Historias de Piel: Orgasmos de manual

Lic. Ruben Campero*

En “Rugrats. Aventuras en pañales”, la inigualable serie animada de Nickelodeon de los 90 y gran parte de los 2000, Didi, la madre de Tommy, solía consultar obsesivamente el libro de consejos pediátricos y puericultura del llamado “doctor Lipschitz” ante cada situación que su hijo les presentaba.

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Con ello se establecía en claro plan de crítica, esa tecnificación y “manualización” de los cuidados parentales, que no sólo estimulaba (y estimula) a madres y padres a pararse dudosos y desconfiados de sus propias intuiciones y aprendizajes singulares surgidos de la interacción con sus hijos, sino que también continuaba con la tradición de medicalizar principalmente la maternidad. Aspecto que se reitera por ejemplo en la violencia obstétrica, cuando dicha medicalización “moldea” el cuerpo y la subjetividad de mujeres a través de prescripciones técnicas sobre cómo “se debe proceder” por ejemplo en el momento del parto, de forma tal de adaptarlas a los requerimientos de un determinado dispositivo de atención de la “salud”

Hoy por hoy son muchos los discursos y mensajes que acribillan particularmente las singularidades femeninas con un sinnúmero de consejos sobre las maneras adecuadas de vivir sus propias vidas, dibujando un mundo plagado de problemas para los cuales, ya sea la voz de algún gurú de turno, un fármaco, un producto estético o una advertencia para estar siempre alertas ante posibles inestabilidades en sus vínculos, traerán cuan príncipe encantado el justo “rescate” que “toda” mujer desea. Tales “consejos”, en alianza con un mercado diseñado para crear inseguridades y frustraciones femeninas (y por tanto mayor número de consumidoras), muchas veces no surgen para acompañar procesos, sino más bien para expropiar y alienar a las mujeres de sus modos singulares de encarar sus realidades concretas y encontrar estrategias de afrontamiento acordes.

Desde las pastillas que “psicofarmacologizan” la existencia de muchas mujeres que no logran “calmarse” y apropiarse de sus voces de protesta ante vidas que no logran habitar, pasando por recetas “rápidas y fáciles” (conductuales o químicas) para ser bella, sexy y feliz, logrando de esa manera retener a un hombre en calidad de pareja que tal vez ni siquiera se esté deseando, hasta las aplicaciones que desde aún primitivos algoritmos indican cuales son los propios deseos y las posibilidades de compatibilizar con “el adecuado”.

Desde un porno soft que se vende como pan caliente para que las mujeres justo a partir de ello “identifiquen” eso que “siempre han deseado” y que no lograban darse cuenta o no se animaban a enunciar (hasta que se lo presentaron en formato de libro o película), pasando por un porno clásico que enseña a tener un “real” y “buen” sexo (sobre todo para satisfacer a otros), junto a los actualizados mandatos de cómo ser una rendidora madre, esposa, trabajadora y puta que goza de la vida, hasta los entrenadores psicológicos y espirituales que a través de sentencias obvias refritan productos basados en los anhelos de encontrar narrativas que nos aporten sentidos y que nos vendan vidas predecibles y con finales felices.

Si bien todo esto puede constituirse en herramientas que ayuden a transitar mejor la propia vida, la manera idealizada desde la cual se ofertan y por tanto son compradas, no hace más que alienar a las mujeres y al resto de los consumidores del contacto con lo que sienten que les sucede y necesitan. De esa manera se produciría un distanciamiento crónico de toda posibilidad de hacer silencio interno para tomar los aprendizajes que surgen de la propia experiencia en vínculo con otros, sin tener que necesariamente “aferrarse” a lo que dice alguien desde un lugar si bien técnicamente válido, no siempre ajustado a lo que esa persona debe procesar.

Ante los dinamismos propios de los tiempos actuales es posible que se sienta que la vida se torna especialmente “pesada” y que no se puede con todas sus exigencias. Pero buscar idealizadamente un nuevo “papá” que venga a decirnos como es la vida y como hay que vivirla, podrá en principio sentirse como algo cómodo, pero tarde o temprano la infantilización que ello implica (algo que el mercado, los líderes religiosos y fundamentalistas, y los actuales gobiernos radicalizados lo saben muy bien) generará una sensación crónica de insatisfacción, miedo y baja auto estima, que llevará a mantener una relación de dependencia para con ese “mensaje salvador” que se supone alguien tiene, y que se puede adquirir comprando la ilusión de obtener su “guía” y “amparo”.

La sexualidad y erotismo en general y femenino en particular, es un área privilegiada para recibir el “ataque” de todo este tipo de discursos que en varias ocasiones venden útiles herramientas, aunque en muchas otras el asunto no pasa de mero “humo”. Los mensajes sociales no paran de hostigarnos con la obligación de ser feliz, de “aprovechar” los momentos y disfrutar del placer que brinda la sexualidad. Algo evidentemente muy positivo, de no ser que el modo prescriptivo de imponer bienestar genera en mucha gente sentimientos de culpa crónicos por no poder estar “a la altura” de las exigencias de placer sexual, que según las puestas en escena que se realizan desde las redes sociales, todo el mundo estaría disfrutando en la siempre dispuesta y supuestamente democrática fiesta global.

Por tal motivo los mensajes que brindan recetas de manual para “solucionar” problemas de la vida y gozar de la sexualidad no paran de fabricarse. Algo que por ejemplo ocurre con el recurrente tema de métodos y pasos ofertados para lograr el orgasmo, sobre todo en mujeres que se vinculan sexualmente con hombres. Todo ello si bien aporta guías para manejarse de manera práctica con situaciones concretas, a largo plazo y en el contexto de una reflexión crítica sobre la manera en que finalmente se querría ir viviendo la propia vida y sexualidad, creer que en 3 simples y fáciles pasos se logra “comprar” la certeza de sentirse mejor o alcanzar un orgasmo, no haría más que demostrar que el efecto de alienación del mercado sigue logrando su cometido.

Creer que en tales pasos o recetas de manual se encuentra una certera autoridad que sabe de una manera superior a la persona sobre sus propios intereses, no hace más que enajenarla de la captación de sus sensaciones y capacidad de auto agenciamiento, de forma tal que crea necesario siempre renovar la compra del “kit” de herramientas emocionales, actitudinales y sexuales para rendir como una auténtica “mujer prevenida y funcional a las exigencias actuales”. Algo que finalmente no enseña ni acompaña en los procesos personales y de colectivo, sino que impone un adoctrinamiento que debe cumplirse con cara de felicidad (ya que es por “su bien” y “su salud”), lo cual no hace más que reciclar los viejos mandatos de la ideología de género femenina que construye cuerpos y subjetividades “dóciles”, mediante el hacer sentir culpable a las mujeres por no cumplir con lo que de ellas se espera.

Que una sexualidad más sana, sincera y con ganas reales de disfrutar en contacto con otro/s se logra por cumplir con determinadas reglas o pasos de manual, puede que sea una posible forma de sortear obstáculos concretos, tal vez como creía la mamá de Tommy cuando consultaba a cada rato los consejos del Dr. Lipschitz. Pero ello jamás podría sustituir aquello que se dispara y se genera cuando se transita un proceso de movilización personal al intentar mirar hacia aspectos sentidos como más singulares, y sin atender tanto a las seductoras ofertas que conminan a comprar y lograr orgasmos de manual.

*Ruben Campero es Psicólogo, Sexólogo y Psicoterapeuta. Es además docente y autor de los libros: “Cuerpos, poder y erotismo. Escritos inconvenientes”, “A lo Macho. Sexo, deseo y masculinidad” y “Eróticas Marginales. Género y silencios de lo (a)normal” (Editorial Fin de Siglo). Codujo Historias de Piel desde 1997 a 2004 por Del Plata FM y desde 2015 a 2018 por Metrópolis FM y sus programas pueden verse acá. Podés seguirlo por las redes sociales de Historias de Piel o por su canal de YouTube “Ruben Campero”, Facebook, Instagram y Tweeter.

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