Historias de piel: Contagiarse del otro

por Lic. Ruben Campero*

“Contamíname
Pero no con el humo que asfixia el aire
Ven, pero si con tus ojos y con tus bailes
Ven, pero no con la rabia y los malos sueños
Ven, pero si con los labios que anuncian beso
Contamíname, mézclate conmigo…”

(Ana Belén y Víctor Manuel)

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Ante las heridas de amor que solemos lamernos los humanos, aparentemente el vih-sida habría venido a complicar más las cosas. Sin embargo podríamos pensar que su aparición constituyó una oportunidad de interpelar, desafiar e intentar cambiar las formas de amar que hemos podido ir construyendo como individuos y sociedad.

Al ser el VIH un virus sexualmente transmisible, no sólo movilizó los discursos anquilosados y represivos que teníamos sobre las relaciones sexuales, sino que también nos obligó a revisar los significados y simbolismos concernientes al contacto físico y emocional, en lastimosa referencia a la discriminación.

Un (con)“tacto” de piel a piel como base material-corporal para la sensibilidad, la empatía y el amor. Contacto que al traducirse en la unión de mucosas estimulante del placer sexual, pero codificable sanitariamente como “prácticas de riesgo”, logra exponernos a un “riesgo” que va más allá de la transmisión de un virus.

Es decir, el riesgo de terminar recubriéndonos de una piel metálicamente paranoica, que excede su función de preservarnos y preservar al otro del intercambio de micro organismos patógenos, para pasar a ser la causa del abandono subjetivo de la posibilidad misma de vincularnos desde nuestras diferencias.

Piel que pasa de cuidar (se) con barreras de látex que habilitan tranquilas maneras de intercambio, para transformarse en un frío muro que marca fronteras. Que rechaza y que escupe hacia afuera de nuestro “yo mismo” todo lo que resulta “sospechoso” de extranjería infectante.

Una piel amurallada que muchas veces exige como en una suerte de selección de personal, un “currículum serológico” que garantice las aptitudes para funcionar dentro de la supuesta normalidad de la que goza la comunidad de “sero-negativos”.

No habría manera de vincularse y conocer al otro sin acercarse y “contagiarse” de él y toda su otredad, derribando las paredes que se erigen desde opresoras construcciones sobre la diferencia.

Esas mismas construcciones que han marcado las rutas y las estrategias para la naturalización de la discriminación, no ya de las individualidades entre las personas, sino más bien de la separación en “clases” que implican valoraciones sobre el mayor o menor grado de “humanidad” que dichas personas poseerían.

No habría posibilidad de contactar con el “prójimo” (por “próximo” y por “semejante”) sin ir incorporando vivencialmente los modos singulares que tiene de ver el mundo. Pudiendo así identificarnos de alguna manera con ellos, sin construir veredas rivales a partir de las cuales polarizarnos e inventar más extranjerías.

Únicas maneras, todas ellas, de enriquecernos en diversidad, aliviar el “sentimiento de separatidad” (como diría Erich Fromm) que se nos juega por ser sujetos individuales, y lograr no perecer de aburrimiento en nuestros seguros búnkeres, desde donde sólo se podrá contactar con lo “igual” y conocido una y otra vez.

Permitiendo ese “contagio”, es que lograríamos vernos más allá de las aguas espejadas en las que solemos confirmarnos, pudiendo por fin escuchar las voces y no sólo los ecos que ignoran la otredad.

De la misma forma que también se nos haría posible identificarnos y generar empatía con quienes y con aquello que en principio “no somos”, colocándonos en los lugares de esos otros para intentar ver el mundo tal y como ellos lo ven. Empapándonos así por su alteridad, para finalmente “domesticarnos y crear lazos” (como diría El Principito de Saint-Exupéry) y destrabar los dique que impiden la circulación del amor.

El prejuicio, y el miedo que de él devine, sólo nos generan distancia defensiva, especulación, sospecha, guerra… Todo lo cual estimula la marginación, esa que nos aísla produciendo terribles soledades y dolores insospechados.

El prejuicio nos desenamora, torna las diferencias y aquello por conocer en peligro potencial. Nos hace mirarnos con recelo, nos desapega, nos llena de odio.

El prejuicio nos induce a buscar un chivo expiatorio para localizar en alguien lo persecutorio, como tratando de hallar la causa de esa “mala cosecha” que pone en riesgo la supervivencia de la comunidad. La plaga que evidencia al leproso y que debe mantenerse a raya. “La marca” en clave de estigma que debe ser denunciada para justificar la persecución y quema de todas esas brujas, las mismas que han tomado diferentes formas a lo largo de los períodos históricos, reciclando así las maneras que insisten en instalar el odio a las diferencias como forma de impedir que nos contagiemos del otro.

*Ruben Campero es Psicólogo, Sexólogo y Psicoterapeuta. Es además docente y autor de los libros: “Cuerpos, poder y erotismo. Escritos inconvenientes”, “A lo Macho. Sexo, deseo y masculinidad” y “Eróticas Marginales. Género y silencios de lo (a)normal” (Editorial Fin de Siglo). Codujo Historias de Piel desde 1997 a 2004 por Del Plata FM y desde 2015 a 2018 por Metrópolis FM y sus programas pueden verse acá. Podés seguirlo por las redes sociales de Historias de Piel o por su canal de YouTube “Ruben Campero”, Facebook, Instagram y Twitter.

 

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