Historias de piel: Mujeres al borde de un ataque de consciencia

Por Lic. Ruben Campero*

La salud sexual y reproductiva implicaría un dinámico estado que apunta al bienestar físico, psíquico y social en relación tanto a la posibilidad de disfrutar de los aspectos eróticos de la sexualidad sin imposiciones ni prejuicios limitantes, como a la capacidad de decidir libre y autónomamente respecto a si se desea procrear o no. Evidentemente que esta concepción de salud sexual va más allá de la ausencia de enfermedad, en tanto plantea una manera de ser y estar en el mundo ejerciendo la ciudadanía, así como los Derechos Humanos vinculados también con lo erótico y lo reproductivo.

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Lo sexual en general ha sido un punto histórico de reivindicación de derechos de los movimientos de mujeres en torno a la autonomía sobre el propio cuerpo, al placer, a la toma de decisiones reproductivas, a considerar la heterosexualidad coitocéntrica como una opción más (y no obligatoria), a la masturbación, al orgasmo, etc. La revolución sexual de los 60, por su parte, cuestionó una de las grandes opresiones sobre las mujeres: la dicotomía entre mujer buena, madre y asexuada vs mujer mala, puta y abyecta por pretender gozar genitalmente del sexo.

Si bien mucho de esto ha sido superado, aún se cataloga de “inmaduras” a las mujeres que no eligen el coito vaginal como práctica sistemática, a las que no llegan al orgasmo a través de la misma, a las que no se vinculan con compañeros sexuales hombres, a las que están con muchos compañeros sexuales hombres, a las que tienen pene y se “pretenden” mujeres (y “encima” sin extirparlo de sus anatomías), a las que tienen relaciones sexuales sin enamorarse o establecer vínculos de intimidad, etc.

Aún se las culpabiliza cuando son violadas, desde el entendido que “han provocado” con sus vestimentas o por andar “solas” en la vía pública (aunque estén acompañadas por otras mujeres). Y aún se las sigue educando principalmente a partir de las narrativas del amor romántico, de forma tal de dificultarles el contacto emocional con los propios deseos sexuales más allá de como estos sean juzgados por otros.

A diferencia de ellas, a los hombres se los ha educado desde la pornografía para generarles una genitalidad desapegada y compulsiva, pero que a la luz de las concepciones hegemónicas luce “poderosa” en tanto que autónoma. Aspecto este que reinstitucionaliza el coito como el acto sexual por excelencia, desalentando en muchas mujeres la posibilidad de explorar en sus deseo y en los cuerpos sobre todo de sus hombres, en la medida en que la obligatoriedad del coito se impondría cuan mandato ante la aparición de la erección. Si una mujer desea apropiarse del erotismo a su manera, pero siente que sólo puede “adaptarse” a las prerrogativas coitocéntricas, es posible que más o menos conscientemente no encuentre otra opción que apelar al estereotipado “hoy no, me duele la cabeza” cada vez que llega de noche a la cama.

Paralelamente se habría institucionalizado el mandato de gozar y dejar atrás los viejos cánones represores de la típica sexualidad femenina, en gran medida a instancias de un mercado neoliberal que hace pasar exaltación por libertad sexual, para vender así los productos a ella asociados. Se dice que hay que ser “una dama en la sala y una puta en la cama”, cargando a las mujeres con la obligación de lucir cuan exitosas trabajadoras e inmejorables madres, así como sexualmente felices, gozosas, multiorgásmicas y producidas desde obsesivas lógicas de show erótico. Cuando en realidad muchas veces siguen sujetas a la sumatoria de expectativas sociales que las induce a cumplir con criterios estéticos desde los cuales ser erótica significa ser una mujer “elegible” (por un hombre).

Tal vez para muchas estar “al borde de un ataque de nervios”, parafraseando el título de la célebre película de Almodóvar de finales de los 80, no sea efecto del descontrol que les “imponen” sus hormonas, tal y como misóginamente se construyen gran parte de los estereotipos femeninos. Tal vez esos nervios tampoco sean producto de lo “mal atendidas” que están por los hombres, como se suele escuchar muy a menudo desde ese imaginario falocéntrico que impone al pene como la medicina “correctiva” y “tranquilizadora” por excelencia.

Tal vez el desborde remita a ese lugar común en las narrativas femeninas relacionado con el estar “harta”, que a más de una la ha llevado al borde de la desesperación, aunque también a verdaderos ataques de consciencia sobre la propia situación de género. Un hartazgo desde el cual muchas hacen el intento de dejar de estar “satisfactoriamente colmadas” como mujer al sentirse “repletas” de contenidos siempre de otros, los cuales les confirman su “carencia” al atiborrarlas tanto de demandas feminizantes como de asistencialismos paternalistas justificados por su supuesta dificultad para “poder solas”.

Hartas de una sumisión que les impide dejar de pensar todo el tiempo en lo que otros sienten, piensan y quieren (o les pueden llegar a hacer), dificultándoseles el tomar contacto con sí mismas. Hartas de tener siempre que apelar a modalidades sinuosas, sustitutivas y disimuladas para expresar la propia e inteligente forma de ser y estar en el mundo, e incluso de manifestar un poder políticamente inadvertido que también ejercen en los vínculos (y que a veces hasta puede devenir en una violencia difícil de concebir desde el estereotipo femenino), sobre todo en los que se ejercen funciones de cuidado a través de hijos y parejas.

Un hartazgo que las desborda por no saber aún como poner límites a los imperativos patriarcales que actúan desde ellas mismas y quienes las rodean. Esos imperativos que apuntan a neutralizar nuevas y posibles eróticas sobre lo femenino, las mismas que a través de su emergencia le podrían ayudar a construirse más allá de la imagen de la crispida mujer desbordada.

Extracto del libro “ERÓTICAS MARGINALES. GÉNERO Y SILENCIOS DE LO (A)NORMAL” de Ruben Campero. 2018, Ed. Fin de Siglo.

*Ruben Campero es Psicólogo y Sexólogo. Es además docente y autor de los libros: “Cuerpos, poder y erotismo. Escritos inconvenientes” , “A lo Macho. Sexo, deseo y masculinidad” y “Eróticas Marginales. Género y silencios de lo (a)normal”  (Editorial Fin de Siglo). Conduce Historias de Piel, programa que se emite martes y jueves a la hora 21.00 en Metrópolis FM, 104.9. Podés escucharlo y además enviar tus opiniones, testimonios y consultas vía twiterfacebook  o Instagram.  Sus programas pueden verse acá.