Historias de piel: El embarazo en la adolescencia

Lic. Ruben Campero*

Vivir un embarazo a una edad en la cual se está empezando a experimentar el mundo desde un lugar distinto al infantil, resulta algo complejo en tanto suele limitar las posibilidades de desarrollo académico, social, laboral, prospectivo, etc. de la chica. Y en especial de ella, más aún si está en situación de vulnerabilidad socio-económica, ya que de acuerdo al machismo aún imperante se tiende a responsabilizar exclusivamente a las adolescentes de esta situación, viendo como “esperable” o “natural” que los varones (y más en esta etapa) no se hagan cargo de las consecuencias reproductivas de sus comportamientos sexuales.

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De acuerdo a datos suministrados por el Ministerio de Salud Pública si bien en Uruguay la tasa de natalidad viene descendiendo, no ocurre lo mismo a nivel adolescente, en tanto se mantiene como en los años 70. Se suma además que los porcentajes más altos de partos en mujeres de entre 10 y 19 años se producen en los Servicios de Salud del Estado, y no en la asistencia mutual y privada.

Todo esto indicaría que el embarazo en la adolescencia (no sólo como “embarazo” en sí, sino también como fenómeno más global) debe seguir siendo un importante foco de las políticas públicas, en tanto denuncia una grave desigualdad social que hipoteca vidas de gente muy joven.

Por tal motivo, desde el Estado se viene implementando la Estrategia Nacional de Prevención del Embarazo no Intencional en Adolescencias, la cual posee un enfoque de género y masculinidades, diversidad y derechos, haciendo especial énfasis en el trabajo intersectorial.

El hecho de que la mayoría de los embarazos adolescentes se den en sectores de bajos recursos, evidencia la violencia que la desigualdad socio-económica es y trae aparejada. Más aún cuando se cruza con la variable género, incitando a que las chicas jóvenes deban abandonar el sistema educativo incluso antes de embarazarse para cuidar a integrantes de su familia, quedando embarazadas luego ante la progresiva ausencia de proyectos. En tanto que la maternidad ofrecería un lugar idealizado de importancia dentro de la comunidad, así como algo propio a lo cual dedicarse y a veces hasta “consagrarse”

A su vez todo esto hace sonar la alarma en relación al abuso que estaría implicado en los embarazos que cursan niñas de entre 10 y 14 años, situación que habla de una reproductividad y maternidad forzada por situaciones de desamparo, incesto, fragmentación familiar, explotación sexual, emparejamiento con hombres que tiene mucha diferencia de edad con ellas, etc.

En lo atienen a los embarazos entre los 15 y 19 años, si bien ya podría participar de otra manera el deseo de concebir, se debe tener igualmente en cuanta la situación de vulnerabilidad que la chica pueda estar viviendo, lo cual la puede llevar a tomar la maternidad como la única “salida” posible en la vida. Interpelando con eso al mundo adulto y al Estado sobre las alternativas que se les ofrecen a estas muchachas no sólo desde lo académico y laboral, sino también en lo atinente a una cultura que pueda ser menos hostil en cuanto a los mandatos de género tanto para hombres, mujeres y personas trans.

Una cultura que no haga tan difícil para una muchacha negociar el uso del preservativo al inicio de un coito vaginal con un hombre. Una cultura que no siga creando feminidades débiles que crean que deben ser rescatadas exclusivamente por el amor y la protección de un hombre en calidad de pareja. Una cultura que no siga creando masculinidades defensivas desde donde se repite cuan autómata que un hombre “no le tiene miedo a nada”, y por eso no necesita ni siquiera usar preservativo en sus relaciones sexuales coitales.

Por lo mismo se deberá garantizar y democratizar una educación sexual integral que logre argumentar sólida y pedagógicamente que la sexualidad empieza mucho antes de la pubertad. Que educar sexualmente a las infancias y las adolescencias no pasa por ningún adoctrinamiento ideológico concreto, sino por intentar estimular el surgimiento de consciencias críticas para con sí mismas y su entorno, la cuales puedan tomar decisiones responsables en lo atinente a su placer, sus vínculos, sus afectos y su capacidad reproductiva.

Educar sexualmente no es alarmarse tan sólo porque ahora pueda darse un embarazo, y por tanto apurarse a prevenir como una forma de control biolpolítco. Se trataría más bien de proponer la circulación de conocimiento entre las personas para que estas puedan ir elaborando herramientas de incidencia sobre la vida, y para que así no tengan que simplemente adaptarse a “lo que les tocó”, y/o generar distinto tipo de alienaciones generadas tanto por la posesión como por la carencia de dinero.

Educar sexualmente como una estrategia más para abordar el embarazo en la adolescencia, y desde ahí abarcar integralmente las formas cotidianas de mantenimiento de los prejuicios que por ello naturalizamos, requiere no sólo facilitar el acceso a medidas anticonceptivas, profilácticas y de interrupción voluntaria de embarazos.

Necesita también que se pueda incidir sobre las formas en que se sigue educando polar y estereotipadamente sobre lo masculino y femenino, para que finamente se logre hacer algo con la falacia de que un embarazo es un tema “sólo de mujeres”, excluyendo con esa idea a muchos hombres de sus deseos de ejercicio de paternidades afectivas, responsables y amorosamente presentes.

*Ruben Campero es Psicólogo y Sexólogo. Es además docente y autor de los libros: “Cuerpos, poder y erotismo. Escritos inconvenientes” y “A lo Macho. Sexo, deseo y masculinidad” (Editorial Fin de Siglo). Conduce Historias de Piel, programa que se emite martes y jueves a la hora 21.30 en Metrópolis FM, 104.9. Podés escucharlo y además enviar tus opiniones, testimonios y consultas vía twiter, mensaje de texto (SMS al 1049, con la palabra piel, espacio y luego se escribe), de facebook, o correo electrónico ([email protected]).

Escrito por
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