Historias de piel: Estar por fuera de mercado sexual

Por  Lic. Ruben Campero*

En lo que respecta a comunicar que se está disponible para un intercambio amoroso y sexual, recorrer el mercado de la plaza del pueblo tradicionalmente ofrecía la posibilidad de socializar y hacer negocios, así como afianzar la identidad local y tal vez encontrar pareja.

Publicidad

En épocas de mercado global e instantáneamente digitalizado, con lógicas de consumo, satisfacción inmediata y “descartabilidad” que permean lo cotidiano de los cuerpos, deseos y vínculos, la capacidad de seducir para lograr compañía sexual se constituye más en sinónimo de éxito, capital y estatus, que en invitación a relacionarse para jugar más allá de guiones sobre cómo y con quien vivir lo erótico.

Según esto la sexualidad no podría ser entendida como algo que tan sólo deviene “espontáneamente” de una paradisiaca dimensión de lo natural-instintivo. Verla exclusivamente así invisibiliza el hecho de que también es construida como una narrativa más de lo que se supone somos, deseamos y pensamos, para lograr moldear sujetos funcionales a ciertos objetivos culturales, económicos, políticos y de género.

En ese sentido cobrar valor sólo por encarnar los cánones estético-sexuales imperantes, vanagloriarse de “ser un ganador” por “levantarse” siempre a alguien, estar y cumplir con las lógicas de espacios que ofertan “placer garantizado”, depender de la exaltación sexual que propone la incitación porno-consumista de los medios, necesitar “hacer rendir” el fin de semana aunque no haya deseo de sexo, y tener relaciones sexuales de la manera y con quien dicta la norma “natural”, resultan, entre otras, formas consagradas de obtener la “membresía” para circular por ese mercado sexual que no deja de vender libertad como paradójica mercancía de opresión.

Poder estar “IN” para obtener lo que lo mercantil dice ofrecer (placer, autoestima, amor, certeza, posición, etc.) tiene obviamente un precio. Al presentarse como la única alternativa válida para poder existir como un sujeto social y eróticamente válido, la ansiedad por “encajar” se incrementa al son de los mensajes sociales y mediáticos que estimulan la insatisfacción personal y la baja autoestima, de manera que consumir las recetas prefabricadas de felicidad sexual que el mercado ofrece se tornen en la única opción posible.

Las mujeres en clave de feminidad históricamente se las han tenido que ver con el mercado. Construidas como objetos materiales y simbólicos de intercambio, asimiladas a atractivos decorados para exaltar la importancia de sus “dueños”, y consagradas como seres tutelables a través de matrimonios, prostitución y maternidades compulsivas, sus cuerpos sexualmente fetichizados también han sido utilizados como anzuelos para estimular el consumo.

Desde el “damas gratis” y una persecutoria vigilancia sobre los kilos y la vejez, pasando por la obsesión por la moda y el maquillaje, y el mandato “multi orgásmico” de ser “una puta en la cama y una dama en la sala”, muchas mujeres aprendieron a estar ansiosamente alertas para poder gustar, ser elegibles y “cotizar”. Ello las mantendría ocupadas sosteniendo el mercado, así como absortas en un estado de aparente insuficiencia emocional como para indagar en lo que realmente desean, tal y como lo podría hacer un sujeto autónomo que dice lo que siente querer y no lo que cree que se espera que diga, ya que no depende de ello su supervivencia subjetiva y económica.

El lugar válido para que una mujer guste y sólo así pueda considerarse dentro del mercado sexual de arquitectura masculina, no se configura a partir de invitar al otro a jugar con lo erótico sin roles impuestos, sino que pasa por cumplir con el angustioso objetivo de “encajar” en tanto que ser deseada-elegida. En caso contrario podrá destinar su energía pasional y creativa tanto a los objetos que pueda comprar, como a obsesivas tareas domésticas y maternales, entre otros estereotipos. Algo que ha afectado el erotismo deseante de las mujeres, sumiéndolas en más de una confusión y duda histriónica, que al parecer comienza a subsanarse en algunos sectores de mujeres que logran desear sin replicar patrones de colonización patriarcal, aún negociando con las lógicas del mercado y los mandatos feminizantes.

Un mercado que también afecta a los hombres al instruirles en una masculinidad modélica que impone el rendimiento fálico-genital como ideal. Por eso, y si bien con privilegios frente a las mujeres, para que un hombre pueda circular por el mercado sexual deberá dar pruebas no tanto de su valor estético sino más bien de su “tamaño” y “destreza” sexual, así como de su “cancha” para “dirigir” una conversación con una potencial “presa” sexual.

Se le vende así la idea de que cuanto más cumpla con ser ese obrero o soldado maquinicamente alienado y explotado que trabaja duro para dar prueba de su masculinidad a través de lo sexual (aunque poco haya indagado en que y cuándo es que desea), más podrá obtener aquellos galardonado y “objetos” eróticos de propiedad que el Patriarcado le promete. Y sino siempre podrá acceder a la prostitución, o seguir enajenándose desde una racionalidad carente de emociones con los temas de discusión que el sistema el impone discutir (política partidaria, deportes, etc.) y así creer que está siendo parte de algo.

Estar fuera de mercado sexual (aunque es difícil que hoy un “afuera” pueda ser concebido), se puede expresar mediante el incumplimiento con los mandatos estéticos de seducción, o con esa guionada idoneidad en los “procedimientos amatorios”, intentando hacer que la espontaneidad creativa pueda surgir. Decidir tomar distancia de esa máquina que manufactura erotismos funcionales al mercado, puede también manifestarse a través de una renuncia al sexo genital o al sexo institucionalizado, ya sea porque simplemente no se siente deseo, o porque se opta por aplazar el momento en que se lo pueda vivir sin la ansiedad de “conseguir” esa fetichizada y mentirosa mercancía llamada “sexo”. Incluso decidir estar fuera de mercado sexual puede deberse a que se considera que al haberlo vivido sólo como un “deber” durante toda la vida, hoy se tiene el derecho a disfrutar de una “jubilación” sexual.

Todo este estar “OUT” entonces, puede ser leído ya no necesariamente como una dificultad sexual del individuo, sino más bien como una queja, denuncia o resistencia que se expresa desde el cuerpo y el erotismo en plan de rechazo (consciente o inconsciente) a una compulsión sexual de consumo, que silencia el tiempo necesario para que la creatividad de Eros renazca en cada encuentro y pueda re-construir nuevas, dinámicas y diversas versiones de la sexualidad.

*Ruben Campero es Psicólogo, Sexólogo y Psicoterapeuta. Es además docente y autor de los libros: “Cuerpos, poder y erotismo. Escritos inconvenientes”, “A lo Macho. Sexo, deseo y masculinidad” y “Eróticas Marginales. Género y silencios de lo (a)normal” (Editorial Fin de Siglo). Codujo Historias de Piel desde 1997 a 2004 por Del Plata FM y desde 2015 a 2018 por Metrópolis FM y sus programas pueden verse acá. Podés seguirlo por las redes sociales de Historias de Piel o por su canal de YouTube “Ruben Campero”, Facebook, Instagram y Twitter.

Escrito por
Más de Eme de Mujer

“Uruguayas Rebeldes”, el libro de Soledad Gago que reconoce a las pioneras

La autora reconoce y celebra la vida de las uruguayas que se...
Leer más