Historias de piel: Tener la culpa

Por Lic. Ruben Campero*

La culpa sería una asignación de responsabilidad hacia aquel sujeto que actúa por omisión en su capacidad de diligencia sobre el acto que ejecuta. En ese sentido la culpa se relaciona con lo voluntario, con la carga que implica quedar en un lugar proscripto para el orden establecido por el sistema del que se forma parte a raíz de una transgresión. Todo lo cual demandaría un posible juicio valorativo sobre el acto cometido, generando una consecuencia o castigo como forma de responder y de reestablecer un equilibro moral y ético ante lo hecho.

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Es importante diferenciar que cuando una persona se queda con una sensación desagradable de haber perjudicado a alguien, ahí lo que opera es más bien un “sentimiento de culpa” que una culpa efectiva. Y es así porque no se trata de un juicio externo y puesto a la consideración de varios, sino que en principio es una consideración singular y subjetiva del individuo. Una interpretación moral que hace tanto sobre sus actos como sobre sus emociones, fantasías y pensamientos en clave de evaluación y ponderación de sus motivaciones y consecuencias.

El sentimiento de culpa es, entre otras cosas, un aviso o señal del efecto que podría estar generando en otro la irrupción de los impulsos menos elaborados del sujeto. En ese sentido se trata de un regulador de la empatía, en tanto puede llegar a marcar límites a la expresión personal en función de la existencia sensible del otro, generando la posibilidad de ponerse en su lugar. En tanto que el sentimiento de culpa alerta sobre una posible transgresión, manejado de forma dinámica y no rígida, permitiría reconocer los propios errores y reparar el posible daño.

Es de destacar que quienes no sienten suficiente nivel de empatía por el otro, tampoco les es posible experimentar demasiados sentimientos de culpa, producto de lo cual el perjuicio y la manipulación que realizan pueden llegar a cobrar niveles dañinos y peligrosos. De la misma manera que aquel que se torna moralmente rígido, evaluando a cada paso todos y cada uno de los actos propios y del otro, no es necesariamente que esté empatizando, sino que más bien estaría defendiéndose de tomar contacto con sus impulsos y espontaneidad a través de estereotipadas defensas psíquicas

Sin embargo la culpa como acusación y el sentimiento de culpa han sido históricamente utilizados por distintas tecnologías educativas (familiares, escolares, de grupos de pares, laborales, etc.) como un regulador y administrador de los propios deseos, con el fin de generar control social y adaptación pasiva a un determinado orden de cosas. Tal efecto regulador que comienza siendo externo en la infancia, tiende a internalizarse a medida que se va creciendo, haciendo que la persona aprenda a “reprimirse” por sí misma las más de las veces por acatamiento a las prescripciones sociales, a raíz del miedo a ser desconfirmada y no querida por el colectivo social.

Desde este lugar de control, las reacciones displacenteras que suele generar el sentimiento de culpa tales como angustia, tristeza, remordimiento, vergüenza ante los propios deseos, agobio, miedo a dejar de ser aceptado, rabia, rumiación de ideas, etc. suelen facilitar el debilitamiento del sujeto respecto a una autónoma evaluación moral de sí y de la realidad, quedando vulnerable a posibles manipulaciones emocionales de otros significativos, así como de ideologías y movimientos de incitación política, religiosa, etc. que lo tornan infantilmente dependiente de figuras erigidas por una autoridad mágicamente designada, que dicta normas incuestionables a acatar con sus concomitantes castigos a temer.

Cuando esa manipulación que demanda sumisión ante ciertas normas se hace crónica, puede que estimule la irrupción de mecanismos tales como la proyección, haciendo que aquello que se rechaza sentir en el propio ser (y en los considerados “los míos”) es colocado en un otro que por ese motivo resulta estigmatizado y maculado, y que a partir de ahí operará como el enemigo de los así constituidos en “inmaculados”, cargando con el peso de lo que en realidad es “la basura” de los otros.

El sentimiento de culpa también presenta una marcada distribución por sexo y género. Educadas las mujeres en clave femenina para constituirse en sujetos “de otros” por medio de vivirse valoradas y valiosas a partir de ser objeto del deseo y la necesidad del otro, y en tanto constituidas en seres orientados en gran medida a cuidar, los sentimientos hostiles y hasta de autonomía emocional son tempranamente reprimidos y mantenidos a raya por los sentimientos de culpa, lo cual configura una muy eficaz manera de control social sobre las mujeres, en tanto se lo constituye en una aspecto deseable de esa feminidad amorosamente “abnegada”.

En ese sentido muchas mujeres dedican gran parte de su energía psíquica a evaluar sus acciones en pro de no lastimar, de hacer lo que se espera de ellas (al menos públicamente) o de no lucir como sujetos desapegados, algo que sin embargo no siempre logran, pero que aún así lo sostienen a costa de volcar esa hostilidad sobre su propio psiquismo y hasta su cuerpo, obteniendo como resultado enfermedades psico-somáticas, depresión, cansancio crónico y consumo de psicofármacos, entre otras realidades que atentan contra la salud.

En la misma línea y con respecto a la educación que precozmente masculiniza a los así considerados hombres, se debe destacar que esta muchas veces estimula a expresar las impulsiones por medio de los actos, y que de hecho la agresividad e incluso la violencia para defender “lo propio” son ponderadas como cualidades positivas que hacen “al macho”. En ese sentido, las exaltaciones para el pasaje a la acción, así como el despliegue de manifestaciones hostiles, estimula a muchos hombres a no tomar tanto contacto con las emociones, entre ellas aquellas que se juegan en torno a los sentimientos de culpa, haciendo posible la emergencia de formas explícitas de violencia.

*Ruben Campero es Psicólogo y Sexólogo. Es además docente y autor de los libros: “Cuerpos, poder y erotismo. Escritos inconvenientes” , “A lo Macho. Sexo, deseo y masculinidad” y “Eróticas Marginales. Género y silencios de lo (a)normal”  (Editorial Fin de Siglo). Conduce Historias de Piel, programa que se emite martes y jueves a la hora 21.00 en Metrópolis FM, 104.9. Podés escucharlo y además enviar tus opiniones, testimonios y consultas vía twiterfacebook  o Instagram.  Sus programas pueden verse acá.