Historias de Piel: El cuerpo y la desnudez

Por  Lic. Ruben Campero*

A nivel evolutivo la especie humana perdió gran parte del pelo corporal. Es así que la vestimenta, al oficiar inicialmente como cobertura ante el frío, se hizo foco de aspectos culturales no sólo en referencia a la moda, sino también en lo que tiene que ver con “tapar” nuestra desnudez, al menos en gran parte de Occidente.

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Una desnudez que se concibe sólo en función de si los genitales, las nalgas y las mamas son visibles a nivel público, en tanto que otras partes del cuerpo tales como cara, piernas, pies, brazos, manos, espalda, etc. podrán exhibirse ante las personas sin mayores problemas en función de los contextos, ya que no es lo mismo estar en traje de baño en una playa que en un museo.

El desnudo puede tener un sentido erótico, artístico, espiritual-religioso, médico, político, estético, etc. Pero el valor sagrado o más bien “tabuizado” que se le otorga, haría que la desnudez remita a lo auténtico, a la expresión externa del ser interior. A algo esencial, puro o profundo.

Por otra parte el desnudo apelaría a la intimidad, a la vulnerabilidad de alguien, a la expresión de algo del orden de lo privado, que si se exhibe sin consentimiento de otros en espacios públicos, puede incluso constituir un “atentado violento al pudor”.

Cabe destacar que la antigüedad griega exaltó la desnudez como ideal de belleza, así como que la valoración por el desnudo se rastrea hasta la Prehistoria, tal y como evidencia la estatuilla denominada “Venus de Willendorf”. Lo mismo que muchas culturas por fuera de Occidente nunca han sentido la necesidad de “tapar” sus cuerpos.

Sin embargo la tradición judeo-cristiana a través de su mito de origen, homologó el haber cometido el pecado original por acceder al conocimiento a través de la desobediencia a la deidad, con la vergüenza culpógena por la desnudez producto de haber perdido la inocencia por pretender “saber”, al cual la tradición generalizó en un saber sobre lo sexual.

El desnudo posee también un sentido político, en tanto es tomado como representación de esa vulnerabilidad que tornaría a un cuerpo en mera materia desprovista de metáfora, dejándolo “desnudo” de toda consideración o amparo. Una ausencia de metáfora que especistamente justificamos para que los animales no humanos sean maltratados y torturados como “cosas” no sintientes.

En ese sentido el filósofo Giorgio Agamben habla de “la vida denuda”, para referirse a formas devaluadas de concebir la diferencia que representa el otro, explicando así el tratamiento que el pueblo judío, especialmente desde la materialidad “desnuda” y sin metáfora de sus cuerpos, recibiera en los campos de concentración.

Algo que por cierto podría aplicarse a los tratamientos que reciben los cuerpos en muchos regímenes dictatoriales, incluido el silencioso infierno cotidiano en el que viven tanto cuerpos humanos como no humanos, mientras son explotados para satisfacer nuestras “impúdicas” ansias de consumo.

Por otra parte el desnudo suele ser objeto de la censura, la cual además de plantear sin maquillaje la imposición del poder (al “cortar” escenas, “modificar” contenidos, “tapar” o “eliminar” producciones de otros, etc.), fabrica además criterios morales de cuales son aquellas zonas corporales mostrables y cuáles no, desde argumentaciones siempre discutibles. Mucho más cuando no se aplican de la misma manera en la exhibición de sangrientos actos violentos (ficcionados o no) que suelen registrarse en medios de comunicación.

Es entonces que desde la censura se elabora también una economía erótica de la desnudez, la cual confecciona lo que debe vivirse como “más sexual” o ya “porno”, en función de su prohibicionista acto de “tapado”. Todo lo cual resulta funcional a un mercado, ese que gracias a la censura puede vender a un elevado precio todo lo que en otros ámbitos no se puede mostrar.

Las mujeres por su parte, en tanto que aún objetos simbólicos de intercambio, son “manufacturadas” corporalmente a través de su desnudez tanto exhibida como insinuada. Con ello se logra tutelar y expropiar dichos cuerpos a través de estereotipos femeninos de lo estético y erótico, legislando lo que ellas pueden mostrar, así como cuanto, cómo, a quienes, en qué contexto, con qué significado y desde que cotización de mercado sus cuerpos desnudos serán patriarcalmente evaluados.

Cuerpos desnudos de mujer que aún son utilizados cuan “nuda vida” como carnada para el consumo, y por tanto cosificados como propiedad al permitir naturalizar la violencia que sobre ellos se ejerce.

Aspecto que no ocurre con el desnudo de un hombre, ya que se entiende que lo masculino “dota” a un cuerpo de toda metáfora posible (al menos en comparación con lo femenino), impidiendo que sea cosificado eróticamente en su desnudez por la mirada pública, y en particular por la de las mujeres. No así cuando quien mira la desnudez de un hombre con fines eróticos y/o de dominación fálica erotizada es otro hombre.

El desnudo a su vez suele ser objeto de vergüenza producto no sólo de inhibiciones personales, sino también a raíz del hostigamiento que generan los estereotipos de belleza. Esos que apuntan más sobre lo femenino, aunque poco apoco van colonizando mercantilmente los ideales estéticos masculinos, al menos en ciertos sectores sociales.

En ese sentido el “pudor” que la tradición machista ha exaltado como cualidad femenina, suele jugarle malas pasadas a las mujeres que desean tener relaciones sexuales sin estar pendientes todo el tiempo de cómo lucen, huelen o suenan, mientras están siendo vistas en su desnudez, sobre todo si quienes las acompañan son hombres.

Dichas inhibiciones aprendidas generan trabajo psíquico y vincular en muchas mujeres, cuando estas intentan tener sexo con luz, sin taparse, sin estar pendiente de los “rollos” o celulitis, y sin temor a ser mal evaluadas por su cita (lo cual pudiera determinar que deje de desearlas y decida no volver a llamarlas).

Mujeres que finalmente intentan apropiarse de sus cuerpos y su desnudez, como condición para el placer en autonomía, y como requerimiento imprescindible para concentrarse en lo que desean y no sólo en el ser deseadas. Logrando así ir encontrándose consigo mismas tanto en lo individual como en la relación con otros.

*Ruben Campero es Psicólogo y Sexólogo. Es además docente y autor de los libros: “Cuerpos, poder y erotismo. Escritos inconvenientes” y “A lo Macho. Sexo, deseo y masculinidad” (Editorial Fin de Siglo). Conduce Historias de Piel, programa que se emite martes y jueves a la hora 21.00 en Metrópolis FM, 104.9. Podés escucharlo y además enviar tus opiniones, testimonios y consultas vía twiterfacebook  o Instagram.  Sus programas pueden verse acá.

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