Historias de piel: El sexo y el humor

Lic. Ruben Campero*

“…Inventar por el camino un nuevo lenguaje
para hablar de esto llanamente
sin la alternancia de la pomposidad y el chascarrillo”
“Erotizar la vida”, Joseph Vincent Marques

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Sexo y humor suelen aparecer vinculados en las interacciones cotidianas que tenemos las personas. En general, a mayor grado de dificultad que encontramos para referirnos de forma directa a las temáticas sexuales, mayor será la recurrencia a un estilo discursivo racional, rígido y acartonado, o de lo contrario a un habla barrocamente plagada de chistes y bromas de doble sentido que pueden incluso dejar de ser “graciosas”.

Al parecer el humor permitiría hablar de temas que se cree no se deben o son muy “delicados” de abordar. Lo cómico permitiría levantar excepcional y provisoriamente la prohibición social para hacerlo, siempre y cuando se ejecute desde ese lugar placenteramente ágil y sutilmente “cómplice” que suele habilitar el humor. Un lugar que permite “jugar” con las sensaciones embarazosas que muchos de los temas abordados generarían si fueran tocados desde otro estilo comunicacional.

Muchas de las formas jocosas de referirse a lo sexual suelen estar cargadas de mitos, prejuicios y estereotipos. Un recurso semántico y retórico que tanto el humor como la publicidad utilizan (así como otras formas de elaborar mensajes), en tanto el apelar al folclore local permitiría lograr un rápido reconocimiento e identificación con lo comunicado.

Cuando el humor toma estos contenidos del imaginario social de maneras demasiado lineales y con escaso nivel de elaboración, tiende a reforzar la vigencia social y subjetiva de los prejuicios. El efecto de comicidad impostada y de risa “fácil” que pudieran generar, fabricaría la actitud de validación y reafirmación de dichos contenidos como “verdad” o “realidad”, en tanto hay otro que “entiende” el chiste (o sea que lo reconoce, lo confirma como referencia a algo real) en la medida en que se ríe con él.

El humor sería considerado un discurso “no serio”, y en apariencia no políticamente relevante, comparado con otras formas consagradas e institucionalizadas de fabricar “verdades” sobre la vida singular y social (como por ejemplo un debate). Por ese motivo no siempre recibe el mismo nivel de vigilancia racional sobre lo que efectivamente está diciendo, en la medida en que el resultado placentero de la risa que provoca, facilitaría cierto grado de disuasión y anestesia sobre dichas instancias críticas, haciendo que los prejuicios se cuelen de formas mucho más inadvertidas, acentuando su proceso de naturalización.

El humor se plantearía como aquello en principio no formalmente instituido y, por tanto, con cierto “permiso” social para hablar de lo que “no se habla”. De hecho en 1905 Sigmund Freud se refirió al chiste y su relación con el inconsciente en uno de sus textos. Incluso desde el humor existiría cierta habilitación para “levantar” temas considerados tabú, y hasta siniestros (de ahí el “humor negro”), mediante una actitud desenfadada, agresiva, intimista y un tanto “impertinente”, que sería socialmente permitida para el humorista.

Desde ese lugar dicho humorista podría invitar al otro a colocarse en situaciones nuevas, en la medida en que se presentaría como portavoz de un discurso subterráneo que referiría verosímilmente a lo que todos “en el fondo” podrían llegar a pensar, y que no sería “decoroso” decirlo realmente.

En ese sentido el humor flexibilizaría la relación con lo políticamente correcto, haciéndole una guiñada cómplice al interlocutor sobre lo sutilmente falso de la tolerancia que el discurso correcto contendría. El humor por tanto puede dejar planteado que desde lo declarativo siempre queda algo del orden de lo no dicho, algo que emergería al estilo de una “descarga” emocional solo en contextos “extra-oficiales”, íntimos y distendidos. Una especie de “válvula de escape” a la contención implicada en la observancia de la distancia pública que demandan las reglas sociales del buen trato.

Tal vez por eso el humor, en tanto trabaja también con lo no dicho, podría ser pensado como una manera de manejar lo persecutorio, es decir aquello pasible de provocar angustia, tanto sea porque se siente y cree que se encarna “lo ridículo” (y por tanto de ser objeto de burla y humorada), como por verse en el rol del que “suelta” su agresividad al reírse de algo (y sobre todo alguien).

Reírse de uno mismo, por ejemplo, implicaría haber aprendido a manejar lo persecutorio provocado por esa o esas características personales socialmente estigmatizadas, “amigándose” con ellas e invitando al otro a que descarte cualquier actitud políticamente correcta en el trato. Esto sería así con la salvedad de que no se caiga en un humor defensivo de tipo masoquista, como manera de “pegarse” antes para evitar o hacer que duela menos el golpe del otro.

De la misma forma la risa que por ejemplo puede surgir cuando se ve a alguien tropezar y caer, tiene que ver con el placer que provoca constatar que no se está en esa situación leída como embarazosa o ridícula. En ese sentido la risa habla de la satisfacción por poder manejar la angustia generada por la identificación con quien protagoniza la caía (ponerse en sus zapatos). Todo esto siempre y cuando el accidente no entrañe algún tipo de gravedad, en cuyo caso el monto de angustia sería tal que impediría que la risa funcione como defensa.

Ante todo esto, por más que se esté en sintonía con una conciencia política de no discriminación, muchas veces los chistes que involucran personas, situaciones y colectivos socialmente estigmatizados puede incluso que generen gracia, sobre todo cuando no se está en actitud éticamente vigilante respecto a cuando y sobre qué es adecuado o no hacer humor.

El humor también se relacionaría con lo obsceno, es decir con aquello que está fuera de escena. Sin llegar a una estética pornográfica, que implicaría la exhibición absoluta sin lugar a la imaginación y procesamiento personal, el humor apelaría a lo no explícito, a lo sugerido, al doble sentido, desde lo cual induce a una elaboración mental para arribar a ese otro sentido que se está proponiendo, generando así la risa como efecto de diversión por dicha elaboración.

Por otra parte el humor no centraría el foco en la confrontación de ideas, sino en la experiencia placentera generada por la agilidad mental que se evidencia en el emitir y recepcionar un discurso muy particular. Un discurso que por sus características puede subvertir la reglas “lógicas” de las historias, logrando sorprender gratamente a través de despliegues dramatizados (a veces al estilo de la pantomima) que plantean situaciones verosímiles pero con tonos grotescos, cursis, ridículos o pintorescos, que pueden llevar a desenlaces disparatados y gracias a eso desopilantes.

Al conseguir este efecto, el humor puede no sólo reproducir el estatus quo, sino por el contrario realizar denuncias sobre la realidad social en general y sobre la sexual en particular. Y hacerlo con un nivel de agudeza similar a una crítica explícitamente argumentada, aunque de una forma mucho más rápida y directa. Al valerse de mecanismos aparentemente menos intelectuales y más emocionales, logra la complicidad del interlocutor quien testimonia y avala (y se ve a sí mismo testimoniando y avalando con su risa) la crítica social que se le está proponiendo a través de la humorada.

Humorada, diversión y erotismo
El humor por tanto sería una forma de comunicación y una manera de (re) presentar situaciones a través de la perspectiva de lo cómico, generando reafirmaciones, aunque también construcciones e interpretaciones alternativas y creativas sobre las realidades a las cuales hace referencia.

Sería también una manera de generar nuevas y a veces más solubles maneras de ver la vida, constituyéndose en una estrategia para reconocer, resistir y manejar nuestras vulnerabilidades. No por casualidad muchas veces es utilizado en psicoterapia y espacios terapéuticos, como modalidad para generar cambios emocionales, actitudinales y comportamentales en pro de una salud integral.

“Humor” deriva de la palabra médica “líquido” o “fluido”, ya que según el médico griego Hipócrates ciertos fluidos determinaban el estado de ánimo de las personas. A su vez, el humor estimula la producción de endorfinas (opiáceos naturales del organismo que combaten el dolor) y dopamina (neurotransmisor responsable, entre otros, de la sensación de bienestar) como factores anti-estrés, relajando a través de la risa en tanto quita el foco de “lo serio” y racional de la vida.

Tener sentido del humor no es lo mismo que burlarse de alguien o algo, ya que ahí se estaría revelando de manera dramática la angustia, odio, miedo e inseguridad que destila quien emite la burla, como se puede constatar en el bullying o la discriminación en general. Tampoco es andar por la vida con el personaje estereotipado y defensivo de “el chistoso”, o respondiendo a cada interacción con una ironía crónica (funcional a lo que la provoca) como púnica manera quejosa de procesar un descontento.

Poder tener sentido del humor implicaría “bajarnos del caballo (sobre todo cuando podemos reírnos de nosotros mismos sanamente) para aceptarnos como somos sin estar todo el tiempo tratando de emular un ideal como exclusiva forma para conseguir aceptación y amor del otro. Tener sentido del humor hablaría de una integración de la personalidad, de la posibilidad de tener una actitud favorable ante la vida, y como decía Freud, triunfar ante la tristeza sin negarla.

Al poder reírse de las cosas sin banalizarlas o negarlas maníacamente, también se le dice al otro que se relaje, que es imposible lograr funcionar y mucho menos “rendir” a pura presión, aunque cueste mucho dejar de hacerlo. Por eso el humor muestra situaciones que si bien muchas veces son patéticas, indignas o ridículas, las maneras de re-presentarlas y re-formularlas en clave cómica las tornaría graciosas en lugar de dramáticas.

Poder ver el lado cómico de las cosas ayuda a la desinhibición y a la comodidad con uno mismo y los demás, ya que a través del humor se le avisa al otro que se sabe que está tratando de mostrar su mejor cara, y que por tanto se lo invita a “aflojar” y soltar cualquier actitud que suene a “careta”

También desde el humor se estimularía a contactar con lo lúdico, y desde ahí tomar distancia de los dictámenes sociales sobre la supuestas “adulteración” que implicaría ser adulto, para así poder acceder a actitudes, gestos y comentarios jocosos y mas plásticos, que supuestamente sólo se permitirían en la infancia.

En ese sentido y a nivel sexual y de género, resulta interesante cuestionar el valor de la masculinidad hegemónica en relación al humor, desde donde se instruye al hombre para que sea maestro de ceremonias en lo sexual (sobre todo en el plano heterosexual) y que por tanto pueda “rendir como hombre” “sabiendo” seducir a una mujer. De esta forma, muchas veces el humor que un hombre despliega en el encuentro con una mujer, no siempre está en sintonía con el disfrute lúdico, sino que posee la intencionalidad racional de hacer reír a la mujer para lograr “conquistarla”. En este caso el humor desluciría de alguna manera su foco saludable, ya que si bien ese hombre puede “divertirse” con lo que muchas veces parece más un “stand up” que una interacción divertida, no siempre logra el suficiente estado de intimidad para “relajarse”, salirse de la actitud de “levante” y simplemente dejarse llevar por lo que ocurre.

De manera complementaria a los dictámenes patriarcales, en estas interacciones con hombres, muchas mujeres ocuparían un lugar más “pasivo” desde donde estimularían estas actitudes masculinas en clave cómica, reforzando positivamente el buen desempeño gracioso de ese hombre con su risa. De esa manera se le haría saber que es él quien “activamente” dirige el curso de la conversación a través de los temas que propone, mientras ella se limita a divertirse con lo que él cuenta, tal y como socialmente se espera de una actitud estereotipadamente femenina.

No por casualidad es muy común escuchar que muchas mujeres digan que lo que más las seduce de un hombre es la posibilidad de que “las haga reír” (y no aquel hombre que se ríe con lo que ellas dicen). Tampoco por casualidad abundan en el mundo del espectáculo los cómicos hombres y no tanto las mujeres, salvo algunas excepciones en la cuales apelan a recursos de desenfado y despliegue escénico muchas veces similares a los que han utilizado tradicionalmente los “capo cómicos”.

De esta manera, el humor produce placer, y lo hace por la diversión y oxigenación que provoca la risa. Lo hace por el efecto de lo absurdo, de aquello que burlas las reglas lógicas o que constata sin decirlo directamente que lo prohibido por tabú está en la mente de todos o al menos de muchos.

Es por ese placer de lo divertido que convoca el humor, que lo sexual responde también sobre la misma línea, haciendo que las endorfinas y la dopamina generadas estimulen el ánimo (que no es lo mismo que lo “exalten”) y predispongan para exponerse a distintas situaciones lúdicas que generen placer, entre ellas la sexual, a través de sus variadas y creativas prácticas genitales como eróticas en general.

*Ruben Campero es Psicólogo, Sexólogo y Psicoterapeuta. Es además docente y autor de los libros: “Cuerpos, poder y erotismo. Escritos inconvenientes”, “A lo Macho. Sexo, deseo y masculinidad” y “Eróticas Marginales. Género y silencios de lo (a)normal” (Editorial Fin de Siglo). Co-condujo Historias de Piel desde 1997 a 2004 por Del Plata FM y desde 2015 a 2018 por Metrópolis FM y sus programas pueden verse acá. Podés seguirlo por las redes sociales de Historias de Piel o por su canal de YouTube “Ruben Campero”, Facebook, Instagram y Twitter.

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