Lo que está entre las piernas: Las mujeres y sus genitales

Por Lic. Ruben Campero

Mística, tabúes, mandatos, rituales. Mucho hay y ha habido en torno a los genitales de las mujeres en las diferentes culturas. En general los discursos se han centrado en los genitales internos, en tanto el valorado capital que implica la maternidad y la producción de hijos e hijas.

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Existe un permiso social para hablar de útero, trompas, ovarios, vagina, pero… ¿qué pasa con los genitales externos? ¿Qué pasa con la VULVA? Esa zona entre las piernas de las mujeres que nada tiene que ver con lo reproductivo y mucho con lo erótico. Una zona en la cual se localiza nada más ni nada menos que el clítoris, un órgano cuya única función es la de dar placer ¿Cuántas veces usamos la palabra “vulva”? ¿Cuánto nos permitimos expresarnos legítima y visiblemente sobre el placer de las mujeres?

Órganos Invisibles
La vulva es una estructura anatómica compuesta por los labios externos, los internos, el monte de venus, el vestíbulo (donde aparece el meato urinario y la entrada de la vagina) y el clítoris.

En el lenguaje cotidiano en general la vulva no aparece, y muchas personas ni siquiera conocen esta palabra. Para nominar los genitales externos de las mujeres muchas veces se utilizan “malas” palabras o eufemismos, que no hacen más que invisibilizar a la vulva ya que se piensan a dichas palabras como sinónimos de “vagina”.

Si hiciéramos un ejercicio mental y pensáramos en todos los nombres que conocemos para llamar al pene, y en todos los que conocemos para llamar a la vulva, veríamos que a nivel de nuestro léxico contamos con más palabras para referirnos al pene que a la vulva. Veríamos también que muchas de las nominaciones que la vulva recibe son más bien peyorativas y asociadas a lo sucio, y que muchas veces participan en frases que se utilizan para insultar.

Todo esto ya nos va dando pautas de cual es el lugar que los genitales y el cuerpo de las mujeres tienen en el lenguaje y por tanto en la cultura. Un lugar construido principalmente desde lo reproductivo y coital (ya que solo se habla de la vagina) y desde la imposibilidad de ocupar una posición legítima, apropiable y con identidad especifica, como sí lo hace el pene para el imaginario social.

Cuando se les explica a niñas y niños las diferencias binarias entre los sexos, muchas veces se les dice: “los hombres tienen pene y las mujeres no”. Pero ¿qué tienen entonces la mujeres entre las piernas? y ¿porqué son presentadas desde la falta, la carencia? ¿Cuál es el “miedo” o dificultad en llamar “vulva” a los genitales de una niña, en los casos en que se conoce dicha palabra?

De acuerdo a esto último ¿Será que la expresión “vulva” suena muy “adulta” y por tanto “erótica”, y eso no puede ser concebido al referirse al cuerpo de una niña? Si así fuera, debemos recordar que niñas y niños poseen toda una expresión erótica propia de la sexualidad infantil. Además ese mismo razonamiento no se hace cuando se trata de los varones, a los cuales no sólo se les hacen alusiones exclamativas y gestos sobre su pene, sino que además hay todo un discurso familiar en torno al valor erótico de dicho órgano, cosa que no sucede con la vulva de las niñas. Ejemplo de esto son los chistes y comentarios que se hacen en la familia sobre el tamaño del pene o el escroto del bebé, o cuando tiene erecciones.

Otras veces es posible escuchar que se les dice a niñas y niños: “los hombres tienen pene y las mujeres vagina”, con lo cual se evidencia el permiso social del que hablábamos (poder hablar de los genitales internos en tanto su función para la reproducción), y se invisibiliza en un acto del lenguaje a la VULVA. Recordemos además que la vagina es un órgano interno y no se ve, por tanto para un/a niño/a es muy difícil concebir algo que no tiene materialidad visual.

O peor aún, algunas/os adultas/os enseñan a sus hijas a llamar a su vulva “cola” o “cola de adelante”, negando e invisibilizando nuevamente los genitales externos, y creando confusión en la imagen corporal de muchas niñas. Con dichos mensajes se estaría condicionando para el futuro adulto de esa niña su auto estima y su valoración emocional-sexual de su identidad y su cuerpo. Recordemos además que “cola” se asocia con “ano”, y la “caca” que de él sale es concebida culturalmente como algo “sucio” y por tanto merecedora de “asco”.

Cuerpos secundarios
Y mientras tanto el órgano que siempre se menciona es el pene. Él es omnipresente en el lenguaje y el imaginario social, gracias a su ubicación externa y visible en el cuerpo, y al valor que culturalmente se le da como falo.

Pero ¿cómo se introducen en el lenguaje los genitales de las mujeres? Como vimos a veces ni nombre tienen, y otras solo son representados por la vagina. Al respecto es interesante observar que la palabra “vagina” viene de “vaina”, y una vaina se define por su función de alojar un objeto en su interior (por ej. la vaina de un cuchillo) cumpliendo tan solo un rol secundario. De hecho es posible encontrar definiciones de vagina como “órgano que aloja al pene”

¿Es que acaso los genitales de las mujeres son representados y definidos en función del pene que les podría entrar? Las mujeres que no se erotizan con la penetración vaginal (como por ejemplo las mujeres que desean a otras mujeres, u otras que optan por prácticas sexuales no penetrativas) ¿no tienen vagina entonces? ¿Tiene por tanto la vagina (así definida) una identidad propia más allá del pene?

Al parecer la anatomía genital de las mujeres ha sido pensada desde una perspectiva masculina específica, y de eso el lenguaje es una prueba muy clara. Fueron hombres los primeros anatomistas que pusieron nombre a los órganos (y el acto de “dar nombre” no está exento de ideología), los mismos que consideraban a las mujeres como hombres inferiores y vueltos al revés (como planteaba Aristóteles, Galeno y el propio Vesalio siglos después), es decir que sus penes y testículos habían quedado atrofiados en el interior del cuerpo. No por casualidad hasta no hace mucho tiempo se podía leía en libros de anatomía la definición de clítoris como “pene atrofiado”.

Lamentablemente no es necesario irnos al inicio de nuestra era para comprobar que el cuerpo de las mujeres sigue siendo construido a “imagen y semejanza” de los deseos del hombre masculino hegemónico. Aún se escucha decir “la hizo mujer” cuando un hombre desgarra el himen de su compañera. O aceptamos que un hombre pueda referirse a su pareja mujer como “mi mujer”, y que ella no pueda decir “mi hombre” a riesgo de ser vista como “puta”. O naturalizamos que una mujer diga que se “hizo las tetas” como regalo para su marido. Parece que los hombres “hacen” mujeres y por tanto les pertenecen.

En definitiva, construida nuestra cultura sobre un mito de origen en donde la mujer deviene del cuerpo de hombre, de su costilla más exactamente, seguimos considerando a las mujeres y sus cuerpos como secundarios, y por tanto pasibles de modificación de acuerdo a las demandas del mercado de deseos masculinos hegemónicos.

Visibilidad e Identidad propia
Las consecuencias sobre las vidas de las mujeres de esta negación de la vulva, y de esta construcción como “cuerpos secundarios” (a partir de una mirada masculina particular que se hace pasar por general de la sociedad) han sido muchas: Sentir rechazo o asco a mirarse sus propios genitales con un espejo, y por tanto un total desconocimiento de su anatomía. No llegar al orgasmo por penetración vaginal por creer que sólo así se puede gozar, desconociendo la existencia del clítoris o teniendo reprimido su acceso. Dificultades para masturbarse legítimamente sin sentimientos de culpa, creyendo que hay que introducirse cosas en la vagina como única posibilidad para “consolarse”. Prohibiciones ideológicas y legales a disponer sobre el propio cuerpo, etc.

Ya en 1949 Simone de Beauvoir nos planteaba en su libro “El segundo sexo”:

“No se nace mujer, se llega a serlo. No hay ningún destino biológico, psicológico o económico que determine el papel que las mujeres representan en la sociedad. Es la civilización como un todo la que produce esa criatura intermedia entre macho y eunuco, que se califica como femenina”

Mucho ha sido el trabajo de los movimientos de mujeres en este camino de constituirse en mujeres, y desde ahí en sujetos visibles, autónomos, diversos. Constituirse en mujeres definidas por sus propios parámetros y no por los masculinos hegemónicos.

Mucho se ha logrado en lo económico, erótico, político, reproductivo, doméstico, etc. Pero aún queda mucho más por hacer en esta apropiación simbólica y material de los cuerpos, aún queda mucho lenguaje por construir y utilizar, para que la VULVA tenga un lugar propio en el imaginario.

Se trata, pues, de seguir caminando en la construcción de visibilidad y legitimidad para lo que ESTÁ, entre las piernas de las diversas mujeres.

 

Ruben Campero es Psicólogo y Sexólogo. Conduce Historias de Piel, programa que va todos los domingos a la hora 21.30 en Metrópolis FM, 104.9. Podés escucharlo y además enviar tus opiniones, testimonios y consultas vía twiter, mensaje de texto (SMS al 1049, con la palabra piel, espacio y luego se escribe), de facebook, o correo electrónico ([email protected]).

 

Referencia bibliográfica:
de Beauvoir, Simone(1969) El segundo sexo. Buenos Aires, Siglo Veinte (Considerada la obra filosófica más relevante de XX, que ha servido de base para el movimiento de las mujeres).

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