Historias de piel: Sexo y adolescencia

Por Lic. Ruben Campero

La adolescencia es el período comprendido entre los 10 a los 19 años según la OMS, en el cual la tarea principal sería crecer y elaborar la transición entre la infancia y la adultez, construir una identidad medianamente estable que logre conjugar las nuevas demandas de un cuerpo sexuado (a partir del desarrollo de los caracteres sexuales secundarios), así como la asunción de nuevos roles y expectativas que va teniendo el entorno.

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Por todo esto, se trata de una etapa de crisis, no sólo para el/la adolescente, sino también para su familia, la cual debe procesar el cambio y el crecimiento de es* niñ* que comienza a dejar de serlo, conllevando sentimientos encontrados en todos los actores involucrados.

La adolescencia podría subdividirse en puberal (cuando el foco se encuentra en el cambio corporal por la reactivación hormonal), media (cuando el foco está en la construcción de una identidad) y juvenil (cuando el proyecto vital a nivel vocacional, laboral, afectivo-sexual, etcétera, comienza a tomar otra forma)

La palabra pubertad viene del latín “pubertas” que significa “vello en pubis”, y es conocida popularmente como “el desarrollo”, en donde el énfasis está en los cambios corporales (caracteres sexuales secundarios) y sus consecuencias a nivel psico-social. Dentro de esos cambios se destacan en la mujer, entre otros: el desarrollo de las mamas y los genitales, del vello corporal, ensanchamiento de caderas, producción de glándulas sebáceas, logro de la talla definitiva. Por su parte en el hombre se destacan el aumento de masa muscular, ensanchamiento de la espalda, desarrollo de los genitales, cambio de la voz y talla progresiva.

Uno de los cambios que más impacto tiene a nivel de lo que nuestra sociedad valora como propiamente sexual (en tanto confirma la posibilidad de lo reproductivo) tiene que ver con la menarca (primera menstruación) y semenarca (primera eyaculación).

Los cambios luego de la pubertad (durante la adolescencia media y juvenil) tendrán que ver con seguir creciendo en tamaño (más en los hombres) y especialmente con cambios a nivel psicológico, vincular y social.

Los prejuicios y mitos que en Occidente se tiene sobre la sexualidad indican que la misma comenzaría cuando se activan las condiciones biológicas como para poder reproducirse. Por esta razón es que socialmente se cree de manera errónea que recién con la pubertad comenzaría la sexualidad (como si niños y niñas no tuvieran sexualidad en clave erótica) y que recién en ese momento se haría necesario abordar temáticas vinculadas con la educación sexual (como si antes no se hubiera realizado educación sexual, aunque haya sido a través de lo que no se decía y de las actitudes que se tenían hacia la sexualidad y la vida en general que el/la niñ* iba “mamando” inadvertidamente)

En tanto el cuerpo adolescente pasa a poseer la capacidad de reproducirse, además de desarrollar aspectos afectivos y cognitivos que le van permitiendo cuestionar su entorno, los diferentes aparatos de control y regulación social (estado, religión, sistema educativo, sistema judicial-penal, familia, etc.) las más de las veces comienzan a disparar mensaje pretendidamente preventivos a nivel sexual, que no dejan de constituirse en amenazas hacia l*s adolescentes en relación a los riesgos y perjuicios que pueden encontrar en el ejercicio genital de la sexualidad, en lugar de ofrecerse como acompañamientos para que cada chico y chica pueda ir conociendo y eligiendo de manera libre y responsable cuando, qué, cómo y cuales movimientos realizar con su erotismo.

La importancia de los límites para la “expansión” omnipotente que se suele expresar en esta etapa (producto de la necesidad de demostrar actitudes autónomas y adultas que indiquen que se “dejó atrás” la dependiente infancia) resulta un elemento central en la educación de adolescentes, en tanto se plantea como un aspecto de cuidado y contención adulta hacia ellos y ellas. Sin embargo muchas veces estos límites no logran ser negociados con el/la adolescente (porque no se puede o no se saben plantear) o de lo contrario son impuestos de forma tal que seguirían indicando más bien una actitud de control y no de acompañamiento (y por tanto de no saber bien que hacer) que el mundo adulto tiene para con los/as adolescentes.

No olvidemos además que vivimos un momento cultural de “adolescentización” de la sociedad, en tanto el ideal planteado por los medios de comunicación, la estética, el lenguaje, las actitudes “de moda”, etc. indicarían que la identidad y el cuerpo vistos como ideal para todas las personas sería el juvenil y adolescente, en claro repudio a todo lo que “madura” o más bien “envejece”. Esto estimularía la emergencia de actitudes volátiles y ambivalentes en muchas personas adultas, que evidentemente dejan a los y las adolescentes sin referencias identificatorias con las cuales y en contra de las cuales poder ir construyendo la propia posición en el mundo.

Decíamos que en la adolescencia el cuerpo y la identidad que cambian son un punto central dentro de la conflictiva a elaborar, así como también la familia, que antes oficiaba como mundo inmediato, en esta etapa comienza a pasar a un segundo plano, ya que el mundo exterior y los pares toman mayor protagonismo como insumos para el desarrollo de modelos de conducta y formas de circular por la vida. En ese sentido, la Psicología clásicamente ha tomado la idea que en esta etapa deberían procesarse tres duelos básicos a partir de tres pérdidas básicas. Dichas pérdidas serían por el cuerpo de la infancia (pequeño y sin las pulsiones propias del desarrollo hormonal), por la identidad de la infancia (dependiente y heterónoma) y por las figuras parentales de la infancia (presencias idealizadas que regulaban e imponían lo que estaba bien y lo que estaba mal)

Sin embargo y tomando en cuenta lo que planteaban Di Segni y Obiols (1), la idealización que se realiza sobre el cuerpo joven como modelo deseable para todo el mundo, así como la actitudes consideradas “infantiles” (bajo control de impulsos, narcisismo, no tolerancia a la frustración, inmediatismos, competencia egoísta, “berrinches”, etc.) parecen haberse convertido en manifestaciones comunes en muchas personas adultas, y que sobre todo la televisión plantea como conductas “esperables” al ser desplegadas por personajes del mundo del espectáculo que influyen tanto como modelos identificatorios como en la formación de opinión. Por todo ello es posible que los y las adolecentes no vivan tanto el conflicto en función de una “perdida” de un cuerpo infantil, en la medida en que “ganan” el cuerpo que todas las personas supuestamente desean tener. A su vez puede que no se estén perdiendo figuras parentales demasiado “adultas”, ya que es muy probable que ese/a adolescente haya transitado por una infancia con padres, madres y/o figuras de cuidados primarios desorientadas, dudosas de su autoridad parental e “infantilmente” poco sólidas.

En tanto el colectivo adolescente se ha convertido en un redituable segmento de mercado, hace ya mucho tiempo que tienen sus propias telenovelas, además de su clásica música y atuendos, en las cuales y desde la cuales se le venden no sólo productos sino también modalidades de resolución de conflictos, formas de relacionarse con persona de su misma y más edad, así como actitudes y maneras de comportarse sexualmente.

Considerar a los y las adolescentes como personas que aún se encuentran en proceso de crecimiento y que por tanto requieren de un acompañamiento adulto cercano que deberá ir debilitándose progresivamente, es algo que debería seguir poniéndose sobre la mesa, con el objetivo que no sea diluido en los discursos actuales de libertad que son producidos desde mensajes morales y moralizantes que propone el mercado con sus íconos y eslóganes, casi en una suerte de sustitución de la presencia pedagógica y axiológica que tradicionalmente ha venido ejerciendo la familia y el sistema educativo formal.

Seguir debatiendo sobre la situación de los y las adolescentes en relación a muchos temas, y entre ellos la sexualidad, requeriría no seguir sosteniendo un discurso alarmista o derrotista, que las más de las veces lleva a abandonos o represiones que provocan a su vez más soledad en los chicos y chicas.

La sexualidad adolescente no se resume a una preocupación adulta por el “riesgo” de embarazo precoz o de alguna infección de transmisión sexual, sino que se trata de todo un espectro bien variado y singular de formas de manifestarse en cada uno/a de los/as adolescentes, en torno a ansiedades, presiones sociales, temores, descubrimientos, mandatos, ensayos de autonomía, experimentación de placer, etc. que no sólo involucran las actividades genitales propiamente dichas, ni las relaciones coitales vaginales entre hombre y mujer.

En ese sentido cabe destacar que la adolescencia no es una colectivo homogéneo del cual se puedan extraer características fácilmente predecibles y controlables, sino que el ser adolescente va a tener su propia particularidad de acuerdo a la posición social y económica, el género, el origen étnico-racial, la orientación sexual, la procedencia, la identidad género, el contexto familiar, etc. y que requerirá por tanto de formas particulares de pensar y acompañar cada adolescencia específica y su sexualidad, para que en definitiva no sea vista exclusivamente a través de una mirada de clase media, blanca y heterosexual, entre otras variables.

 

Ruben Campero es Psicólogo y Sexólogo. Conduce Historias de Piel, programa que va todos los domingos a la hora 21.30 en Metrópolis FM, 104.9. Podés escucharlo y además enviar tus opiniones, testimonios y consultas vía twiter, mensaje de texto (SMS al 1049, con la palabra piel, espacio y luego se escribe), de facebook, o correo electrónico ([email protected]).

 

(1) Obiols, G. y Di Segni, S. (1993) Adolescencia, Posmodernidad y Escuela Secundaria. Kapluz, Bs. As.

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