Historias de piel: Las empatías debilitadas e identidades de encierro

Por Lic. Ruben Campero*

Al igual que muchos colectivos subalternizados, las personas trans (travestis, transexuales y transgénero) sufren los efectos del estigma y la discriminación. Estos se traducen en mayor presencia de situaciones de pobreza; vejez en malas condiciones generales; vulnerabilidad ante la prostitución, la trata de personas, la explotación, el consumo de sustancias y el VIH; expulsión de las familias desde edades infantiles; soledad y desamparo emocional y social;  homicidios y muertes violentas sin investigación de culpables; baja expectativa de vida; violencia simbólica, verbal, física, e institucional; insuficiencias en la atención de la salud y casi nulo acceso a fuentes laborales; exclusión temprana del sistema educativo; ser objeto de constantes miradas de rechazo escrutador por la calle; recibir tratamiento desde pronombres que no condicen con la auto percepción de género y con lo que se comunica desde la imagen tanto en público  como privado, y un largo etcétera.

Publicidad
 Todo ello sumado a las vulneraciones que devienen de las distintas interseccionalidades que pueden atravesar el ser trans, y que se vinculan con lo étnico-racial, con estar en situación de privación de libertad, con provenir y habitar el ámbito rural, con tener hijos, con padecer alguna enfermedad crónica e invalidante, con no contar con una jubilación digna ni haber tenido nunca un trabajo formal, con tener una orientación homosexual, heterosexual o bisexual, con ser inmigrante, con tener trastornos psiquiátricos, con habitar en un país subdesarrollado, con haber contado con un medio familiar y social de cuidado u  hostil, y nuevamente un largo etcétera.

Este fenómeno de la marginalidad de las personas trans siempre ha existido, pero ha permanecido invisibilizado y justificado por una ideología de género binaria y hegemónica, que hasta no hace mucho se imponía como la única posibilidad de habitar los cuerpos sexuados y las auto percepciones a nivel de masculinidad y feminidad, excluyendo de la calidad de “humano” y de sujeto de derecho a todo aquel que no se ajustara a sus prescripciones de “sexos opuestos” y binariamente “definidos”, por una nomenclatura que fabrica rótulos e identidades utilizando ideológicamente alusiones a la “biología” y la “naturaleza”.

Y ello no se limita a las personas que no se adaptan al modelo de diferencia sexual binaria hombre-masculino/mujer-femenina impuesta en Occidente desde la Modernidad, sino que también la colonización en América se encargó de aniquilar infinidad de manifestaciones transgénero que existían con diferente grado de armonía en los distintos pueblos originarios, de forma tal de borrarlas de la historia oficial por considerarlas “excesos” salvajes, primitivos y pecaminosos, y así hacerlas encajar en el modelo civilizatorio y evangelizador que traía e imponía el conquistador. Todo lo cual ha hecho que aún hoy veamos las expresiones transgénero como meros “vicios” modernos.

Cabe aclarar que estas manifestaciones que involucran autopercepciones y expresiones de género que no se ubican en los extremos del espectro hombre-mujer, se registran en diferentes lugares del mundo y momentos históricos de la humanidad tal y como han demostrado múltiples estudios históricos y antropológicos, no sólo en relación a las personas transgénero sino también a las maneras que las distintas culturas tienen de interpretar y encarnar las asignaciones sociales de género, las cuales no poseen una única “correspondencia” respecto a la anatomía. Es decir que no todas las culturas han asignados roles entendidos occidentalmente como “femeninos” a los cuerpos con vulva, ni los entendidos como “masculinos” a los cuerpos con pene.

La iniciativa actual de derogar la ley integral para personas trans por parte de ciertos sectores políticos y religiosos, basa gran parte de sus argumentos en la creencia de que sólo sería válida biológica, social, “natural” y éticamente una diferencia sexual concebida en términos restrictivamente binarios hombre-mujer, y que con ello justificaría su hegemonía en cuanto a pretender ser la única forma posible de interpretar y experimentar tales diferencias.

Por tal motivo se reaccionaría con queja, incomodidad y arremetida ante la interpelación que a estas plataformas ideológicas les genera la visibilidad ciudadana de otras formas posibles de habitar el género (pretendiendo que ese intento de quitar derechos que proponen, está motivado sólo por un tema de distribución del patrimonio económico estatal). Formas de disidencia sexo-genérica a las cuales por tanto se les exige retornen a ocupar el lugar subalterno e invisible, esos que en general han ocupado dentro de los tradicionales proyectos civilizatorios y de normalización de las identidades y los cuerpos.

Pensar “lo natural” en el ser humano siempre ha sido algo complejo, ya que su concepción sólo es posible de realizar a partir de instrumentos culturales que conforman la percepción de eso llamado “naturaleza”. A su vez la misma deviene de la dicotomía “natural-cultural”, la cual rápidamente se traduce en “natural-artificial”, logrando el efecto “mágico”-simbólico de que todo lo que enunciativamente sea ubicado en el terreno de “lo natural” sonará “bueno”, “auténtico” y “universal, y por tanto como algo autorizado a ser exigido como producción “natural” de los cuerpos.

A su vez emparentar biología con naturaleza no sería más que una mera manipulación argumental para dotar a una única disciplina con la autoridad para dictaminar lo que la vida y los cuerpos son (y deben sentir ser), más aún en épocas de cambios científicos en los que la complejidad de los fenómenos sólo puede ser abordada de manera inter y transdisciplinaria.

Por otra parte los argumentos biológicos han sido históricamente utilizados desde el Siglo XIX y durante el XX como instrumentos para imponer una determinada visión ideológica y hegemónica sobre los “tipos” de vida que pueden ser “válidas” y “viables”. En ese sentido, el uso político que se ha hecho y se sigue haciendo de lo biológico desde la argumentación y manipulación parcializada (para que permita hacer encajar la idea de “naturaleza” que se quiere imponer) ha dado pruebas de su intolerancia totalitaria y fracaso histórico como sistema de convivencia social, desde fenómenos tales como el nacismo, el racismo, el sexismo, el anti-especismo, etc.

Recordemos que hasta no hace mucho se consideraba que sujetos tales como mujeres, indígenas, homosexuales, negros, pobres y demás seres subalternos (como aun sucede con el resto de las especies animales) no tenían “alma”, y por tanto correspondían “biológicamente” a una categoría “inferior” de seres desde donde se justificaba su marginación, esclavización y dominación. Con ello a su vez se dictaminaba que por una “supremacía natural”, existen seres “destinados por su biología” a dirigir las relaciones de poder, y otros “destinados también por su biología” a acatar como las cosas “naturalmente son” (y “siempre” han sido), dejándose “guiar” y en caso contrario “someter”

La ideología de género binaria que hoy espera recuperar adeptos hacia su tradicional imposición, mediante la utilización de instrumentos que la democracia otorga, ha venido haciendo foco de cuestionamiento casi exclusivamente en una partidización política de las llamadas “nuevas agenda de derechos”. De esta manera habría intentado cooptar en calve de “bandos políticos” y de “soluciones radicales y paternalistas” a esas inseguridades posmodernas que nostalgian con un idealizado y falso pasado donde todo supuestamente “fue mejor”, cuestiones que en realidad son asuntos de consideración ética para toda la humanidad en términos de empatía con un otro que se supone “semejante” y “prójimo”.

Sin embargo, ante la imposibilidad de abordar una crisis que se capta más global y planetaria, se apela a negarla y desplazar el problema a una simplificada lucha de bandos para construir la ilusión de que en el “bunker” con “los míos”, y en contra de “los otros”, siempre se estará a salvo de cualquier tipo de aniquilación.

Más allá de que la arena política (de todos los colores) siempre ha utilizado estratégica y hasta demagógicamente tendencias sociales, la mencionada ideología de género reciclaría la dicotomía “natural-artificial” para hacer ver las “pretensiones” en este caso de las personas trans, como aparatosos y “artificiales” antojos egoístas de ciertas “minorías”, que no tomarían en cuenta las “naturales” necesidades de lo “general” y “normal” que forman parte la sociedad como “un todo”. De esta forma se intentaría disputar el poder social, político, ideológico y simbólico que va tomando forma en plataformas de derechos, las cuales en realidad no pretenden imponer un nuevo y restrictivo orden, sino más bien ampliar el abanico de posibilidades para vivir e interpretar las diferencias sexuales en pro de una convivencia armónica y pacífica.

Lamentablemente elegir la lucha a partir de la rigidización de identidades que construye pequeños e ingenuos universos del “nosotros contra ustedes”, habilitaría la producción y fundamentalización de identidades de encierro (de ahí la idea de “bunker” recién mencionada) que reciclarían la adhesión a relatos productores de certezas mediante la identificación de un enemigo común al cual culpar del “desequilibrio” percibido, y pudiendo por tanto encontrar la “solución” mediante su “eliminación” de la arena argumental, ciudadana, ética y política.

Con todo ello se afectaría una vez más y muy gravemente la empatía hacia el otro y su diferencia, ya que la adhesión identitaria hacia esa postura de encierro y de marcación de muros diferenciadores de la extranjería a nivel de derechos, no se haría de manera necesariamente racional sino más bien emocional y pasional. Una forma muy extendida y utilizada por demagogias  políticas e incitaciones por parte colectivos basados en la fe y líderes religiosos.

Siempre es importante celebrar que se cuenta con instrumentos democráticos para que cualquier voz que quiera hablar argumentadamente pueda ser escuchada, apuntando así a construir un panorama lo más diverso posible. Y justamente a instancias de esa misma democracia, es importante también volver a alzar más voces sobre los riesgos que la manipulación del temor “al otro” genera en clave de encierro identitario, en intento de advertir sobre lo que globalmente como especie nos está generando la falta de empatía para con otros seres sintientes (humanos y otros animales) y el planeta todo, a raíz de aferrarnos muy localmente a certezas recicladas sobre un nostálgico mundo biológicamente “natural”, del cual nos apuramos a olvidar los horrores que la imposición de su ideología provocó sobre la vida, la convivencia y los cuerpos.

*Ruben Campero es Psicólogo, Sexólogo y Psicoterapeuta. Es además docente y autor de los libros: “Cuerpos, poder y erotismo. Escritos inconvenientes”, “A lo Macho. Sexo, deseo y masculinidad” y “Eróticas Marginales. Género y silencios de lo (a)normal” (Editorial Fin de Siglo). Co-condujo Historias de Piel desde 1997 a 2004 por Del Plata FM y desde 2015 a 2018 por Metrópolis FM y sus programas pueden verse acá. Podés seguirlo por las redes sociales de Historias de Piel o por su canal de YouTube “Ruben Campero”, Facebook, Instagram y Twitter.

Escrito por
Más de Equipo Eme