Historias de Piel: Sobre amores prohibidos

Por Lic. Ruben Campero

Cuando hablamos de lo prohibido tendemos a asociarlo con lo indebido, es decir con aquello reprobado moralmente por el colectivo social que si no es respetado desencadenará algún tipo de sanción o castigo. Si lo aplicamos a lo erótico y amoroso, palabras como represión, culpa, censura, tabú, pecado, castigo, etc. es posible que vengan a nuestra cabeza, aunque también puede que lo hagan otras tales como inalcanzable, morbo, furtivo, misterioso, adrenalínico, riesgoso, irresistible.

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La prohibición no sólo apuntaría a evitar la consumación de determinados actos o deseos amoroso-sexuales, sino que por el hecho de que dicha prohibición es enunciada, una de sus principales funciones sería indicar que esos deseos efectivamente existen en las profundidades de las pasiones humanas, y que por tal razón se justifica su regulación “racional” a través de la puesta de límites, en pro del bien común y la preservación de un orden social.

El problema con esto es que no se explicita cuales son las concepciones de “erotismo”, “normalidad”, “pasión”, “salud”, “moral” o “bien común” que determinan la prohibición, haciendo creer que esa regulación responde a un orden universal despojado de cualquier dimensión ideológica, discursiva, social, histórica y política de construcción y administración de cuerpos, creencias, deseos y prácticas a nivel poblacional.

Hasta no hace muchos años en Uruguay, las normas de interacción social pública (esas que aparentemente no las impone nadie, pero que acatamos y exigimos que se cumplan sin darnos cuenta) prohibían el beso entre hombres (no así entre mujeres) como saludo social. Ello no sólo apuntaba a impedir el acto, sino que sobre todo se encargaba de informar y prescribir a cada paso que era lo esperable de un hombre y su interacción con otro, reafirmando así los valores homofóbicos de la masculinidad hegemónica sin decirlo directamente.

A su vez la propia existencia de la prohibición estaba también sugiriendo que había algo “peligrosamente homosexual” en el beso social entre hombres, lo cual amenazaba con “deslucir” el “orden” logrado.  De esa forma se justificaba la existencia reguladora de la prohibición de forma tal que pudiera custodiar la decencia pública de la sexualidad masculina heterosexual. También indicaba, sin hacerlo explícito, que “lo normal” es una masculinidad que nada tiene de afectivo y/u homosexual, y que para probar(se) que eso es “natural”, todos los actores social deberían estar paranoicamente alertas para que nada homófilo “emergiera” o “irrumpiera” en los gestos y prácticas coloquiales entre hombres.

Cabe destacar que prohibido forma parte de una regulación que también opera poniendo límites a la expansión egoísta de lo individual, lo cual ayuda a la consideración del otro, evitando el abuso y la violencia. Pero cuando eso prohibido se impone sin más, pretendiendo ser la voz de un orden natural y sin explicitar sus condiciones discursivas e ideológicas de producción, nos encontramos ante una hegemonía que sólo puede demandar sumisión y acatamiento, antes que diálogo y negociación para con las prescripciones prohibitivas.

Una hegemonía que como vemos no sólo reprime, sino que induce a creer que la prohibición marca ese lugar en donde se localizaría una pasión erótica “arrolladoramente auténtica”, que sin embargo deberá ser retenida y resignada en nombre de un orden “mayor”.

Este discurso perverso típico de la prohibición sexual y la censura de nuestras sociedades de control como diría Michel Foucault, ha dejado la “mesa tendida” para que se sirvan de ella las más variopintas neurosis de amores y erotismos en tensión, que engullen sin parar orgías de goce agridulce.

Dichos banquetes orgiásticos serían generados por los trueques masoquistas entre el ansia anhelante de desear aquello que aprendimos a ver como pasionalmente arrollador (pero que sin embargo vive en las inalcanzables tierras de lo prohibido), los sentimientos de culpa por desearlo y querer hacerlo, la angustia por el terror al castigo si se llegara a “cometer el acto”, y el placer secreto e infantil de fantasear con burlar las normas que llevarían a la finalmente ilusoria “libertad” de la transgresión. Tal vez porque lo que llamamos “libertad” pueda no ser más que una estrategia que el poder ya tenía programada para vendernos como píldora de la felicidad.

En este panorama de proscripciones sexuales generadoras de neurosis y de miles de historias de amores imposibles y peligrosos, las pasiones prohibidas suelen generar mayor grado de intensidad erótica en tanto juegan con el límite y el desafío a la autoridad que impuso esa prohibición. Esto haría creer que más allá de las fronteras de lo prohibido estaría lo sexual y amorosamente más placentero. Aún así se seguiría circulando en un terreno que ha sido previamente mapeado por la autoridad y el sistema de control que impuso la prohibición, el cual sigue determinando cuando es que se estaría en el territorio “permitido” o en “el otro”

A su vez desear o vivir lo prohibido obligaría a permanecer en un romántico universo de lo privado y oculto, que aparentemente sobreviviría en forma pura a las contaminaciones de los mandatos sociales que exigen formatos a cumplir para hacerse legibles y admisibles socialmente. En la medida en que algo se juega por fuera de las reglas sociales “permitidas”, la sensación puede ser que ahí se puede transitar bajo “otras” reglas y dar rienda suelta a la creatividad y a aspectos de la personalidad que en lo público suelen quedar más constreñidos por los mandatos.

Evidentemente no es posible pensarnos sin regulaciones sociales. Tal vez lo importante sea entender dichas regulaciones como formas específicas de cada época y lugar, tratando de ver como incide en nuestro erotismo (y en los tipos de relaciones y amores en los que nos metemos) aquello que se nos presenta como prohibido. Es posible que muchas veces estemos jugando al pie de la letra con las reglas del poder, y eso que sentimos tan irresistiblemente erótico (o ese amor jamás antes experimentado) por prohibido, lo es simplemente porque así aprendimos a creerlo y comprarlo. Recordemos al respecto todo lo que mueve la industria al ofertar lo que está “por fuera” de lo permitido.

Claro que otras veces puede que nuestra exploración consciente y responsable también por lo prohibido no sea meramente para obtener placer neurótico con la transgresión, sino que intente explorar otras facetas de nuestro ser para expandir en algo el terreno, y sobre todo apropiarnos en alguna medida del mapa que nos han impuesto como “verdad” sobre dicho territorio en el que discurre nuestro erotismo y nuestros amores por otros.

*Ruben Campero es Psicólogo y Sexólogo. Es además docente y autor de los libros: “Cuerpos, poder y erotismo. Escritos inconvenientes” , “A lo Macho. Sexo, deseo y masculinidad” y “Eróticas Marginales. Género y silencios de lo (a)normal”  (Editorial Fin de Siglo). Conduce Historias de Piel, programa que se emite martes y jueves a la hora 21.00 en Metrópolis FM, 104.9. Podés escucharlo y además enviar tus opiniones, testimonios y consultas vía twiterfacebook  o Instagram.  Sus programas pueden verse acá.

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