Historias de Piel: Sexo y calor, ¿re-creación o ilusión “hot” de libertad?

Por Lic. Ruben Campero*

Con el calor llega el aumento de la temperatura, la mayor exposición a la luz solar, la poca ropa y un clima de vacaciones más o menos generalizado. Un momento en el cual el erotismo y el deseo sexual suelen verse incrementados, además de exaltados, a raíz de ciertos cambios en el comportamiento que responden al imaginario social en torno a esta estación.

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Dicho imaginario veraniego implicaría expectativas de ocio y tiempo dedicado al disfrute (incluso aunque no se puedan tomar vacaciones durante ese período), de forma tal de no concentrar tanto la energía en las actividades económico-productivas como se hace durante el año, las cuales requieren mayor grado de racionalidad, estrategia, sublimación y control de los impulsos.

A su vez la posibilidad o expectativa de “hacer nada”, o de tener tiempo para disponer del “propio” tiempo, ampliaría las chances de poder “aburrirse” y por tanto de hacer más contacto con el cuerpo y con placeres primarios. Ello llevaría a “oír” aquellos impulsos que requieren satisfacción más directa e inmediata, entre ellos gran parte de los sexuales.

De esta forma el verano es asociado (y así vendido por el omnipotente gran mercado) a situaciones de fiesta, descarga de tensiones, no postergación de satisfacciones, descanso, consumo sin miramientos y canilla libre de endorfinas.

Es en el verano que mucha gente se toma su “licencia” del trabajo. Palabra que por significar “permiso”, sugeriría la habilitación a una especie de “carnaval” en el sentido cristiano de facilitación pagana para la orgía o “fiesta de la carne”. Un consentimiento a vivir un momento acotado en el cual está “permitido” consumar deseos reprimidos (sexuales o no) que posibiliten seguir generando la ilusión de una “libertad”, la cual se presentaría paradojalmente como el efecto de un “permiso” por haber “cumplido” con el deber.

No por casualidad mucha gente pasa todo un año padeciendo estructuras laborales insalubres y alienantes (no sólo en lo económico), pudiendo “tolerarlo” gracias a que es acribillada con ofertas de consumo que le prometen un justo descanso como premio (consuelo) al sacrificio propio de un buen ciudadano adaptado. Ello a su vez refuerza la idea generalizada de que la vida productiva “naturalmente” se organiza en 11 meses y medio de trabajo a cambio de 15 días de “esparcimiento”

Es así que las promesas de placer depositadas en el verano predisponen a tomar contacto con experiencias nuevas y excitantes, con la intención de que convoquen aspectos poco o nada expresados o explorados de lo que cada quien “cree ser” (y que el entorno inmediato le refuerza durante el año)

Obviamente que estas exploraciones “guiadas” hacia la libertad que implica estar lejos del “yugo” laboral, se harían de manera medianamente “segura”, a raíz del carácter excepcional y temporal de dichas experiencias. Ello permitiría tener la certeza de que se va a poder volver a la vida que se aprendió a reconocer como propia, una vez terminadas las vacaciones y/o el verano.

Lo dicho depende, claro está, de factores socio-económicos y etarios que habiliten o no el acceso a estos ofertados paraísos de placer, como una de las tantas variables de inclusión y exclusión que hay que considerar ante lo que se plantea como “deseable” para todas las personas.

Por otra parte el exhibicionismo y voyeurismo socialmente permitido durante el verano, habilita el estallido de toda una cultura erótica estival: adornos, colores, aventuras, bailes, emociones intensas, energías corporales vinculadas al despojo, etc. Ello produciría un aumento en las expectativas sexuales que se tienen de los vínculos, tanto sean los ya existentes como aquellos a generar.

De la misma manera que suele aumentar la frecuencia de contactos casuales, o de relaciones muy intensas afectiva y eróticamente, las cuales en muchas ocasiones logran tal nivel de intensidad gracias a que tienen fecha temprana de “caducidad”, constituyendo lo que llamamos “amores de verano”

Como muchas veces el verano coincide con las vacaciones, es posible creer que las mismas permiten “desenchufarse” y “recargar” energía, como forma de poder encarar el período de trabajo venidero. Según estas expresiones, los cuerpos y sus energías serían concebidos y administrados al estilo de una máquina a batería, que debe rendir de acuerdo determinados parámetros de productividad.

Con ello, tal vez, puede que se esté reforzando una construcción social hegemónica sobre el sujeto “promedio” en función del trabajo, y de acuerdo a lógicas estrictamente mercantiles del ciclo de producción y consumo que naturalizan distintas modalidades de explotación.

Debe recordarse que las formas actuales de organización del trabajo productivo, suelen troquelar en gran medida la subjetividad y la administración del tiempo. Es por ello que mucha gente no sabe qué hacer cuando tiene tiempo “libre”, o se siente culpable por “perder” el tiempo. Con ello estaría evidenciando que no sabe qué hacer cuando está consigo misma, en tanto que la tarea productiva (complementada por otros avatares de su historia personal) finalmente la ha tornado su propia “extraña”, lo cual no es más que otra forma de decir “alienación”

Evidentemente que el ser humano no “funciona” en base a un sistema de rendimiento, desgaste y reparación. La tarea productiva debería armonizarse con otras tareas que permitan a las personas hacer silencio interno y externo, como forma de evitar la alienación y masificación, estimulando la posibilidad real de divertirse a través de propuestas lúdicas y placenteras que incluyen también el sexo sin importar los restrictivos parámetros morales de “normalidad”

Pero un sexo no necesariamente desenfrenado por las aparentes urgencias veraniegas reforzadas por el folklore local, lo cual construiría la idea de una suerte de perro “instintivo” y con impulsos auténticos, que hace lo que realmente siente, ya que finalmente “se le soltó la cadena”.

Sino un erotismo que aprovecha nutrirse con los sonidos que trae la presencia en silencio interno y en contacto con otros, para acallar, aunque sea por un rato, los estruendos del sexo fast y sus promesas de felicidad instantánea. Tal vez dicho silencio sugiera volcarse a la fiesta y el desenfreno, pero en ese caso se tendrá cierta garantía de estar haciendo algo que surge de la propia singularidad, y que no busca tan sólo “llenarse” con la obtención de placer mediante estimulantes sociales y químicos.

Pero si el verano y las vacaciones (así como una cultura de rendimiento, éxito y logro de performances de apariencia de “felicidad” y “placer”) se constituyen en meras maneras de “desactivarse” para “descansar” o “evadirse”. O en su defecto se presentan exclusivamente como la venta de ilusiones “hot” de libertad enlatada y pre-fabricada, a través de aventuras sexuales novedosas, extraordinarias y exóticas que deben cumplir con su promesa de “refreshing” de la vida, la cual no es posible realizar durante la vida ordinaria y cotidiana.

Si todo eso es realmente así, el pretendido placer y diversión veraniega no permitiría la posibilidad de tomar contacto con la diversión en re-creación, en el sentido de volverse a crear e inventar en cada acto de placer vivido. Y la tarea productiva, por más vocacional que sea, continuará polarizada como lo “pesado” respecto a ese supuesto descanso y “liviandad” que vendría en los efímeros 15 o 20 días de “licencia”

*Ruben Campero es Psicólogo y Sexólogo. Es además docente y autor de los libros: “Cuerpos, poder y erotismo. Escritos inconvenientes” , “A lo Macho. Sexo, deseo y masculinidad” y “Eróticas Marginales. Género y silencios de lo (a)normal”  (Editorial Fin de Siglo). Conduce Historias de Piel, programa que se emite martes y jueves a la hora 21.00 en Metrópolis FM, 104.9. Podés escucharlo y además enviar tus opiniones, testimonios y consultas vía twiterfacebook  o Instagram.  Sus programas pueden verse acá.