa y el hogar familiar. Modelo que hacía que muchas mujeres se aferraran al deseo de hijo como sentido último para la vida, ante un mundo restringido de posibilidades de auto realización femenina más allá de la vida familiar que impuso el Patriarcado.

Otro cambio significativo es que la visibilidad y reconocimiento de la diversidad vino a cuestionar la hegemonía de cierto modelo de pareja. En sentido las parejas no heterosexuales, no blancas, con años de diferencia entre sí, con uno o ambos integrantes transgénero, interraciales, etc, si bien suelen verse empujadas a asimilarse al modelo tradicional, sus prácticas singulares plantean tensiones a los lógicas de adaptación social que se supone conlleva el estar en pareja y cumplir con los roles las más de las veces jerárquicos que esta demanda.

De hecho mucha gente joven no ha tenido nunca un vínculo de pareja de la manera en la que antes se concebía (ni por el sexo del compañero, ni por forma de vínculo, ni por las expectativas, etc.), y desde la cual se entendía que se accedía a la condición de “estar en pareja”, haciendo que surjan nuevas denominaciones para catalogar estos nuevos fenómenos emergentes tales como “amigovio”, “saliente”, “amigo”, etc.

Ante nuevas formas discursivas de institucionalizar las prácticas sexuales, resulta que hoy por hoy estar en pareja no es la única manera para poder tener acceso fácil, rápido y seguro al sexo como antes ocurría (más allá de la prostitución). La actual sociedad sexualmente post-libertaria plantearía un abanico aparentemente más amplio de posibilidades para el erotismo, tanto sea a través del sexo ocasional, la pornografía, técnicas más sofisticadas de masturbación por medio de la tecnología, así como incluso nuevas propuestas de energía erótica sin necesariamente descarga genital o posibilidades de declararse “asexual”.

En épocas pasadas la pareja era el vínculo por excelencia para insertarse en la sociedad como persona madura, sin embargo hoy los grupos de pares y el trabajo también compiten con la pareja en su oficiar como grupos de referencia, inserción y construcción de identidad. Ello determinaría que ya no se busque tanto una pareja “pour la galerie”, o que las mujeres (algunas hoy más empoderadas) no se afanen tanto a encontrar un “buen partido”

La relativización del peso de la institucionalidad religiosa como referencia filosófica y moral para las prácticas personales, generaría un debilitamiento en la conformación de pareja por mandato. Todo lo cual se suma a los cambios en las configuraciones familiares y el aumento de la viabilidad de nuevos modelos, que han dejado en calidad de “anormal” (estadísticamente hablando) al modelo nuclear de padre, madre e hijos.

Por otra parte la importancia actual de satisfacer las necesidades individuales ha oficiado en detrimento de la tolerancia para sostener propuestas más colectivas, reduciendo la posibilidad de resignarse a vivir la frustración de una pareja impuesta por mandatos sociales, religiosos o económicos. La urgencia por “disfrutar del hoy” ha limitado las posibilidades de vivir procesos a largo plazo, afectando la posibilidad de involucrarse y comprometerse, aunque también de soportar vínculos estériles como antes mandataba la tradición.

Es así que en una época de culto a lo individual y al yo como empresa, la pareja (al menos desde modelos tradicionales) podría ser vista como una fusión amenazante para la identidad y la autonomía.

La urbanización por su parte continúa estimulando la vida individual(ista), ya que ofrece más recursos “al alcance de la mano” del consumidor, con los cuales satisfacer las necesidades de forma autónoma y sin tener que recurrir a redes de colaboración. Cosa que no ocurre en el campo (o aún no del todo), en donde las distancias, el tipo de trabajo y el aislamiento hacen que la pareja sea un importante anclaje vincular. Sobre todo para los hombres rurales, quienes muchas veces no han sido educados para contar con habilidades sociales flexibles que les permitan tener amistades variadas, recurriendo a buscar sólo en la pareja una compañía que alivie su masculina soledad y los atienda de forma materna.

Cabe destacar que el tener pareja como forma de inserción y generación de vínculos y redes más estables, continúa siendo importante en situaciones de migración y extranjería (sobre todo si es con nativos) ya que ofrece contención a la soledad por la lejanía de la propia tierra, y genera maneras amigables de conexión con otros.

El haber desacralizado la forma tradicional de pareja como un vínculo mágicamente eterno, no implica necesariamente el fracaso de una posibilidad de unión, sino que por el contrario puede estimular a vivir de forma más consciente, presente y responsable una relación de pareja, al saber que no necesariamente ella será “para toda la vida”

Es cierto que la generación actual siguen reproduciendo el modelo tradicional de pareja, pero también es cierto que con sus pequeños y grandes cambios en sus modos de vivir la vida privada (que siempre tiene un sentido político) no dejan de lanzar críticas a las generaciones anteriores, las cuales muchas veces sostuvieron parejas duraderas a costa de sacrificio y sufrimiento, evidenciando con ello la dimensión alienante que también conlleva el constituir la identidad exclusivamente a la luz de proyectos y tendencias masificadas y masificadoras.

Modelos de pareja
La educación informal que recibimos e impartimos cotidianamente sobre la pareja suelen remitir a vínculos de posesión e interdependencia. Expresiones asociadas a estar o no estar en pareja tales como “tener dueño”, “ser libre”, “MI mujer”, etc. serían parte de lo planteado.

Los rituales de marcaje como alianzas, ligas, andar siempre abrazados o de la manos por la calle como señal de territorialización sobre el otro. El “cas(z)arse”, tener “esposa/o”, proporcionar la prueba de amor ya no tanto asociada como antaño al sexo como “entrega” de la mujer, sino al sacrificio y a la renuncia por el otro, remiten a una manera peculiar de concebir el estar en pareja. Así también despliegan escenarios para el aislamiento, la apropiación del otro por demandarle exclusividad vincular, etc. que no hacen más que predisponer para que irrumpa la violencia como manera de resolver el conflicto.

Las despedidas de soltero a nivel heterosexual en hombres, muchas veces exaltan el dolor por la pérdida de uno de sus camaradas que “traiciona” al grupo, ya que “le toca” dejar ser raptado por el yugo de ocupar el rol de proveedor y perder el control sobre su libertad general y sexual. Así también en muchas ocasiones cuando se conforma una pareja, las amistades que antes eran vitales dejan de ser frecuentadas, ya que según parece el vínculo más importante y trascendente así lo demanda.

Tener pareja (aunque no se aclare que “tipo” de pareja) es lo que se supone todo el mundo quiere, por tanto se invisibilizarían otras formas de vínculo muy plenas pero poco habitadas por la gente, en la medida en que se prioriza un determinada forma de relacionarse de manera afectivo-sexual, como forma, aparentemente, de “salvarse” de la soledad.

Por lo mismo, es con esa persona llamada pareja con la que se debe querer convivir y dispensarle exclusividad emocional y erótica, lo cual si bien puede representar una manifestación de comunión vincular, muchas veces no es más que un forma de instituir contratos para manejar la inseguridad ante la vulnerabilidad intrínseca que se vive en todo vínculo, así como una manera de naturalizar el egoísmo que permite controlar al otro en nombre de los celos, la monogamia y la fidelidad.

Desde esta forma de concebir una pareja, parecería ser que los individuos estarían incompletos, y que por tanto el fin último sería encontrar esa “otra mitad” que complemente la existencia. Esta idea de la “media naranja”, derivado folklórico del mito griego del andrógino de Aristófanes, indicaría como parte inherente del buscar pareja, la satisfacción de un anhelo de completud gemelar, única supuesta manera de abolir la soledad de la individualidad o “sentimiento de separatidad” como diría Erick Fromm, lo cual es interpretado como amor.

Amor romántico
Justificada la pareja en una interdependencia significada como amor, el mito del amor romántico llevaría a experimentar sensaciones de éxtasis vincular como prueba del hallazgo de ese que es llamado a completar(me). Desde allí puede que se lleguen incluso a forzar situaciones de control y pérdida de independencia mutua, como forma de probar(se) el mutuo enamoramiento, el cual sólo es posible de constatar a través “sentirlo” o “no sentirlo”, tal y como aparentemente lo indicaría el “corazón”.

La Idealización de los sentimientos y de la pasión amorosa como “verdades” sabias y mágicas que garantizan la veracidad de un vínculo de pareja “sólido”, harían que se desestimaran los aspectos racionales, volitivos y contractuales a la hora de construir un vínculo basado en el diálogo sincero y en la aceptación de la ambivalencia emocional.

A través de lo romántico se generaría por tanto una postura pasiva y agonista, al ver al amor sólo como un sentimiento con “inteligencia propia”, y como algo arrollador que obnubila la consciencia. Haciendo creer (nuevamente desde un pensamiento mágico), que con eso será suficiente para que el vínculo dure toda la vida. Salvo factores accidentales y externos negativos que aparentemente nada tendrán que ver con la armonía vincular interna propiciada por el amor.

Por esta razón muchas veces las personas se debaten internamente si están o no enamoradas (o si es o no “la” persona) para iniciar una relación de pareja, como si ese fuese el único y el más importante factor que facilita un vínculo satisfactorio. De esta manera se dispara un sistema de vigilancia sobre sí mismo y sobre el otro para encontrar indicadores de ese amor: El flechazo, el darlo todo por el otro, la simbiosis, el control mutuo y todas las expresiones que pululan en las canciones románticas de turno tales como “no puedo vivir sin vos”, “sin tu amor no soy nada”, “te quiero más que a mi vida”, ya que se supone que el amor (posesivo) “todo” lo justifica.

Evidentemente que las narrativas amorosamente romantizadas vienen condimentadas por los cuentos de hadas, las telenovelas, el cine y la literatura en general. Narrativas que disparan una y otra vez el mismo dispositivo de logro de la felicidad final como algo evolutivamente mecánico: Transitar de la soledad al estar en pareja, ya que luego de conseguida la meta, el destino se encargará de que “sean felices y coman perdices”

Desde los cuentos y las novelas, los itinerarios del amor harían énfasis en las desventuras que la pareja debe vivir para alcanzar el premio de la felicidad juntos, gracias a haber sorteado las trampas de las adversidades y de personajes envidiosos de su dicha vincular. Por ello el amor romántico se centraría más en las pasiones encendidas dadas por la angustia ante la posibilidad de la pérdida, así como el éxtasis por el reencuentro y la concreción de aquello a lo cual están destinados como pareja unida por el amor.

En base a todo esto, puede que mucha gente tome la relación de pareja como una forma de expresar su idealización hacia el amor y no tanto hacia el vínculo. Es decir de estar enamorado más del amor y del lugar emocional y social que conlleva estar en pareja, que de la propia persona con la que se forma la pareja. Un aspecto que tal vez se estimule en aquellas películas o realities shows que tratan de bodas y casamientos, en los cuales importa mucho más la fiesta y el vestido de novia que la persona del propio novio.

Un amor romántico que como se puede observar vertebra mucho más la construcción social de lo femenino que de lo masculino, asociando a las mujeres con la sensibilidad, las emociones y la necesidad de ser “tomadas” por un hombre como pareja. Se lograría así, supuestamente, sentirse “completas” como mujeres y construir un proyecto de vida que las aleje de la amenazadora soledad que se supone deben pasar aquellas que como “putas” no se adaptan a la sumisión femenina y maternal, o se quedan por diversas razones “para comer santos” y “sin marido”.

*Ruben Campero es Psicólogo, Sexólogo y Psicoterapeuta. Es además docente y autor de los libros: “Cuerpos, poder y erotismo. Escritos inconvenientes”, “A lo Macho. Sexo, deseo y masculinidad” y “Eróticas Marginales. Género y silencios de lo (a)normal” (Editorial Fin de Siglo). Codujo Historias de Piel desde 1997 a 2004 por Del Plata FM y desde 2015 a 2018 por Metrópolis FM y sus programas pueden verse acá. Podés seguirlo por las redes sociales de Historias de Piel o por su canal de YouTube “Ruben Campero”, Facebook, Instagram y Twitter.

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