Historias de Piel: ¡A punto de llegar! (al orgasmo)

por Lic. Ruben Campero*

¿Qué es el orgasmo? ¿Es posible que pueda ser descrito con palabras o es algo verdaderamente inefable? En todo caso ¿Con qué que podríamos asociar la experiencia de tener uno, o más bien de dejarnos encontrar por su imperiosa energía?

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El orgasmo sería una experiencia psicofísica cuya función fisiológica es redistribur la tensión y la sangre que se acumuló en especial en la zona genital (durante la conocida como fase “vasocongestiva” de la respuesta sexual) mediante una acción motora de contracciones musculares intensas que las más de las veces producen un placer muy notorio. En el caso de los hombres esta fase de la respuesta sexual generalmente coincide con la eyaculación.

Debemos recordar que el orgasmo es una experiencia refleja que se desencadena ante una serie de estímulo eróticos internos (fantasías, deseos, etc.) y externos (estimulación de la piel, etc.) efectivos y suficientes, y que por tanto depende de una parte de nuestra sistema nervioso no gobernado por la voluntad. Es por ello que un orgasmo no se puede tener por mero mandato o expectativa de rendimiento sexual (propia o de otro), ya que en ese caso se activan centro cerebrales inhibidores que impiden que el reflejo se desencadene, por más que la persona “se esfuerce” y/o se estén aplicando estímulos externos adecuados.

Desde los movimientos de emancipación de las mujeres y la reivindicación de sus derechos, el orgasmo pasó a ocupar un sitial de importancia como símbolo de presencia y autonomía a través del placer sexual, algo tan negado e invisbilizado por parte de una cultura misógina que ponderaba el desempeño y lógica sexual de un selecto sector de hombres poderosos, cuya masculinidad lograba (y aún logra) ser socialmente impuesta como la masculinidad “verdadera”, es decir la masculinidad de los hombres blancos, heterosexuales, de clase media-alta, judeo-cristianos, primermundistas, urbanos y propietarios.

Especialmente en aquellas mujeres que se vinculan sexualmente con hombres de manera preponderante, el reconocimiento y validación del orgasmo ha sido un aspecto muy importante para visibilizar el rol de estas en el contexto de dominación erótico-patriarcal de las relaciones heterosexuales. Esto no quita que también se puedan reproducir situaciones de inequidad en las relaciones entre mujeres, las cuales puedan afectar el despliegue subjetivo y desempeño sexual de estas. Pero lo cierto es que el orgasmo se tornó hace ya décadas en un tema muy presente en el imaginario social y erótico sobre las mujeres en nuestras sociedades, al punto de constituirse incluso en una especie de obligación para toda mujer que se precie de “no reprimida”.

Cabe destacar que muchas mujeres en el contexto heterosexual aún no logran desembarazarse del fantasma de la “puta” como controlador social de sus comportamientos. Fantasma que supuestamente les garantizaría el éxito en el vínculo emocional con un hombre, siempre y cuando mantengan a dicho fantasma alejado de sí mediante conductas y actitudes que demuestren su correcta asunción a un patrón de feminidad “propio” de una mujer sexualmente “controlada y “no regalada”.

Por otra parte las lógicas de consumo que se han apropiado de los discursos sexualmente libertarios del rol de las mujeres, tornándolos funcionales a recicladas formas patriarcales que exaltan una imagen mercantilmente prostibularia de las mujeres y lo femenino, han logrado imponer aquello de ser “una dama en la sala y una puta en la cama”, así como transformar al “multi-orgasmo” en una meta obligatoria para toda mujer que se pretenda sexualmente “exitosa” ya no tanto para sí misma, sino que “exitosa” en clave de lograr ser el objeto de deseo de un hombre.

Todo esto dejaría a muchas de ellas inmersas en verdaderos mensajes contradictorios y paradojales sobre cómo es que deberían comportarse para ser bien evaluadas por el colectivo social (integrado tanto por hombres como por mujeres). Un colectivo que por otra parte no ha dejado realmente de ser sexista y portador de una concepción políticamente “productiva” (de bienes materiales y simbólicos) en referencia a la sexualidad y a los mandatos del ser hombre y mujer en clave masculina y femenina.

A su vez continuamos reproduciendo socialmente la idea hegemónica de que las relaciones sexuales son sinónimo exclusivo de coito vaginal (sino pensemos en las expresiones folklóricas que usamos para referirnos a ellas), naturalizando por tanto una mirada genitalizada, coitocéntrica, heterosexual y falocéntrica de lo erótico, que valida y pondera una única forma en la que el poder podría circular en los vínculos.

Ello impediría ver (aunque su evidencia destelle más que la luz del sol) que el coito vaginal no es un estímulo suficiente ni efectivo como para desencadenar un orgasmo en los casos de “demasiadas” mujeres. O que el orgasmo “simultáneo” es más un ideal de revista de chismes que una posibilidad materialmente real, haciendo que muchas terminen en la triste realidad de fingir orgasmos para seguir sosteniendo el “honor de macho” del hombre que las acompaña, así como una imagen propia que aspire a sintonizar con la de esa mujer actual desinhibida que “sabe gozar”, y que además tiene a su lado un hombre “masculinamente rendidor” que “la hace llegar”.

Habría que agregar que sigue presente la invisibilización social y simbólica de la vulva, el clítoris y la masturbación en las mujeres desde que son niñas, con todo el cortejo de prejuicios y tabúes que les acompaña, y que impiden que las mujeres conozcan y exploren sus genitales también desde lo erótico a través de la auto estimulación, o que la sientan como algo bueno y válido como para ser vivido sin sentimientos de culpa ni inhibiciones aprendidas, permitiendo conocer autónomamente la forma singular de experimentar la respuesta sexual en general y su orgasmo en particular.

Por todo esto y mucho más sería posible entender porqué la anorgasmia en las mujeres (es decir la dificultad para lograr un orgasmo) sigue siendo un tema tan vigente y generalizado. Los mensajes contradictorios que ellas reciben a través de su proceso de socialización desde que llegan a este mundo, así como el poco tiempo con el que aún cuentan desde que empezara a evidenciarse el derecho de las mujeres a gozar (entre otros derechos) continúa provocando marchas y contra marchas en sus sexualidades, haciendo aún del orgasmo y de la anorgasmia un tema al que se está “a punto de llegar” (como los derechos, como la autonomía) que pero que no siempre se termina de hacerlo.

Por eso siempre será necesaria la presencia de la Educación Sexual Integral a nivel del sistema educativo formal y no formal, no porque se quiera “enseñar a mantener relaciones sexuales” (como las críticas sobre-ideologizadas y genitocéntricas plantean, al no interesarse por conocer los modelos científico-pedagógicos en los que esta educación se basa), sino porque las maneras de concebir e ir generando actitudes para con la sexualidad atraviesa todos los temas de la vida, condicionando la salud, los vínculos y las maneras de ser y estar en el mundo de las personas, todo lo cual terminan afectando la calidad de vida ante la posibilidad de vulnerar derechos y facilitar que se desarrollen situaciones de riesgo para la irrupción de todo tipo de discriminación y violencia.

Por ello, finalmente, serán también necesarios actos, gestos y palabras que sigan dando formas dinámicas y nunca estables a las maneras particulares que las diversas mujeres tienen de vivir sus cuerpos y sus sexualidades, tal y como de alguna manera lo expresan estas frases referidas al orgasmo plateadas por el sexólogo argentino Juan Carlos Kusnetzoff en su trabajo “Crítica de la razón orgásmica”, el cual tuve el honor de escuchar cuando fuera presentado en el V Congreso Uruguayo de Sexología del año 1992:

  • “La palabra orgasmo tiene una acción poética, una actuación de musicalidad vocal. Dicha palabra resalta sobre otras palabras vecinas, resalta sobre las imágenes, y, tal vez, sobre el propio pensamiento”
  • “No es posible pensar el orgasmo, sí sentirlo”
  • “El orgasmo es una experiencia que nos coloca en los umbrales de la animalidad de donde todos provenimos. Lo buscamos con pasión; le tememos con recelo”
  • “Este punto límite que es la experiencia orgásmica, es como lanzarnos, arrojarnos al mundo, un mundo lo más parecido a lo que era el instante de nacer, de sumergirnos en la oleada aérea de la vida por venir”

*Ruben Campero es Psicólogo y Sexólogo. Es además docente y autor de los libros: “Cuerpos, poder y erotismo. Escritos inconvenientes” , “A lo Macho. Sexo, deseo y masculinidad” y “Eróticas Marginales. Género y silencios de lo (a)normal”  (Editorial Fin de Siglo). Conduce Historias de Piel, programa que se emite martes y jueves a la hora 21.00 en Metrópolis FM, 104.9. Podés escucharlo y además enviar tus opiniones, testimonios y consultas vía twiterfacebook  o Instagram.  Sus programas pueden verse acá.