Historias de piel: Filmarse en la intimidad

Por  Lic. Ruben Campero*

La tecnología doméstica con sus ojos electrónicos hace ya tiempo que se ha instalado en un importante sector de la población, modificando comportamientos, placeres y deseos.

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Sobre todo cuando hemos concebido esa intimidad desde el advenimiento de la Modernidad, como un espacio material y simbólico que se encontraría separado de lo público. Un lugar de silencio y de experimentación de uno mismo y/o con el otro, en donde poder poner en juego otros aspectos de nuestra personalidad.

Al parecer en gran medida ya estamos siendo un “cybor”. Uno conformado por un entramado de metal, circuitos y carne mediante prótesis externas e internas, constituidas por celulares, marcapasos, tablets, ensamblajes metálicos de huesos, etc. Prótesis que amoldan nuestra subjetividad y cuerpos, confundiéndose con ellas, en torno a lógicas de lo instantáneo, lo mostrable, lo efímero y por tanto lo compulsivamente “registrable” a nivel audiovisual. Tensando la cuerda ética respecto a una cierta cercanía paradojal entre la inteligencia artificial y el zombie.

Tal vez hoy la distinción público-privado esté dejado de tener eficacia simbólica y social. En ese sentido, es posible que la desilusión de mucha gente respecto a la real eficacia de las propuestas colectivas y sus promesas de felicidad libertaria, haya provocado que la vida privada y “ordinaria” de otro se convierta en lo socialmente interesante, que los medios de comunicación se han encargado de amplificar.

Desde los 90 los Realities Shows nos han acostumbrada a sentarnos a la mesa familiar, para mirar por tv a una persona anónima y más “cercana” en términos identificatorios con el espectador, yendo al baño, cocinando o discutiendo de asuntos personales con su pareja, hijos o amigos.

Todo parece indicar que lo privado de alguien puede aspirar a la categoría de show. Esa misma producción hiper-cotidiana que por su propia cadencia inmanente y ordinaria, aunque íntima, cobraría valor para el ojo voyeur moldeado por una cultura de masas que goza mirando la vida de otros.

Un ojo que no es necesariamente concreto cuando hablamos de filmarse en la intimidad sexual, pero que se evidenciaría en la presencia potencial y simbólica de ese tercero que irrumpe imaginariamente a través de la cámara, por más que las escenas filmadas sean para uso interno. Poniéndose así en juego aspectos exhibicionistas funcionales a esta lógica de la puesta en escena, que atraviesa las vivencias personales de mucha gente en el contexto de la Posmodernidad.

Obviamente que filmarse teniendo sexo puede resultar algo divertido, y hasta ser una útil herramienta para salir de la rutina, jugar con lo exótico, seducir a otro y hasta fantasear con ser una estrella porno.

Sin embargo cuando la cámara participa desde esta lógica del show, la misma que las redes sociales provocan cuando logran que la gente cuelgue fotos o videos de lo que come en la soledad de su hogar tan sólo para obtener un “like”, es posible que el “vivenciar situaciones” quede demasiado afectado por el “producir escenas”

Por todo ello a la hora de filmarse en la intimidad, se debería considerar como influye en nuestra construcción de ideales eróticos, la estética y métrica porno que pulula por nuestro imaginario social y sexual. Teniendo claro que los cuerpos, las posiciones y los tiempos que se logran generar a través de la filmación casera, no van a ser los mismos a los que aparecen en las performances pornográficas.

Es importante a su vez que la concreción de la filmación de ese acto sexual se haga en el más estricto consenso. Permitir tal grabación de nuestra intimidad erótica sólo porque alguien quiere y presiona con diferentes manipulaciones, dejando entre ver que está cosificando al otro como objeto de exhibición escópica, evidenciaría un conflicto vincular de desbalance de poder, que puede llevar a una escalada de violencia.

Es de destacar que en una cultura patriarcal como la nuestra, cuando videos de relaciones hombre-mujer trascienden a lo público (sean o no de personas famosas) la sanción social pesa más sobre las mujeres y no sobre los hombres que allí aparecen, re-actualizando el mito de la puta en torno a lo sexual y naturalizando una forma hegemónica de sexualidad masculina.

Está demás hipotetizar la cantidad y tipo de enunciados prejuiciosos y violentos que se suscitarían si el video “filtrado” exhibe una relación entre dos hombres. No así si se trata de dos mujeres, en tanto que el machismo reinante utilizará tal producción como estimulante sexual para hombres heterosexuales, “des-lesbianizando” el lesbianismo como estrategia política hetero-patriarcal.

Por otra parte el éxito de los videos de “entre casa” ha determinado una demanda de pornografía llamada “amateur”, de la cual no se pueden tener ni las más mínimas garantías de que las personas que ahí aparecen no están siendo explotadas.

Por tanto, filmarse en la intimidad sexual como algo exótico, extraordinario, como algo para jugar y compartirlo con quien uno quiera, resultaría algo enriquecedor siempre y cuando no haya presión para hacerlo, y que la vivencia no sea sustituida por una puesta en escena, por un show que obtiene su goce exclusivamente de impactar al otro y conseguir de él un “like”.

*Ruben Campero es Psicólogo y Sexólogo. Es además docente y autor de los libros: “Cuerpos, poder y erotismo. Escritos inconvenientes” y “A lo Macho. Sexo, deseo y masculinidad” (Editorial Fin de Siglo). Conduce Historias de Piel, programa que se emite martes y jueves a la hora 21.00 en Metrópolis FM, 104.9. Podés escucharlo y además enviar tus opiniones, testimonios y consultas vía twiterfacebook  o Instagram.  Sus programas pueden verse acá.

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