Historias de piel: Ponerse en el lugar el otro

por Lic. Ruben Campero*

Resonar afectivamente con lo que le pasa a alguien, experimentar la empatía de poder captar o imaginar lo que otra persona está sintiendo con lo que le pasa. Ese ponerse en el lugar del otro, no sólo es un logro evolutivo, sino también uno vincular y ético. Algo que surge o habilita la posibilidad de identificación con el otro, a partir de lo cual este deja de ser un extraño, es decir un ser constituido por la extranjería y la distancia (que puede traer no sólo el rechazo, sino también la apatía y la indiferencia), para transformarse en un “prójimo” a raíz de su sentida proximidad emocional.

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La empatía responde a la acción específica de ciertas neuronas llamadas espejo, que tienen la función primaria de permitir imitar y reconocer a través de esa imitación distintas actitudes y emociones que provienen de los estímulos que aporta el otro. Esta suerte de identificación más espontánea, muchas veces se ve empañada por prejuicios sobre lo que creo que el otro es, al no detenerme a conocerlo más cercana o íntimamente, provocando que la empatía sólo se genere con los que ya son “los míos”, y que justifique o naturalice cierta inmoral ignorancia de la realidad emocional de ese otro con el cual creo que no tengo nada en común.

Por eso empatizar no implica sólo salirse de mirar el propio ombligo y “espontáneamente” “con-moverse” con la realidad de alguien que no soy yo, sino que también requiere un trabajo personal en relación a como vivo (más o menos prejuiciosamente) las diferencias del otro, en intento de salir de mi zona de confort generada por la confirmación que trae interactuar sólo con “los míos” (los que se me parecen), y permitir que la interpelación que me provocan las diferencias del otro no me hagan tomar distancia, sino que por el contrario me induzcan a indagar en esas diferencias para buscar aquellos puntos de familiaridad que me permitan empatizar.

Tal vez esto último sea una manera más sincera y efectiva de intentar vincularse con los demás que no son quienes están dentro de mi círculo de “cercanos”, sobre todo para no caer en el discurso políticamente correcto que sólo puede estimular actitudes falsas que a los sumo podrán aspirar a la tolerancia de las diferencias, más jamás a una real interconexión con lo distinto para que ese encuentro sea realmente rico y transformador. Considerando que si busco vincularme con quienes siempre previamente “re-conozco”, es posible que poco de la novedad creativa se pueda realmente jugar.

Vibrar afectivamente con alguien se torna más complejo cuanto más ajena me resulta la realidad de ese alguien, ya que esa situación me demanda un esfuerzo no sólo de compresión de dichas diferencias, sino también un movimiento interno de ampliación de mis posibilidades de poder contactar con un espectro más amplio de la diversidad. En ese sentido la capacidad de solidarizarse, de dejarse afectar por las distintas realidades y de hacer el esfuerzo de intentar imaginar como se ve el mundo desde las perspectiva de la otra persona, permite que se pueda desplegar también cierta capacidad para prestar atención al otro, y ya no sólo asistirlo en el sentido de suministrarle recursos si así lo demandara, sino más bien cuidar, sintonizar con lo que el otro realmente pueda estar necesitando y con lo que yo realmente le puedo en ese momento brindar.

En una época de individualismo exitista como sinónimo de felicidad que la sociedad de consumo plantea como única opción de realización existencial, la empatía se torna un aspecto complejo a la hora de dejarla actuar a nivel de los vínculos. Sobre todo porque la empatía no tiene que ver con la mera simpatía, ni mucho menos con la condescendencia o la lástima, la compasión, la caridad o incluso con el altruismo pensado más como un valor moral. La empatía tendría que ver con una posibilidad individual de sentir cuando se está con alguien y ante alguien, en pro de establecer un contacto que realmente pueda afectar (nos), para que surja algo novedoso de esa proximidad entre sujetos, lo cual permita finalmente “domesticar(nos)” como decía el zorro en “El Principito” esa genial y paradigmática obra de Saint-Exupéry.

Una empatía que no sólo se desarrolla con otros humanos y sus desafiantes diferencias, sino también con los animales no humanos y con la tierra. Es importante reflexionar si el hecho de cazar, mantener atado y abandonado en una azotea toda la vida a un ser sintiente, divertirse con espectáculos en donde distintos animales no humanos han sido torturados para que sus acciones nos hagan reír. Pensar también sobre si el ir a ver seres que permanecen toda su vida en un cárcel de exhibición para que puedan ser mirados como “cosas” exóticas, o incluso ignorar el indefinible infierno que cotidianamente viven los animales no humanos en los mataderos sólo porque nos gusta el sabor de las distintas carnes. Pensar por tanto si todo eso no es acaso falta de empatía con las situaciones de sitiencia de muchos seres, que por no ser humanos no necesariamente dejan de experimentar dolor, angustia y terror ante el maltrato, la tortura y el asesinato.

De la misma manera el tratamiento que hacemos hacia la tierra y los ecosistemas puede que esté hablando de una dificultad importante de empatía que genéricamente estamos padeciendo, no sólo hacia la tierra y hacia los seres no humanos que en ella habitan, sino también hacia nuestra propia especie, considerando que si resonamos con la sitiencia también de este planeta que nos ha sido sólo concedido sólo en calidad de préstamo (ya que las generaciones siguiente también tienen el derecho a seguir usándolo en clave de calidad y habitabilidad), irremediablemente iremos camino a la extinción, algo que finalmente nos dejaría muy mal parados como especie, ya que se supone que la empatía ha sido un logro evolutivo que le permitió al homo sapiens desarrollar todo lo que hasta ahora parece haber desarrollado.

*Ruben Campero es Psicólogo, Sexólogo y Psicoterapeuta. Es además docente y autor de los libros: “Cuerpos, poder y erotismo. Escritos inconvenientes”, “A lo Macho. Sexo, deseo y masculinidad” y “Eróticas Marginales. Género y silencios de lo (a)normal” (Editorial Fin de Siglo). Condujo Historias de Piel desde 1997 a 2004 por Del Plata FM y desde 2015 a 2018 por Metrópolis FM y sus programas pueden verse acá. Podés seguirlo por las redes sociales de Historias de Piel o por su canal de YouTube “Ruben Campero”, Facebook, Instagram y Twitter.