Historias de piel: Machos sin especie

Por Lic. Ruben Campero*

Desde la cultura occidental tendemos a asociar la idea de “hombre” por un lado con la representación abstracta de “humanidad” (con “H” mayúscula), y por el otro con una anatomía sexuada y una cierta masculinidad (con “h” minúscula), las cuales vemos interconectadas. Ello sería así ya que las creemos evidencia incuestionable de una normalidad, que en realidad invisibiliza la acción política de normalización que desde el nacimiento ejercen los condicionamientos educativos de la ideología de género binarizante. Una normalización que se torna violentamente nítida cada vez que necesita reconfirmarse en su vigencia de producción serial de cuerpos y subjetividades, marcando con el estigma a quienes cataloga como “sus” excepciones o “fallas” de la norma: masculinidades débiles, afeminadas, trans, impotentes, no heteronormadas, queer, en devenir.

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A partir de esto la diferencia hombre-mujer sería presentada como una evidencia natural que distingue dos entidades sin hacer en principio valoración jerárquica alguna. Sin embargo cuando un hombre dice en referencia a su pareja: “te presento a mi mujer”, la significación que a partir de esa enunciación cobra su cuerpo y su identidad en tanto que “hombre”, sugeriría algo más parecido a un poder de apropiación que cosifica feminizando para obtener credenciales de hombre, que a una simple expresión dicha sin mayor intencionalidad. Más aún cuando no es bien visto en algunas clases sociales que una mujer haga referencia a su pareja como “mi hombre”, y peor aún si quien lo hace es un hombre refiriéndose a otro o una mujer respecto a su pareja mujer.

Por tanto se podría pensar que “hombre” no alude tanto a una corporalidad sexuada o tipo de masculinidad, sino más bien a una estrategia patriarcal y civilizatoria que utiliza interpretaciones desigualantes de las diferencias sexuales (que siempre exceden lo binario), con el fin de dotar con la autoridad de la enunciación a aquel que masculinamente es llamado a poseer la capacidad “evolutiva” de clasificar especies en base a etiquetas que se pretenden universales.

Las mismas etiquetas que usa tanto para “elevar” a alguien al designarlo desde la distinción de un “quien”, o para “condenarlo” en clave de cosa a la condición de un “que”, mientras él se constituye en lo no clasificable y despojado de todo cuerpo particular que lo exime de pertenecer especie alguna. Algo que pondría en evidencia la exclamación cosificante “¿Y ‘eso’ que es?!”, cada vez que por la calle se ve a alguien “inclasificable”, o clasificable como “espécimen raro” o “anormal”, por su apariencia “ambigua” a nivel sexual y de género.

Tal poder de enunciación y clasificación de lo existente, facultaría a ese H(h)ombre claramente “definido” como tal, con la potestad para distinguir a sus pares (los únicos que serán vistos como sujetos en clave de un “quien” hegemónicamente humano) de aquellas cosas y cuerpos-objeto siempre pasibles de ser capturados, rotulados, procesados, faenados y puestos a disposición de sus “dueños”, en este caso desde la marca de propiedad feminizante contenida, por ejemplo, en la expresión “mi mujer”.

Por otra parte cuando desde el lenguaje popular se utilizan expresiones tales como “una mina”, “un trava”, “una puta” o “un puto” (al igual que “un negro”, “un indio”, etc.), la infra valoración (des)humanizante que dichas voces suelen manifestar, no sólo apuntarían a cosificar y “animalizar” a quienes etiqueta a través de una generalización que diluye cada singularidad en clave de “manada”, sino que sobre todo decreta que debe entenderse por sujeto y por humano, y quien entra dentro de su definición.

Esa referencia de estética masculina que se pretende patriarcalmente universal, es vista como portadora del “don” que erige en clave de “hombre” al sujeto modélico desencarnado y puesto en el lugar de ideal abstracto, siempre circunscripto a la seguridad binaria de una identidad masculina (junto a su “complemento” femenino) en tanto representación general de lo humano.

Un sujeto que se auto constituye en medida de todas las cosas para clasificar seres agrupables en especies (desde esas particularidades que los dejan en riesgo de transformarse en meros recursos cosificados), de aquellos que portan grados deferenciales de importancia en función del cuantum de “alma” humanizante que pudieran poseer según el modelo desde el cual son sub clasificados.

Es así que cabría preguntarse ¿qué definición hegemónica de lo humano se naturaliza como universal también desde el Patriarcado, en la medida que diferencias desigualantes contenidos en dicotomías como hombre-mujer, razón-emoción, masculino-femenino, civilizado-salvaje, cultura-naturaleza, sujeto-objeto, persona-cosa, organismo-máquina, determinan una jerarquización de formas de vida a través de un sofisticado control social, que dictamina quien ocupa una legítima posición humana (es decir quien no es clasificable en ninguna especie particular por ser sujeto de la enunciación), y quien será “animalizado” aún siendo homo sapiens?

Y por eso mismo entonces, ¿en qué registro de opresión, discriminación y violencia opera la diferencia naturalizada humano-animal, tanto sobre aquellos cuerpos despojados de toda chance de poseer un alma dignificante (sólo traducible en clave humana) como son los demás animales, así como sobre aquellos considerados “infra” o “sub” humanos?

Si la mujer, el negro, el judío, el extranjero, el homosexual, el indio, el discapacitado, el loco, el pobre, el delincuente, etc. son “lo otro” de “lo uno”, es decir aquel “resto” o “carencia” representada por lo que lo humano hegemónico “no es”, ¿en qué nivel de alteridad y reconocimiento ético queda la representación de lo animal, si tomamos en cuenta la naturalización de la caza, la apología del consumo de carne de otros animales, la industrialización intensivamente torturante e infernal de cuerpos sintientes, el cautiverio, el toreo, el maltrato, la jineteada, el abandono, la utilización como recurso disponible para ser usado como juguete o en competencias, experimentación de productos, tracción, entretenimiento, encierro perpetuo, esclavitud, etc.?

¿Resultará ética y políticamente suficiente la categoría de lo humano al definirse en base a un modelo ideal que históricamente ha excluido de tal categoría a muchos otros cuerpos animales sintientes e inteligentes, entre ellos sapiens?

Por otra parte ¿cómo afecta todo esto a quienes parecen encarnar ese modelo ideal condicionado no sólo por cuestiones de clase, geopolíticas y socio-económicas, sino también de género, en tanto que como sujeto idealmente masculino debe pensarse como ese modelo abstracto que enuncia lo humano, y que por tanto no puede pertenecer a ninguna especie particular clasificable?

¿Qué consecuencias negativas para la salud y los vínculos de los hombres socializados en clave masculina hegemónica (y de las demás personas, otros animales y la tierra), puede traer el mandato de ser y lucir como la epítome de la autonomía desencarnada y no particularizada (valiente, proveedor, independiente, interventor, desapegado, etc.) a través del tener que dar pruebas de que en tanto hombre jamás se será un ser con “primitiva” densidad corporal pasible de ser colonizado y “domado”?

El proyecto civilizatorio occidental, moderno, colonial, neo-liberal, individualista y patriarcal ha impuesto la apropiación, expropiación y extractividad de tierras, culturas, sensibilidades y cuerpos, que desde tales cosmovisiones y tratamientos son subalternizados y des-metaforizados como “vidas desnudas” (al decir del filósofo Giorgio Agamben) en clave de género, raza, clase y también de especie, en la medida en que la opresión especista y ecocida puede ser leída como una expresión más de un sistema violentamente globalizado.

En tal sentido es posible que la masculinidad hegemónica, esa manera idealizada y generalizada de pensar lo humano, genere en muchas personas y en particular en hombres cisgénero, distintas formas de congelamiento pétreo en sus vidas sobre todo emocionales y corporales, en tanto se les impone la amputación y aislamiento de sus aspectos más emocionales, afectivos, terrenales, femeninos y animales (más allá de los impulsivos que falsamente se identifican como “bestialmente” instintivos), por tener que encarnar la imagen abstracta y modélica de un ser ideal más cercano a la racionalidad o a la representación deificada, que a la simple experiencia de ser alguien más que es un cuerpo dentro de una especie animal más.

*Ruben Campero es Psicólogo, Sexólogo y Psicoterapeuta. Es además docente y autor de los libros: “Cuerpos, poder y erotismo. Escritos inconvenientes”, “A lo Macho. Sexo, deseo y masculinidad” y “Eróticas Marginales. Género y silencios de lo (a)normal” (Editorial Fin de Siglo). Co-condujo Historias de Piel desde 1997 a 2004 por Del Plata FM y desde 2015 a 2018 por Metrópolis FM y sus programas pueden verse acá. Podés seguirlo por las redes sociales de Historias de Piel o por su canal de YouTube “Ruben Campero”, Facebook, Instagram y Twitter.

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