Historias de piel: ¿Las partes del cuerpo tienen objetivos propios?

Por Lic. Ruben Campero

“La única relación sexual antinatural
es aquella imposible de ser realizada”
Alfred Kinsey

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En general el automatismo que surge cuando pensamos en una relación sexual remite a una penetración vaginal. Más allá del reduccionismo heterosexual y reproductivo que esto supone, podríamos preguntarnos si el hecho de considerar a los genitales como la zona consagrada para el placer responde a un hecho meramente biológico (terminaciones nerviosas, caudal sanguíneo).

El cuerpo como entidad material no es un mero hecho biológico o anatómico. Lo que el cuerpo “es”, no es más que la concepción que cada cultura tenga de eso que llama cuerpo, lo cual determina la forma de vivirlo y experimentarlo (obviamente también en lo erótico).

En ese sentido, no es igual la forma en que una mujer vive su cuerpo (y lo que dice su cultura de lo que su cuerpo es, y para que y como debe ser usado) ya sea si es musulmana, pobre, caribeña, negra o primer mundista, entre otras variables.

Un ejemplo claro de cómo se construye socialmente el cuerpo de las mujeres, lo encontramos en la prostitución. La “prostituta” es reducida a un cuerpo cosa que puede ser “usado” sin límites de zonas corporales dentro del contrato de intercambio comercial (evidentemente que este contrato no es equitativo, ya que el valor simbólico que se le atribuye al cuerpo de las mujeres permite que se lo pueda explotar). Muy distinta es la concepción que se tiene (y la construcción que se hace) del cuerpo de una mujer esposa y madre.

Es así que cada cultura construirá una cosmovisión del cuerpo, y de acuerdo a los valores y símbolos que en ella circulan, se significarán determinadas formas, actitudes y zonas corporales como eróticas y no eróticas, haciendo que las personas gocen de determinada manera y no de otra.

Si los genitales son considerados como las “verdaderas” zonas sexuales, ello se debería al mandato reproductivo. Es interesante ver como aún en libros de anatomía humana, el sistema genital es descrito como “aparato reproductor”. Con lo cual se evidenciaría una concepción de cuerpo máquina (construido por diferentes “tecnologías” sociales) articulada para “producir” y “reproducir” cuerpos dóciles y adaptables a la manipulación biopolítica.

Por tanto erotizar todo el cuerpo sin distinción de zonas más o menos “sexuales” es posible. Y ello depende de la cultura, pero también de la posibilidad de cada persona de explorar y de otorgar nuevos sentidos a las diferentes áreas y prácticas sexuales (más allá de roles y estereotipos) a la hora de mantener relaciones sexuales.

Agüjeros y protuberancias
Asociar coito vaginal con relación sexual no solo responde a lo reproductivo – heterosexual. Cuando en lo cotidiano escuchamos frases tales como “me están cogiendo (1) con la cuota del banco”, o “el jefe me sentó (2) en la máquina”, o “esta se la come (3) doblada”; ¿Qué ideas de sexualidad y penetración se expresan?

Al parecer un coito no es un acto sin construcciones e implicancias políticas, es decir de relaciones de poder. Según la tradición greco-latina, el ciudadano varón libre tenía reservado el rol exclusivo de penetrador, pudiendo penetrar a las “otras” personas (los cuerpos penetrables): mujeres, esclavos, extranjeros.

Hemos heredado esta tradición político-sexual según la cual una relación sexual es algo que alguien “le hace” a otra persona (Veyne, 1987) Estableciendo así roles de activo y pasivo, siendo el polo activo aquella persona portadora del pene-falo, que establece su superioridad cuando esta protuberancia corporal penetra por los agujeros de otras personas.

Vagina, boca y ano, se constituyen entonces en zonas corporales penetrables (es decir pasivas y conquistables), haciendo que las personas que utilizan dichas zonas para el placer sexual ocupen lugares secundarios en las relaciones de poder.

Ejemplos de estos abundan en el lenguaje y dichos populares. Se dice que alguien tiene “determinada” cara según la frecuencia con que practica la fellatio (contacto boca – pene), o que se le “rompe el culo” a alguien cuando se lo agrede. Sin embargo no existen expresiones peyorativas para aquel hombre que utiliza su pene en términos coitales – heterosexuales.

Ano y peligro político
Las personas que defienden la hegemonía coital-vaginal, muchas veces dicen: “La boca se hizo para comer”, o “el ano se hizo para defecar”, o llaman “franeleo” a aquella relación sexual que consiste en besos y caricias corporales, en clara actitud descalificadora.

Si siguiéramos con esta lógica y pensáramos que solo el pene y la vagina unidos en un coito es lo único que tiene estatuto de “sexual”, el beso boca a boca no sería una práctica erótica, ni tampoco la estimulación oral o manual de las mamas, ya que ellas “se hicieron para amamantar”.

Pero ¿qué quiere decir “se hicieron para…”? ¿Quién “hizo” esas zonas corporales con un determinado objetivo que no admitiría variaciones? Porque de hecho las orejas “no se hicieron” para colgarles adornos, el corazón “no se hizo” para insertarle válvulas de materiales sintéticos, ni la piel “se hizo” para ser tatuada.

El cuerpo excede esa presunta lógica “natural” que viene del discurso biológico, ya que el cuerpo, como decía, “es” principalmente lo que la cultura concibe que es eso que llama cuerpo. Y de acuerdo a las frases anteriores, ¿desde qué mirada social e ideológica está construido ese cuerpo que supuestamente “se hizo” para determinadas cosas y no para otras?

Ahora bien, ¿qué pasaría con el ano para el imaginario social? De acuerdo a nuestra cultura, el pene como representante del símbolo fálico sería expresión de poder. Por tanto esta protuberancia corporal, al penetrar en un agujero corporal de otra persona, establecería su poderío a través de ese acto.

Pero ¿porqué se hace tantos chistes con el ano, y particularmente con el ano de los varones?, como si en esta zona se localizara la vulnerabilidad de la masculinidad. ¿Qué aspectos atemorizantes deben ser conjurados a través de una verdadera compulsión a bromear con esa zona?

“¿Por atrás nunca, yo soy macho?”, dice una de las tantas expresiones populares. ¿Qué pasa en el “atrás”, en la “trastienda” de la fábrica social que produce cuerpos considerados masculinos? ¿Qué peligros (políticos) para su consagrado sitial de poder, le plantearía el hecho de poseer un ano al portador del falo penetrador?

Al parecer el ano como zona sexual vendría a romper con esta idea de que hay seres penetradores (con poder) y seres penetrados o penetrables (devaluados), ya que el ano es un órgano común a todos los seres humanos.

Los lugares de poderío político tambalean, el penetrador fálico puede convertirse en penetrable, con solo “darse vuelta”. Ya no es tan fácil identificar los cuerpos devaluados que aseguraban la posesión del cetro fálico para una clase selecta. Prácticas sexuales concretas no identifican ya a una persona como masculina o femenina. Mujeres y varones pueden indistintamente penetrar o ser penetrad*s, o simplemente elegir no utilizar el coito como actividad sexual. Las barreras divisorias entre heterosexual y homosexual se diluyen. Y como dice Paul B. Preciado (2002: 27) “Por el año, el sistema tradicional de la representación sexo/género se caga”

Entra en peligro, por tanto, toda una lógica de dominación patriarcal, misógina y heterocentrada, que se había impuesto como la única posible. Entra en peligro todo un sistema de producción de seres, ya que el cuerpo “se ha vuelto loco” y se atreve a erotizar zonas para las cuales “no fue hecho”, destronando a los genitales de su exclusividad sexual. Y la peor amenaza… poniendo en peligro la “natural” hegemonía del mandato reproductivo, ese que mediante la masculinización o feminización dociliza los cuerpos parar que sigan reproduciendo el sistema.

Notas

(*) Artículo publicado en Revista “Factor Solidario”, Año VI. Nº 53, enero-febrero 2007 Montevideo.
(1) El verbo “coger” es utilizado en la jerga rioplatense como sinónimo (despectivo) de coito vaginal o anal.
(2) La expresión “sentarse” hace alusión principalmente al coito anal, en donde el polo receptor del pene recibe el valor de lo humillante y lo degradado.
(3) El verbo “comer” es utilizado en la jerga rioplatense para hacer alusión en forma despectiva a aquella persona que practica la fellatio o es penetrada con un pene por el ano o la vagina.

Bibliografía mencionada

Preciado, Paul B. (2002) Manifiesto contra-sexual. Prácticas subversivas de identidad sexual. Madrid, Opera Prima.

Veyne, Paul (1987) La homosexualidad en Roma, en Ariés, Ph., Béjin, Foucault, M, et. al “Sexualidades occidentales”. Bs. As., Paidós.

 

*Ruben Campero es Psicólogo, Sexólogo y Psicoterapeuta. Es además docente y autor de los libros: “Cuerpos, poder y erotismo. Escritos inconvenientes”, “A lo Macho. Sexo, deseo y masculinidad” y “Eróticas Marginales. Género y silencios de lo (a)normal” (Editorial Fin de Siglo). Codujo Historias de Piel desde 1997 a 2004 por Del Plata FM y desde 2015 a 2018 por Metrópolis FM y sus programas pueden verse acá. Podés seguirlo por las redes sociales de Historias de Piel o por su canal de YouTube “Ruben Campero”, Facebook, Instagram y Twitter.

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