Historias de piel: Entre la gata y la mojigata

por Lic. Ruben Campero*

Mirarse en un espejo no es meramente reflectar la propia imagen, poder ver la forma y aspecto que tenemos. Mirarse en un espejo tiene muchas veces un peso más bien de control sobre eso que debemos ser en función de los mandatos contenidos en categoría estéticas, sexuales, de género, etc. supuestamente universales, en base a las cuales leemos y construimos la imagen que nos representamos desde el reflejo.

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Y esto lo saben o intuyen muy bien las mujeres cisgénero que se vinculan afectiva y eróticamente más en general con hombres también cisgénero, quienes aprenden desde niñas a monitorear lo que comunican de sí en clave de belleza, atractivo físico y represión de la auto afirmación o agresividad, como condición para ser aceptadas y queridas. Y que ya de adultas incorporan de manera automática la auto vigilancia respecto de no lucir ni demasiado “experimentadas” sexualmente (“provocadora”, “puta” o “gata” en lenguaje misógino) ni demasiado mojigatas en tanto que neutralizadoras de toda corriente erótica.

En mujeres jóvenes de ciertos sectores sociales y durante las últimas décadas, se ha venido aceptando socialmente que manifiesten sus deseos sexuales de forma pública, de modo más o menos similar a como históricamente lo han hecho los hombres, sin que ello reporte mayor grado de reprobación o censura. De hecho esto es estimulado como un signo de autodeterminación, lo cual si bien lo puede ser y de hecho lo es, no deja de estar en tensión con la sospecha de que la posibilidad de “liberarse sexualmente” venga sólo desde un estilo típicamente “masculino” en términos hegemónicos, o de que la mujer que “encara” sexualmente a hombres sin tapujos no siga siendo en el fondo vista como un mero fetiche, es decir sin politizar lo que implica desde el Patriarcado que una mujer “no maquille” lo que dice querer en el terreno sexual (sobre todo con hombres).

Cuando una mujer que sale por primera vez con un hombre se pregunta sobre la conveniencia de tener relaciones sexuales en esa primera salida, o sobre si tener tal o cual práctica sexual, por temor a no ser “tomada en serio”. Cuando una mujer se “desboca” sólo cuando está alcoholizada, avergonzándose al día siguiente sobre todo de sus comportamientos sexuales, reforzando tales sentimientos culpógenos con el miedo de que alguien la haya fotografiado y filmado sin su consentimiento. Cuando una mujer casada que dice no tener deseo sexual se da cuenta que en realidad querría tener algún contacto erótico al llegar la hora de dormir, pero sabe que si lo intenta se deberá someter a la ley del dueño de esa cama que vía erección dictamina únicamente la penetración.

Cuando una mujer se enfrenta a esa vaga o muy consciente “vergüenza” de reconocer lo que quiere hacer al tener relaciones sexuales, pero lo suaviza ante sus amigas, su pareja o la persona con la que va a tener un contacto sexual. Cuando una mujer sólo se enfoca en “hacerle el show erótico” al hombre, ya que aprendió que su placer pasa casi que exclusivamente por ser deseada. Cuando una mujer vigila su desenfado en una reunión de compañeros de trabajo por temor a ser “mal interpretada”, y tener luego que frenar el “avance” de algún/os compañero/s que se “confunde” y desubica con facilidad. Cuando una mujer sabe que si no se muestra ni comporta de modo explícitamente sexualizado, con facilidad podrá ser suplantada por otra que ofrezca mayor facilidad de acceso a su cuerpo en el mercado de las apps.

Cuando estas y muchas otras situaciones les ocurren las mujeres, la ambivalencia histórica de la puta y la madre aún continúa hostigando las formas de subjetivación que fabrican modos hegemónicos de construirse y auto percibirse como femenina. Condicionando sus expresiones y consumiendo altas dosis de energía a la hora de calcular y vigilar que es lo que otros están viendo e interpretando de sus acciones a nivel estético y sexual.

Transformando así a ese espejo en el que se miran todos los días, ya no en una superficie de reflejo, sino en un terreno de tensiones y fuerzas que otorgan sentido y dignidad sobre lo que se supone es y “vale” una mujer, si y sólo si puede ser legible a través del estar de nuevo enclaustrada en una escala de reconocimiento social que va de la gata a la mojigata, y que paradojalmente se le presenta como opciones de “libertad”.

*Ruben Campero es Psicólogo, Sexólogo y Psicoterapeuta. Es además docente y autor de los libros: “Cuerpos, poder y erotismo. Escritos inconvenientes”, “A lo Macho. Sexo, deseo y masculinidad” y “Eróticas Marginales. Género y silencios de lo (a)normal” (Editorial Fin de Siglo). Codujo Historias de Piel desde 1997 a 2004 por Del Plata FM y desde 2015 a 2018 por Metrópolis FM y sus programas pueden verse acá. Podés seguirlo por las redes sociales de Historias de Piel o por su canal de YouTube “Ruben Campero”, Facebook, Instagram y Twitter.

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