Historias de Piel: Deseo, excitación y juegos “previos”

Lic. Ruben Campero*

Las maneras de experimentar placer sexual son muy variadas. Ellas forman parte de una diversidad de posibilidades, siempre expandibles y explorables en función de nuestra creatividad y sincera disposición para hacerlo. Dicha exploración puede que nos lleve por sendas sinuosas y agridulces, las cuales valdrá la pena transitar si nos mantiene viva la esperanza de alcanzar el idealizado éxtasis. Esto sería posible si nos animamos a tomar contacto con algunas profundidades de nuestros deseos, así como también con la complejidad de los vínculos y personas con las que contactamos.

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En nuestras relaciones eróticas las más de las veces no sólo buscamos sentir placer sexual como algo meramente físico e individual. También solemos exponernos a vivencias placenteras producto de la experimentación de intimidad con otro. Un otro que por su alteridad siempre se nos presenta como “diferente”, y desde cuya diferencia nos incentiva a escudriñar en el misterio que ella entraña, o a huir aterrorizados/as de la misma cuando no podemos tolerarla.

Pero a su vez buscamos otro tipo de placer. Ese que se genera al constatar que seducimos, y que se nos acepta y desea, logrando así recibir caricias sobre nuestra autoestima. Obviamente que este placer (llamado “narcisista” por el Psicoanálisis) también se expresa de manera extrema cuando se actúa sin considerar las necesidades singulares y sexuales del otro.

En muchos casos el placer puede ser motivado por situaciones en las que se la satisfacción viene sobre todo cuando se capta que el otro está gozando con la estimulación sexual que le regalamos. En general en esos casos, el placer se dispara por la importancia que esa persona tiene para nosotros (por eso nos gusta que disfrute), pero también puede provenir (lo cual lo constituye estrictamente en placer narcisista) meramente de constatar lo deseable y valiosos que somos para ese otro a partir de nuestra “habilidad” sexual para hacerlo gozar.

Evidentemente que nuestros vínculos en general y sexuales en particular, siempre van a estar marcados por una tensión y ambivalencia entre el considerar y valorar al otro y su diferencia (lo cual nos genera sentimientos encontrados), y la desestimación, descalificación o desmentida de dicha diferencia a través de un mecanismo psicológico narcisista. Un mecanismo que niega la alteridad, ya sea a través del desapego para con el otro como única forma de lograr placer, o a través del pegoteo con el mismo en un éxtasis indiferenciado que suele confundirse con “amor” o “conexión profunda”

Esta tendencia emocional a buscar aprobación del otro con el fin de obtener reconocimiento como sujetos queribles y válidos dentro de una sociedad, es la que también nos induce a acatar e incorporar una serie de mandatos que indican de qué manera, con qué partes del cuerpo y con qué personas se deben mantener relaciones sexuales.

Mandatos que garantizan el control social al imponer un único modelo sexual “normalizado”, ese que se hace carne a través de la educación formal e informal, provocando que al final sea sentido como algo “natural” de nuestra propia afectividad y erotismo. Con ello se lograría evitar cualquier movimiento por fuera de los límites de la zona de confort anestésicamente adaptada a las normas sociales hegemónicas, zona en la que nos acostumbramos a vivir.

Dicho movimiento más allá de “lo permitido”, nos llevaría a una ampliación creativa de las versiones sobre lo que creemos ser y desear. Aún así, preferiremos evitar corrernos de “lo esperable” por temor al rechazo de la sociedad y a la pérdida del amor de quienes nos importan.

Por todo esto es que hemos aceptado como universal un modelo sexual y de género que en realidad es particular y minoritario, pero de una “minoría” que concentra mucho poder político y económico a nivel mundial, ya que la moral sexual que solemos manejar es la los hombres blancos, heterosexuales, de clase media-alta, judeo-cristianos, primermundistas, urbanos y propietarios.

Es por ello que aprendemos a ver y vivir la sexualidad como sinónimo de una actividad exclusivamente genital-coital-vaginal sólo entre dos personas (un hombre masculino y una mujer femenina, con roles sexuales “acordes” a dichos atributos de género en función de lo “activo” y “`pasivo”), la cual deberá culminar en orgasmo (por lo menos para el hombre a través de la eyaculación) y siempre conteniendo la potencialidad reproductiva.

Desde una imposición que se hace pasar por natural, ese modelo sexual elabora lo que debe ser visto como lo “esperable” y “maduro”, confinando a todas las demás actividades sexuales (y a las personas que las practican) a una especie de infantilidad e inmadurez, o incluso de (per) versión patológica, por considerar que se aparta de lo que se supone se debería sentir y hacer a nivel sexual.

Este control social y sexual no se realiza desde ningún lugar ni persona concreta que encarne una supuesta autoridad objetivamente opresora. Es a través de las interacciones cotidianas de las personas, que se produce un intercambio constante de mensajes y valores, a través de los cuales nos recordamos mutuamente como es que se debe actuar para lucir “normal”, así como qué castigos deberá recibir quien se salga de la línea de ensamblado de cerebros. Tal vez por ello la frase “todos/as nos vigilamos, para que nadie haga lo que todos/as querríamos hacer”, tenga algo de cierto.

Si tomamos en cuenta que las expresiones populares para llamar a una relación sexual van en la línea de “ponerla”, “ensartar”, “garchar”, “coger”, “plantar el boniato”, etc., resultará evidente porqué los llamados “juegos previos” serán vistos prejuiciosamente como una serie de prácticas sexuales que no “estarían a la altura” de lo realmente sexual.

Según esto, ellos representaría un “como sí” en tanto que “juegos”. Algo que no sería del todo “verdadero”, razón por la cual pasaría a ocupar el lugar de un “entremés” que tan sólo prepara la sensibilidad para el “plato principal” (e “importante”), representado por una relación sexual “en serio”, es decir el coito vaginal entre un hombre y una mujer.

Tanto los besos, sexo oral, abrazos, caricias, estimulación manual de los genitales, e incluso la propia masturbación en solitario o frente a alguien, no poseen el estatuto (la menos “completo”) de “relación sexual”. Esto sería así ya que para los fines del disciplinamiento social, una actividad sexual “correcta” y “completa” debe ser concebida no sólo coitalmente, sino también como una secuencia estereotipada de actos que marcarán a los participantes los tiempos, roles y guiones de lo que “deben” hacer en función de sus cuerpos sexuados y de sus identidades de género.

Un mecanismo de control social muy eficaz, ya que las personas terminamos creyendo que los cuerpos considerados en función de la categoría mujer u hombre, están “naturalmente” diseñados para realizar determinadas prácticas sexuales y no otras. En ese sentido la frase “él sí que rinde como un hombre en la cama”, revela con dramática claridad cómo le exigimos a los cuerpos pruebas sobre su adaptación a las exigencias sociales y sexuales para que sean vistos como hombres o mujeres. Finalmente esto nos revela que lo que hacemos y nos gusta sexualmente (eso que creemos tan íntimo, personal y alejado de la influencia de las normativas sociales) resultaría ser muchas veces también un test de adecuación a la masculinidad y la feminidad exigido por la cultura heteronormativa.

Por ello, esos mandatos y guiones les dicen al hombre que debe usar sexualmente el pene siempre en estado de erección para penetrar, y a la mujer la vagina para ser penetrada. Desde ahí se logra también “mapear” y “territorializar” políticamente los cuerpos, al decretar cuales son las zonas sexuales y no sexuales que deberán ser tratadas y estimuladas como tal. Condenando nuevamente a aquellas personas que no priorizan, o directamente no les interesa usar las decretadas zonas y prácticas “verdaderamente” sexuales, al terreno de la inmadurez, la disfunción o la patología.

Descalificar las prácticas sexuales no coitales constituiría una estrategia social que utiliza una práctica sexual placentera como es la penetración (en este caso tanto vaginal como anal), a la manera de un instrumento simbólico de dominación y de estatus.

Es por ello que ha sido valorado por tanto tiempo la llamada virginidad en una mujer, en tanto el no haber sido aún penetrada por un pene, convertiría a dicha mujer en un “objeto valioso” por no tener aún uso y por no haber sido aún reclamada como propiedad por ningún hombre. Por lo mismo, el ritual machista y abusador de llevar a un niño-púber a “debutar” con una trabajadora sexual, indicaría que la penetración vaginal,se constituye también en una práctica que aporta un valor de adultez masculina a ese pene y a su varonil portador.

En ese sentido si el coito es la “verdadera” y “adulta” relación sexual, y si desde él se construyen sentidos relacionados con la colonización, humillación y sometimiento de quienes son penetradas/os (pensemos en las descalificaciones homofóbicas que se realizan sobre el ano de los hombres), parecería ser que el coito dejaría de ser sólo una inocente práctica sexual más, para convertirse en un instrumento de control social heteropatriarcal.

Por eso, para “medir” la dimensión social y eficacia política que el coito posee, quedémonos pensando en porqué reconocemos frases del folklore popular tales como las siguientes: “las mujeres son como las chapas, hay que clavarlas para que no se vuelen”, “A esta le hace falta una buena porque anda muy nerviosa”, “me están cogiendo con la cuota del banco”, “dos mujeres juntas ¿qué pueden hacer en la cama?”, “por atrás nunca, yo soy macho”, “con lo que le dije le metí un dedo en el culo”, “él me hizo mujer”, “andá a hacerte dar”, “el jefe me tuvo sentado todo la tarde”, “en una relación entre dos hombre ¿quién hace de mujer?”, “es todo un macho, enseguida la dejó embarazada”.

*Ruben Campero es Psicólogo, Sexólogo y Psicoterapeuta. Es además docente y autor de los libros: “Cuerpos, poder y erotismo. Escritos inconvenientes”, “A lo Macho. Sexo, deseo y masculinidad” y “Eróticas Marginales. Género y silencios de lo (a)normal” (Editorial Fin de Siglo). Codujo Historias de Piel desde 1997 a 2004 por Del Plata FM y desde 2015 a 2018 por Metrópolis FM y sus programas pueden verse acá. Podés seguirlo por las redes sociales de Historias de Piel o por su canal de YouTube “Ruben Campero”, Facebook, Instagram y Twitter.

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